Manual para seguir el 3N

El próximo 3 de noviembre en Estados Unidos se juega la carrera por la presidencia de la primera potencia mundial. Las idas y venidas de la campaña presidencial son seguidas todo el mundo, ya que quién se siente en el Despacho Oval durante los cuatro próximos años marcará el rumbo del futuro para todo el planeta.

El próximo 3 de noviembre en Estados Unidos se juega la carrera por la presidencia de la primera potencia mundial. Las idas y venidas de la campaña presidencial son seguidas todo el mundo, ya que quién se siente en el Despacho Oval durante los cuatro próximos años marcará el rumbo del futuro para todo el planeta. A día de hoy todavía es difícil asegurar con rotundidad si tendremos cuatro años más de Donald Trump o el regreso de los demócratas a la Casa Blanca con Joe Biden. Aunque las encuestas apuntan al segundo, la complejidad del sistema electoral estadounidense dificulta sacar conclusiones precipitadas y hacer un seguimiento normal de las elecciones. Por ello este artículo tiene por objetivo explicar de forma sencilla como se decidirá quién será el próximo presidente de los Estados Unidos de América.

 

Estados Unidos es una república presidencialista federal, lo que significa que, aunque el presidente es la máxima autoridad del país, el poder para investirlo proviene de los estados. El país está dividido en 50 estados y un Distrito Federal (Washington D.C) que son los responsables de elegir al presidente mediante el sistema del colegio electoral. Para entender este sistema es necesario explicar cómo se organizan las cámaras legislativas.

El Congreso de los Estados Unidos está compuesto por dos cámaras, la Cámara de Representantes (cámara baja) y el Senado (cámara alta). La primera está compuesta por 435 representantes de cada distrito electos por dos años. En las elecciones del 3 de noviembre se renueva la totalidad de la Cámara, por lo que todos los representantes se juegan su asiento. Actualmente el Partido Demócrata “controla la Cámara” con una mayoría de 233 contra 198 republicanos. Los representantes son elegidos uno para cada distrito, que son las divisiones por población dentro de los estados. Así, un estado poco poblado como Utah tiene 4 distritos mientras que Florida tiene 27. Según como sea la demografía de los distritos se inclinarán más por unos u otros, tendiendo los rurales con votantes sin estudios y ancianos a votar rojo y los urbanos con minorías y jóvenes a votar azul. Sin embargo, cómo se dibujan estos distritos puede influir decisivamente en qué partido ganará. De esta forma el Partido Demócrata y el Partido Republicano (aunque especialmente este último) han utilizado la técnica del “gerrymandering” para crear distritos artificiales en los que las demografías de votantes están repartidas de forma que se inclinen siempre al mismo lado. A pesar de esto, se pronostica con bastante seguridad que la Cámara se mantendrá bajo el mando de la demócrata Nancy Pelosi tras las elecciones de noviembre.

El Senado está compuesto por 100 senadores, 2 por cada estado por un período de 6 años. Cada 3 años un tercio de la cámara se renueva, por lo que en noviembre 35 senadores se jugarán su escaño. Actualmente la cámara alta la controlan los Republicanos, ejerciendo el vicepresidente del país como presidente del Senado con voto dirimente de empates.  El control de la cámara alta es vital, pues es la que tiene competencia sobre importantes materias como la aprobación de tratados y el nombramiento de altos cargos, especialmente de los jueces del Tribunal Supremo. Esta última cuestión cobra gran importancia con la reciente designación de la jueza conservadora Amy Coney Barret para llenar la vacante en el máximo órgano judicial del país. El equilibrio entre conservadores y progresistas en el Supremo depende de si los demócratas serán capaces de obtener una mayoría el 3 de noviembre.

