El 24 de febrero de 2022 es una fecha que nunca vamos a olvidar. La mañana del 24 febrero nos despertamos para empezar una pesadilla: la guerra ha vuelto a Europa. Escenas que siempre vimos en documentales del siglo anterior aparecieron en nuestros telediarios, dejándonos una sensación de angustia e incredulidad. En pocos minutos se rompió la burbuja dorada en la que nos habíamos acostumbrado a vivir en la rica y pacífica Europa. Una Europa en la que la historia parecía haber terminado, y desde donde las guerras de nuestro siglo se veían tan lejanas. Sin embargo, en estos años la historia no ha parado de escribirse y la invasión de Ucrania por parte de Putin es la última pieza de un puzle que el dictador ruso ha empezado a componer desde hace tiempo y que los europeos fingimos no ver. El 24 de febrero, simplemente, nos despertamos de una ilusión.

Una guerra a las puertas de Europa

El proyecto de una Europa unida nació al fin de la Segunda Guerra Mundial. Los pueblos europeos habían experimentado la tragedia de la guerra, habían luchado entre sí y conocían la devastación que los conflictos comportan. El camino para un futuro de paz podía ser únicamente la integración de los estados europeos en una comunidad donde los intereses particulares cedían el paso al bien común. Y así pasó: la Comunidad Europea, que ahora conocemos como Unión, realizó su propósito de paz y bienestar para todos sus miembros. El pasado de bombardeos y campos de concentración había quedado atrás y poco a poco todos los países que compartían los valores de libertad y democracia se unieron al proyecto. El resto del mundo podía seguir luchando, pero ninguna amenaza parecía involucrar directamente a la Europa unida. La paz parecía un objetivo alcanzado y asegurado para siempre. Hasta el 24 de febrero de 2022.

A las 6 de la madrugada (hora de Moscú) Putin anunció en la televisión pública rusa el comienzo de una “operación especial militar” contra Ucrania. El objetivo declarado era defender la población de las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk, territorios ucranianos con una fuerte presencia rusófona. De hecho, apenas dos días antes el autócrata ruso había reconocido formalmente la independencia de las dos repúblicas, que desde 2014 no se consideran parte de Ucrania. Pronto la realidad se reveló peor que la expectativas, ya que el ejército de Putin no se limitó a los dos territorios, sino que penetró en todo el país. Mientras las tropas terrestres asediaban las ciudades ucranianas, las fuerzas aéreas empezaron a bombardear los edificios, incluso civiles. Hasta ahora la población ucraniana ha resistido y la capital, Kiev, sigue siendo invicta. Pero ¿por qué Rusia está atacando a Ucrania?

Occidente contra Oriente

La respuesta es bastante compleja y no hay una sola explicación plausible. La primera versión tiene que ver con la contraposición, típica de la Guerra Fría, entre bloque occidental y bloque oriental. Desde la caída de la Unión Soviética (URSS), muchos países europeos que habían pertenecido al Pacto de Varsovia se unieron a la OTAN, la alianza militar de Occidente. A la Alianza Atlántica se incorporaron también los países bálticos, que de hecho formaban parte de la misma URSS. Pero en los últimos años una candidatura inquietaba particularmente a Putin: la de Ucrania, que queriéndose alejar de Moscú había empezado el proceso de adhesión a la OTAN. Desde la caída de la Unión Soviética, Ucrania y Bielorrusia han jugado el papel de espacio intermedio entre la Alianza Atlántica y la Federación Rusa. La incorporación de Ucrania en la OTAN significaría una vecindad obligada entre los dos bloques y sus tropas. 

Sin embargo, esta motivación no convence completamente. Ucrania empezó su camino para entrar en la OTAN hace varios años: ¿por qué atacar ahora? El ingreso del país en la Alianza no estaba en la lista de prioridades, y probablemente serían necesarios muchos años más de negociaciones. En particular, para ser admitidos en la OTAN es necesario el consenso unánime de los países miembros. Ya en 2008 Ucrania no había sido admitida por falta de unanimidad (Alemania, Francia, España e Italia votaron en contra) y varios países seguían siendo escépticos. Además, por praxis no se admiten los Estados implicados en disputas territoriales. Una vez más, este es el caso de Ucrania, que en 2014 sufrió un ataque por parte de Rusia que resultó en la pérdida de control sobre Crimea. La península, territorio estratégico gracias a su puerto en el Mar Negro, es desde entonces disputada entre Rusia y Ucrania.

El diseño postimperial de Putin

A la luz de estas dudas, es necesario buscar otra razón a raíz de la invasión de Ucrania. Una respuesta procede del mismo Putin, que el verano pasado publicó el ensayo “Sobre la unidad histórica de Rusos y Ucranianos”. El artículo recibió poca atención en Occidente y el mismo presidente de Ucrania Zelenskyy afirmó que se trataba del resultado de mucho tiempo libre a disposición de Putin. Hoy, su contenido parece una declaración programática. En el ensayo, el autócrata cuestiona la legitimidad de las fronteras de Ucrania y su dignidad como estado independiente. Según Putin, «una verdadera soberanía de Ucrania solo es posible en partenariado con Rusia». La referencia más evidente es al origen común de los dos estados: la Rus de Kiev, fundada en el siglo IX. Esta federación fue la primera entidad estatal de los pueblos eslavos e incluía territorios de las actuales Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

El proyecto de Putin parece ser entonces la reconstrucción de la unidad de los pueblos eslavos, contra los intentos de acercarse al oeste. Esta idea se conjuga con el deseo de volver a ampliar el territorio ruso, drásticamente reducido tras la disolución de la URSS. La ideología postimperial también se había demostrado a la hora de la invasión de Georgia (2008) y de la anexión de Crimea (2014). En estos dos casos, la guerra también había resultado en una subida del consenso de Putin en su país. En un momento difícil para la economía rusa, que mucho ha sufrido las consecuencias de la pandemia, la invasión de Ucrania debió parecer a Putin como una ocasión única. Por un lado, podría alejar a Kiev de Occidente e impulsar la unidad de los pueblos eslavos. Por otro lado, fortalecería el orgullo nacional de los rusos y el consenso hacia su propio liderazgo.

Los albores de una nueva era

Lo que Putin no había considerado es la respuesta que, inesperadamente, Occidente (y en particular la Unión Europea) está dirigiendo a Rusia. Después de años en que el miedo a una guerra de larga escala había limitado la respuesta internacional a tímidas sanciones económicas contra Rusia, en estos días los países de la OTAN y la UE han estrenado el mayor paquete de sanciones de siempre. El régimen de Putin ha recibido un duro golpe al ser considerado el responsable de un ataque injustificado a un país soberano, y las consecuencias para la economía rusa ya se notan. La Unión Europea, nacida con el objetivo de promover la paz, incluso se está movilizando para armar al pueblo ucraniano y permitirle defenderse del ataque de Putin. Nos encontramos ahora en un punto de inflexión histórico. Y solo hay una esperanza: “la noche será muy dura, pero llegará el amanecer” (Volodímir Zelenskyy).

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