Carlos Castilla del Pino, el psiquiatra rojo

"Alguna vez pienso en si no seré en exceso reiterativo cuando, una y otra vez, reclamo nuestra exigencia de una libertad de expresión. Pero, ciertamente, el único fundamento para que se nos conceda la libertad de expresión estriba en darla, nosotros mismos, cuando hablamos, a todos los que nos escuchan”.

“Verdaderamente la sociedad puede pasar por momentos en los que hablar de aquello que uno estima la verdad puede desentrañar alguna suerte de riesgo”.

 

Vivimos en un tiempo en el que constantemente saltan a la palestra palabras como “cultura de la cancelación”, “políticamente incorrecto”, “opinión hegemónica dominante” …. pero en el que no terminamos de tener claro si son desmedidas estas lamentaciones cuando YouTube está atestado de gente colgándose medallas de “librepensadores”.

 

Cada vez más gente tiene una opinión, eso no es nuevo, y cada vez la gente tiene más capacidad de difundirla a través de, por ejemplo, medios como las redes sociales. Mi pregunta es si, paradójicamente, no estamos perdiendo la capacidad de dialogar.

Los programas de debate parecen estar viendo su época dorada, también en streaming; y, aun así, cuesta encontrar alguno que merezca realmente la pena: en un pulso de fuerzas se exponen tesis que están más destinadas a quedar por encima de los demás oradores que a perseguir algún tipo de consenso, algún tipo de verdad. ¿Es señal de un creciente desengaño con conceptos como “objetividad” o “deseabilidad”? Porque no ha sido poca, ni de la misma orientación política o edad, la gente a la que yo tengo por brillante que, en algún momento de alguna conversación ha señalado su descontento con (por ejemplo) la situación política actual; manifestando, acto seguido, un profundo escepticismo ante la idea de que esta pudiera revertirse.

 

Con respecto a esta renuncia, el otro día releía la introducción a un ciclo de conferencias que Carlos Castilla del Pino dio, allá por un lejano 1971, sobre el tema “la alienación de la mujer”; simplemente admirada por la elegancia de sus palabras: “Ustedes saben que el decir es la forma específica –no la única- que el intelectual tiene de hacer con nosotros. Pero decir, claro está, lo que estima su verdad… Es perfectamente lícito que una persona se equivoque, la cuestión está en que ese error se subsane precisamente a través del diálogo. Alguna vez pienso en si no seré en exceso reiterativo cuando, una y otra vez, reclamo nuestra exigencia de una libertad de expresión. Pero, ciertamente, el único fundamento para que se nos conceda la libertad de expresión estriba en darla, nosotros mismos, cuando hablamos, a todos los que nos escuchan”.

Del Pino no habla en vano. Él sí que conocía de primera mano los riesgos devenidos de algunos tipos de opiniones; también la censura pasiva, la que te cierra puertas académicas, pero no acalla explícitamente, la que te lleva a cuestionarte a ti mismo constantemente. A su vez, entendía de construcción, de diálogo; pero todo esto es algo que trataremos más adelante.

El punto es que hoy hablaremos de él, porque, a raíz de la pregunta sobre qué es ser un intelectual en tiempos de hipermedia, la suya se trata de esas figuras por las que es inevitable pasar sin cuestionarse si hace años que hemos perdido pensadores de su talla o simplemente queda engrandecido por el tan común halo de romanticismo que rodea a cualquier persona o acontecimiento del pasado reciente. Hay opiniones de todos los gustos.

 

 

“Si ustedes persiguen hasta las últimas consecuencias cualquier problema de orden psicológico, tienen que abordar, tarde o temprano, el aspecto o condición sociológica del mismo, para concluir inmersos, poco después, en un problema político”.

 

Se ha retratado a Carlos Castilla del Pino (quizás fruto de las impresiones que puedan dar sus libros de memorias) como a un ser algo tosco, serio y sencillo; pero no hay más que indagar en los comentarios que algunos de los que, a lo largo de los años, fueron alumnos suyos, dejaron en el blog de cultura de País a raíz de su fallecimiento (en 2009) para encontrar anécdotas divertidas que lo muestran más sarcástico, más humano.

