«El 24 de abril es un referéndum a favor o en contra de la Unión Europea, de la ecología, de nuestra juventud, de nuestra República». Así decía Macron en Marsella una semana antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, que tuvo lugar el pasado domingo. Los dos candidatos que se enfrentaron representaban dos visiones opuestas de Francia: una, la de Macron, liberal y europeísta; la de su adversaria, Marine Le Pen, conservadora y nacionalista. Los electores franceses fueron llamados a tomar una decisión que podría determinar el futuro de su país y de toda la Unión Europea. El referéndum efectivamente se celebró y el resultado fue claro: Francia ha elegido Europa. Y Macron será presidente durante otros cinco años.

Dos candidatos para Francia

Después de una primera vuelta muy fragmentada – eran 12 los candidatos a la presidencia – el pasado 24 de abril el pueblo francés tuvo que elegir entre sólo dos opciones. Como en 2017, esas fueron representadas por Emmanuel Macron, actual presidente francés, y Marine Le Pen, líder de la extrema derecha. El primero, 44 años de los cuales los últimos cinco al frente de la República, se presentó como una figura institucional y de confianza. Su presidencia se caracterizó por una serie de crisis: la protesta de los chalecos amarillos, la emergencia pandémica y la actual guerra en Ucrania. En términos generales, todas estas situaciones fueron bien gestionadas por el joven presidente, que se presentó por lo tanto como una apuesta por la estabilidad.

También Marine Le Pen trató de aparecer como una buena candidata a la presidencia a los ojos del electorado francés. A lo largo de los últimos cinco años, la líder del Rassemblement National (antes llamado Front National) intentó moderar su actitud y su estilo de comunicación. Su campaña electoral tenía como lema «Une femme d’État» (una mujer de Estado) y a menudo utilizó su papel de mujer, madre y amante de los gatos para dejar atrás su reputación de extremista. Lo que Le Pen no moderó fueron sus propuestas: su programa seguía siendo conservador, euroescéptico y xenófobo. La proposición de endurecer las políticas migratorias se acompañaba de la voluntad de prohibir el velo a las mujeres islámicas en los lugares públicos. Estas propuestas sólo parecían moderadas en comparación con las de otro candidato, Éric Zemmour, que sin embargo terminó su carrera presidencial en la primera vuelta con el 7% de los votos.

Un debate para ordenar ideas

Quienes sí superaron la primera vuelta fueron los eternos rivales, Macron y Le Pen, que el 10 de abril habían logrado el 27,84% y el 23,15% de los sufragios, respectivamente. El sistema electoral francés prevé que, en caso de que ningún candidato obtenga la mayoría absoluta, una segunda vuelta se celebre entre los dos candidatos más votados. El ganador se convierte en presidente de la República, que en el sistema semipresidencial francés comparte el poder ejecutivo con el gobierno, dirigido por un primer ministro. Para ayudar a los electores en una decisión tan crucial, la praxis electoral incluye la celebración de un debate televisivo entre los dos candidatos. Éste tuvo lugar el miércoles 20 de abril y duró casi 3 horas, durante las que se trataron todos los principales temas de la campaña.

Macron y Le Pen debatieron así sobre varios asuntos de política nacional e internacional, del coste de la vida a las políticas medioambientales. Lo más destacado del duelo fue probablemente la acusación que hizo Macron a su rival de depender de Rusia: Le Pen recibió préstamos rusos para financiar sus campañas electorales, por lo que el presidente en el cargo cree que ella no podría defender los intereses franceses en el actual contexto de guerra entre Rusia y Ucrania. Otro punto muy debatido fue la reforma de las pensiones: Macron quiere una transición hacia la jubilación a los 65 años, mientras que para Le Pen no tendría que llegar después de los 62. También se evidenció la nueva postura de la líder del Rassemblement National con respecto a la Unión Europea. Ella ya no quiere abandonar la Unión, pero sí afirmar la superioridad del derecho nacional sobre el comunitario.

