La llamada del Bribón

654 son los días que Juan Carlos I había estado alejado de su familia, su hogar y su país. Su lugar de residencia había sido una lujosa villa en una isla paradisíaca de Abu Dabi, capital de Emiratos Árabes. En primera línea de playa, con futbolín, sala de cine y piscina, Juan Carlos ha disfrutado de un exilio que algunos consideran un regalo más que un castigo. La comodidad y privacidad de la que goza el rey emérito en territorios emiratíes no la encontraba ni en Zarzuela. 

Todas sus causas pendientes fueron archivadas por la Fiscalía española por diversas razones, ya fuera porque sus delitos habían prescrito, por la inviolabilidad que lo protegía o por su regularización con Hacienda (aunque todavía pervive una denuncia de Corinna Larsen por acoso en Reino Unido). Con esta favorable situación, el pasado día 19 de mayo el rey emérito volvió a pisar su bienamada patria y mina de oro llamada España. En sus cinco días de vacaciones, tuvo tiempo de participar en la regata de Sanxenxo a lomos de su navío el Bribón, de compartir cenas con amigos y de visitar a su familia en Zarzuela. 

A pesar de que desde Casa Real y Moncloa se buscaba una visita discreta, su estancia en España ha estado repleta de flashes, periodistas agolpados a sus pies y alguna que otra polémica. Su conversación con Felipe VI fue a puerta cerrada, sin que trascendieran fotografías. Se intuye que no fue una charla totalmente pacífica. Esta visita suscitó mareas de opiniones a su favor y en su contra desde todos los grupos políticos. Consiguió avivar las discrepancias entre republicanos, monárquicos y fanáticos del rey emérito. 

Un rey imperfecto

Desde su advenimiento en 1975 hasta su abdicación en 2014, Juan Carlos I de Borbón sirvió como Jefe de Estado en España. Su papel en la Transición, su actuación a raíz del intento de golpe de Estado en el 81 o su buena reputación a nivel internacional lo convirtieron en un rey digno y ejemplar para su pueblo. Sin embargo, con el paso de los años y la filtración continuada de polémicas, su idílico reinado fue degenerando en una pérdida absoluta de confianza. 

Juan Carlos acompaña a Franco a su espalda.

Es complicado identificar el primer cisma de la monarquía española, el primer naipe caído que propició el derrumbamiento de todo el castillo. Quizá todo comenzó con el estallido del caso Nóos, la primera muestra a la sociedad de la otra cara de la realeza. A pesar de que la infanta Cristina fue sentada en el banquillo y su marido condenado a prisión, Juan Carlos I logró esquivar las balas y desvincularse del asunto. En su habitual discurso de Navidad, aseguró que “las personas con responsabilidades públicas tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar. La justicia es igual para todos”. Maldita hemeroteca. 

El tropiezo definitivo (nunca mejor dicho) vino en 2012, con su viaje secreto a Botsuana, que se difundió cuando sufrió una caída en unas escaleras y tuvo que ser trasladado a España para ser operado. Pidió perdón y aseguró que no volvería a ocurrir…, pero el daño ya estaba hecho. El rey de España había disfrutado de una cacería de elefantes a todo lujo mientras sus ciudadanos atravesaban una grave crisis económica. Además, iba acompañado por magnates saudíes y su amiga especial, Corinna Larsen. En 2014, en pos de asegurar el futuro de la corona y resguardarse de la opinión pública, Juan Carlos I abdicó y puso al frente a su hijo. Se escondió esperando a que la tormenta amainara. 

