El caso Dreyfus

Hoy hablaremos del “Affaire Dreyfus”, un caso tan polémico y sonado que a día de hoy se sigue usando como ejemplo para hablar de la presunción de inocencia.

La Tercera República francesa surge en (y como fruto de) un contexto histórico difícil; tras la derrota militar contra Rusia, la proclamación del Imperio Alemán en Versalles (el protagonista de este caso era natural de Alsacia, territorio anexionado por el Imperio Alemán al final de la guerra franco-prusiana), la amenaza de una restauración de la monarquía, el florecer de las ideas marxistas…

Una buena movida de fondo, que resulta ser el caldo de cultivo idóneo para que se dé el “Affaire Dreyfus”, tan polémico y sonado que a día de hoy se sigue usando como ejemplo para hablar de la presunción de inocencia; y que hace pocos años fue llevado a la pantalla grande por Polanski, con “El oficial y el espía”. Veamos exactamente de qué se trata.

A finales de 1894, una limpiadora-espía encontró una nota en la papelera de la embajada germánica, cuyo mensaje ofrecía revelar información confidencial.

Esta nota no tardó mucho en llegar al Ministerio que, tras barajar entre las pocas personas que pudieran manejar información clasificada de las fuerzas armadas, no tardaron en dilucidar que debía de tratarse del capitán Alfred Dreyfus. Un culpable perfecto de origen, como hemos comentado, alsaciano; y, sobre todo, judío (en la Francia de aquella época había un profundo antisemitismo).

De nada sirvió la poca consistencia de las pruebas que lo acusaban ni el expediente inmaculado de Dreyfus; se activó una campaña de prensa contra el capitán, destinada también a reforzar el creciente nacionalismo, y, en poco tiempo, degradaron al acusado en una ceremonia pública donde le quitaron las medallas y partieron el sable; poco después Dreyfus sería encarcelado en la Isla del Diablo, cercana a la Guayana francesa.

 

Y todo habría terminado así de no ser porque el destino, o un golpe de suerte, hizo que las narices de un hombre justo acabaran husmeando en ese caso.

Picquart, nuestro hombre justo, llegó a la dirección de la inteligencia francesa como reemplazo del militar al frente, que enfermó. Desde ahí, ordenó recibir todo documento que se encontrase en la embajada alemana sin intermediarios.

Es así como accede a un texto escrito por un agregado militar alemán que le sugiere un intercambio de información a un comandante francés, Esterhazy. Dicho texto le hace empezar a sospechar de Esterhazy, por lo que compara su caligrafía con la de la nota utilizada para acusar a Dreyfus, resultando tratarse del mismo tipo de letra. Un poco investigación más le sirvió para confirmar que, efectivamente, se había encarcelado a un hombre inocente y el culpable seguía plácidamente dentro del ejército, revelando información confidencial a la espera de un rédito económico.

Picquart no ocultaba sentir animadversión por los judíos, pero sus valores le impedían mantenerse callado mientras se cometía semejante injusticia. A pesar de esto no fue escuchado, el Estado Mayor tapó el caso para evitar manchar en honor del Ejército.

Su lucha y la de la familia de Dreyfus acabaron ejerciendo la presión suficiente como para lograr un juicio contra Esterhazy… que sólo sirvió para que este quedase libre y Picquart encarcelado.

La parte positiva es que estos esfuerzos no resultaron en vano; ahora el asunto había cogido la suficiente notoriedad como para mover la conciencia de algunos intelectuales franceses, entre ellos Émile Zola, que estando en la cumbre de su carrera literaria publicó un célebre artículo llamado “J’acusse”, en el que expone el caso Dreyfus señalando directamente a todos los culpables.

En 1899, el Tribunal de Casación terminó por anular el juicio de 1894 ante las múltiples irregularidades, cada vez más difíciles de tapar. Picquart salió de la cárcel, junto con Dreyfus, que, recordemos, llevaba tres años entre rejas en una isla.

Un nuevo juicio volvió a condenar a Dreyfus, pero ante el estupor general por la injusticia cometida (a esas alturas una mitad de la población francesa apoyaba a Dreyfus, mientras que la otra mitad, condicionada por toda la campaña de prensa montada, deseaba la peor de sus suertes) el presidente Emile Loubet decidió perdonar al capitán.

Libre, pero culpable, una resolución más que insuficiente que no se corrigió hasta 1906, cuando la Corte de Casación anuló el proceso de Rennes y rehabilitó a Dreyfus, tras doce años de farsas e injusticias; un número que no se entendería sin comprender el interés de alimentar el nacionalismo, fruto tardío de un ego debilitado, ni el miedo de reconocer los errores de un ejército con traidores entre sus altos mandos.