La moderación que convence

Al final del debate, Macron fue considerado el ganador del duelo televisivo. A pesar de su actitud arrogante y algo presuntuosa, fue él quien mejor dominó los temas de debate. En cambio, Le Pen se mostró más empática y cercana a los problemas de las clases humildes, como la disminución del poder adquisitivo, pero pareció menos fiable. En particular, ella no consiguió demostrar con datos concretos la viabilidad de las medidas económicas y sociales previstas en su programa. Una vez más, el presidente en el cargo aprovechó su perfil institucional y moderado para demostrarse el más apto para seguir liderando el país. 

Las mismas características fueron las impulsaron también a la mayoría de los candidatos de la primera vuelta a apoyarle contra Le Pen. Desde que se dieron a conocer los resultados, la candidata socialista Anne Hidalgo y la republicana Valérie Pécresse invitaron a sus electores a votar Macron para limitar el avance de la extrema derecha. Menos directa fue la indicación de voto de Mélenchon, candidato de la izquierda radical que se posicionó tercero en la primera vuelta. Tras haber ganado la confianza del electorado más joven con una atención especial a las políticas sociales y medioambientales, él recibió el 21,95% del consenso. Con apenas 400.000 votos de distancia de Le Pen, Mélenchon no accedió a la segunda vuelta, pero no quiso apoyar claramente a Macron. Sin embargo, él afirmó que ningún voto tenía que pasar a Marine Le Pen, dificultando así el avance del Rassemblement National.

Una Europa en primera fila

También los líderes europeos tomaron abiertamente partido en la segunda vuelta. La atención de la Unión Europea al resultado de estas elecciones era más fuerte que nunca a causa de dos factores principales. En primer lugar, desde la salida de la escena de Ángela Merkel, Macron se ha convertido en el líder europeo más influyente. En segundo lugar, desde enero de 2022 Francia ocupa la presidencia de la UE, desempeñando un papel relevante en la definición de las políticas europeas. Enrico Letta, secretario del Partido Democrático italiano, afirmó que «una vez más el destino de Europa está en las manos de los franceses». Asimismo, los tres líderes socialdemócratas Sánchez, Scholz y Costa se pronunciaron públicamente en favor de Macron. En El País, los tres lanzaron su llamamiento a los electores franceses: «no puede ser una elección ordinaria. Es la elección entre un candidato demócrata y una candidata de extrema derecha, que abiertamente se pone del lado de quienes atacan nuestra libertad y nuestra democracia», haciendo una clara referencia a Putin. 

Por estas razones, el anuncio de los resultados fue acogido con entusiasmo y alivio por los líderes europeos. La noche del 24 de abril, al cierre de las urnas, se confirmó la victoria de Macron con el 58,5% de los votos. En su discurso a la nación, el presidente afirmó que «empieza ahora una nueva era para Francia. Escribiremos el futuro para las próximas generaciones». En cambio, Le Pen se quedó con el 41,5% del consenso popular, marcando sin embargo un avance con respecto a 2017, cuando había logrado el 33%. Además, otro dato relevante fue el de la abstención, que alcanzó el 28% en la segunda vuelta (el peor resultado desde las elecciones de 1969). La misma Le Pen afirmó que «superar el 40% de votos ya es un éxito»: de hecho, la extrema derecha se ha calificado así como una alternativa posible para el gobierno de la nación. 

Un futuro que se escribirá en las legislativas

La atención se centra ahora en las elecciones legislativas del próximo junio. En esta ocasión, los franceses tendrán que elegir a sus representantes en la Asamblea Nacional, una institución clave para la gobernabilidad del país. Por eso, Le Pen y Mélenchon ya lanzaron su desafío a Macron. La primera quiere capitalizar el apoyo popular obtenido en las presidenciales para lograr un éxito relevante en las legislativas. Por otra parte, Mélenchon quiere obligar a Macron a una cohabitación, o sea impedirle gobernar solo. De esta manera, el presidente tendría que nombrarle primer ministro y él podría realizar su programa desde el interior del gobierno de la nación. Todavía se trata de hipótesis, que tendrán que ser confirmadas o rechazadas por el voto popular, pero hasta ahora escenarios tan inéditos tampoco parecen imposibles a priori. Y Europa seguirá monitoreando de cerca las evoluciones políticas en el país.

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