Felipe VI, «el Salvador»

Felipe VI tenía en sus manos una ardua labor: relanzar su popularidad y la confianza de los españoles. No era el rey campechano ni cercano, pero su figura de sobriedad y entereza consiguió subir del 3,2 de aprobación (según el CIS) que tenía la monarquía en 2014 hasta el 7,3 en 2018 (según el organismo privado SocioMétrica, ya que el CIS dejó de preguntar por esta cuestión en 2015). Felipe VI afrontó con la mayor entereza posible todos los conflictos y se mantuvo meridianamente intacto

Pero, de nuevo, Juan Carlos I lo echó todo por la borda. A cuentagotas, empezaron a difundirse los negocios opacos y las cuentas en paraísos fiscales que había orquestado para evadir a Hacienda y ampliar su fortuna. Las investigaciones que abrió la Fiscalía General fueron tres: la existencia de una fortuna desconocida en Suiza, los regalos de un financiero mexicano y, el más famoso, el cobro de comisiones por parte de magnates saudíes. Estas comisiones procedían de su labor como intermediario en la construcción de un tren de alta velocidad de Medina a la Meca, en la que consiguió que 12 empresas españolas se hicieran cargo del proyecto. Todo este maremágnum de informaciones propició que Felipe VI congelara el sueldo de su padre y, en agosto de 2020, el rey emérito se marchara a Abu Dabi tras una decisión por parte del Gobierno y Casa Real. 

Don Juan Carlos y Doña Sofía en la XV Cumbre Iberoamericana. Autor: [https://www.flickr.com/people/72214384@N00 –  Claudio Vaz]
Corinna Larsen, su antigua amante que ahora saca a relucir todos sus trapos sucios, llegó a decir que Juan Carlos “no distingue lo legal de lo ilegal”. Según sus declaraciones filtradas a raíz de las grabaciones del comisario Villarejo (una trama tan compleja como extensa), Corinna intentó convencer al rey de que no aceptara las comisiones, pues su trabajo era ejercer como mediador entre empresas españolas y países extranjeros. Juan Carlos, no obstante, reclamó las comisiones de muy malas formas. De estos regalos, Corinna recibió 65 millones de euros. Aunque todas sus palabras hay que cogerlas con pinzas, Corinna Larsen ya prepara un libro y una película sobre su vida. En sus obras biográficas, la familia real española tendrá mucho protagonismo. Y no positivo. 

Rectificar es de sabios, pero no de reyes

A nivel fiscal, Juan Carlos ya está limpio en España. Como era de esperar por la inviolabilidad que lo protegía, todas sus causas pendientes han sido archivadas. Si creía que eso calmaría los ánimos, estaba equivocado: a nivel moral, la imagen de Juan Carlos ha quedado muy debilitada. Desde la opinión pública no se le exigen tanto respuestas, sino disculpas. Ante la pregunta de una periodista sobre si iba a dar explicaciones, su respuesta fue tan cachonda como clarificadora: “¿Explicaciones de qué?”. Esta actitud soberbia y distante podría tener dos posibles causas: por una parte, quizá el rey emérito es totalmente ajeno al perjuicio que causa a la institución y a su hijo (lo cual sería bastante improbable), o, tal vez, Juan Carlos considera que, al fin y al cabo, no ha cometido ningún error.

Y ahí radica el conflicto primigenio que produce más de un dolor de cabeza a Pedro Sánchez y Felipe VI. Ambos quieren mantener a flote la monarquía, aunque el PSOE se desdiga entre sus declaraciones y su oposición a abrirle una comisión de investigación. Pero Juan Carlos no se lo pone fácil. El objetivo es normalizar la presencia del emérito en España (volverá en solo unos días a Sanxenxo para otra regata). Aunque nunca se hable abiertamente, la monarquía y la sociedad española no pueden permitir que el precursor de la democracia y tan relevante figura fallezca en el exilio. 

Es evidente que a los más acérrimos republicanos no habrá quienes los contente. El objetivo son los millones de monárquicos con un mínimo de sentido común y cordura que se han visto decepcionados por las actitudes del monarca. Y recuperar una ínfima aceptación solo será posible si Juan Carlos asume su error, devuelve todo el dinero ilícito y pide un perdón sincero. Sin embargo, el emérito no parece aceptar la reconciliación. Tiene su legión incondicional de fans, los que lo apoyarán aunque cometa un horrible genocidio, y con eso parece servirle. Parece considerar al resto de españoles unos desagradecidos y caprichosos, que no comparten su misma imagen de rey invencible y todopoderoso. 

Juan Carlos I se hunde, y con él, arrastra a su hijo y a toda la institución. 

Fuente de la imagen destacada: Ministerio de la Presidencia. Gobierno de España.

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