Pero hagamos justicia a su forma de entender al hombre. Ya que, como él mismo diría, no se puede hablar del “hombre por el hombre” si no enmarcándolo en su contexto histórico y sus circunstancias personales.

 

Del Pino nace en San Roque, Cádiz, en 1922; y en el seno de una familia de tendencia monárquica y conservadora.

Hay quien achaca la orientación política de izquierdas de Carlos Castilla del Pino a la experiencia traumática que le tuvo que suponer vivir, siendo un adolescente, la Guerra Civil y los primeros años de dictadura franquista; pero también quien señala más hacia el hecho (que él mismo más de una vez recalcó) de que un amigo de mucha mayor edad le introdujese desde niño a las lecturas de Ramón y Cajal, Kant, Gasset…

Posiblemente ambos acontecimientos sean igual de importantes.

Se licencia con 24 años en Medicina y Cirugía por la Universidad de Madrid; y allí comienza una carrera profesional (primero en el departamento de Psiquiatría del Hospital General de Madrid y, años después, como director del Dispensario de Psiquiatría de Córdoba) en la su ideología (antifranquista, marxista y agnóstica) le mantiene alejado de la psiquiatría oficial española; además de regalarle un apodo “el psiquiatra rojo”.

 

Firme defensor de la democracia, milita en el PCE (aunque no pocas veces confesará no terminar de comulgar con sus ideas). También se encuentra al frente de un movimiento intelectual cuya lucha principal es la de humanizar el tratamiento del enfermo mental.

Empieza a ser tenido en cuenta como una referencia para la izquierda española durante los años 60 y 70; momento de su carrera en el que se vuelca especialmente en su compromiso político y social.

 

Su obra psiquiátrica se centra en aunar las diversas perspectivas “reduccionistas” y articular una psiquiatría biológica que no sea excluyente, sino que vaya de la mano de campos como el psicoanálisis, la sociología, la antropología…

El suyo es un compromiso con el diálogo, con la integración de las múltiples disciplinas parciales que existen en torno a ese ámbito. También un compromiso con las palabras que antes veníamos arrastrando: “verdad” y “deseabilidad”. Se ha considerado su obra como un ejemplo de apertura intelectual.

 

A pesar de esto, su trayectoria no fue fácil. En 1960 se le es denegada la cátedra de Psiquiatría por motivos políticos, lo que le supuso una frustración profesional. Pero eso no le impidió desarrollar su labor como docente en la Facultad de Medicina de la Universidad de Córdoba donde, 23 años más tarde, le fue concedida la cátedra extraordinaria de Psiquiatría y Dinámica social.

Desde entonces no fueron pocos los títulos honoríficos que Castilla del Pino recibió, y las universidades nacionales y extranjeras que contaron con su presencia como profesor invitado. Culminando, en 2004, con su último logro personal, ingresar en la Real Academia Española.

Autor de numerosos ensayos y monografías relacionadas con su campo, dos novelas y una autobiografía (divida en dos), Carlos Castilla del Pino fallece en 2009 víctima de un cáncer a la edad de 87 años.

 

Dejando a un lado sus numeras contribuciones a la psiquiatría, Castilla del Pino destaca especialmente por la calidad literaria de su autobiografía “Pretérito imperfecto” y “Casa del olivo”, en la que brilla su capacidad de sincerarse y recordar, uno tras uno, los detalles más banales y cotidianos que marcaron sus tragedias familiares (por ejemplo, el fallecimiento de 5 de sus 7 hijos) y los momentos de alegría; y que también supone una reconstrucción de su visión de la España postfranquista. Como indicaba en una entrevista a El País, en 2004, a raíz precisamente de la publicación de la segunda mitad de su autobiografía: “La historia es fría. Las memorias reflejan mejor el drama, el de uno y el de los que uno conoce”.

 

Se habla de él en sus últimos años de vida como el hombre que recuerda, que deshilacha; pero también como una persona estricta y atormentada. Nada de esto, como él mismo diría, sería entendible sin sus circunstancias; ni rebajaría, en ningún caso, la importancia de sus aportaciones, no sólo en el ámbito científico.

Leer su obra, tanto si es para encontrarse al psiquiatra marxista que habla de la división social del trabajo como con el anciano que se pregunta qué es el olvido, es como conocer indirectamente a una persona, por lo menos, cautivadora.