Por lo pronto, las elecciones al Senado suelen contar con una ventaja para el Partido Republicano, pues tienen el mismo peso estados rurales conservadores (como Wyoming) que los super poblados estados de tendencia progresista (como Nueva York). Actualmente la ventaja es de 53 republicanos contra 47 demócratas, necesitando estos 4 senadores más (o 3 más ganar la vicepresidencia) para cambiar la mayoría. Esta podría ser su oportunidad pues de los 35 asientos que se disputan en noviembre, 23 son de senadores republicanos. Aunque es imposible entrar en detalle de todas las carreras, las encuestas apuntan a unas cuantas muy disputadas entre ambos partidos (Carolina del Norte, Iowa y una de las de Georgia por ejemplo), tres que probablemente se pinten de azul (Maine, Arizona y Colorado) y sólo una en la que el azul se transforme en rojo (Alabama). En vista de los números, la elección de los senadores será bastante frenética, pero no tanto como el asunto principal que ocupa todas las portadas: la presidencia.

La Presidencia de los Estados Unidos es la urna más importante de todas las que habrá el 3 de noviembre. Aunque todas las encuestas nos dicen que el candidato demócrata Joe Biden es el favorito de los dos, en Estados Unidos ganar las elecciones no se traduce necesariamente en ganar el Despacho Oval. El ganador no es quien tiene más votos en total (el llamado “voto popular”) sino quien obtiene la mayoría de 270 votos electorales de los Estados. ¿Qué son los votos electorales? Son unos delegados repartidos entre los Estados, cada uno tiene tantos delegados como la suma de sus representantes y sus senadores. Por lo general, los votos de estos delegados irán a parar a quién gane las elecciones en ese Estado (aunque algunos tienen reglas especiales). De esta forma si Trump gana en Texas se lleva los 38 votos de ese Estado, sin que se cuenten todos los votos a Joe Biden en ese estado. Mediante este sistema fue como obtuvo la presidencia Donald Trump en 2016, cuando Hillary Clinton ganó con una diferencia de dos millones el voto popular pero perdió en estados clave que repartían los suficientes votos electorales para inclinar la balanza del lado republicano. Y es en estos estados clave donde están todos los ojos.

Las encuestas consideran estados clave aquellos que no tienen una dominancia tradicional de ningún partido y que reparten un número relevante de votos electorales. Estos son los que ganó Obama en 2008 y 2012, y Hillary Clinton perdió en 2016. Para ver las razones del cambio y cómo Biden intentará recuperarlos hay que fijarse en su demografía y los intereses de los votantes. Una zona clave es el llamado “Rust Belt”, la antigua zona industrial de Estados Unidos que hoy en día se encuentra en decadencia. Tradicionalmente fue una región obrera con buenos resultados para los demócratas, pero la deslocalización de empresas ha dejado a muchos votantes de clase trabajadora descontentos con el statu quo, y el mensaje de Trump caló. Son estados como Minnesota, Wisconsin, Michigan y la decisiva Pennsylvania (un total de 56 delegados entre los 4) donde el mensaje más importante es el del empleo. También son relevantes las desigualdades raciales para el amplio sector afroamericano de estos estados. No en vano, Minneapolis en Minnesota y Kenosha en Wisconsin fueron los epicentros de las protestas raciales por la muerte de George Floyd y Jacob Blake respectivamente. Joe Biden ha centrado gran parte de su campaña aquí, y se le pronostica un buen resultado (además es natal de Pennsylvania).

Otra zona a tener en cuenta será el sur del país, el llamado “Sun Belt”. Aunque es una zona de gran dominio republicano, algunos estados como Arizona, Florida, Carolina del Norte y Georgia (71 votos electorales en total) son posibles victorias demócratas. La razón es un gran número de jubilados, cuya mayor preocupación es la gestión de la COVID 19, principal impulso de Biden. También tienen una alta presencia de latinos, más tendentes a votar demócrata (aunque la población cubana de Miami es un bastión republicano). Carolina del Norte tiene también un importante sector de afroamericanos que pueden mover la balanza al lado azul. Conforme a la suma total de los votos electorales asegurados (aquellos que serán demócratas y republicanos con toda probabilidad) Biden lo tendrá fácil porque sólo necesita ganar 1 de los dos “cinturones” para obtener la presidencia, mientras que Trump debe jugar a conservar ambos a toda costa. Y se complica más cuando parece que la campaña demócrata ha conseguido recaudar más fondos que la republicana, lo que ha obligado a Trump a retirar anuncios electorales en estados en los que tiene alguna ventaja (Iowa y Ohio) para invertir más en Pennsylvania y Florida. En caso de empate en votos electorales, la Constitución manda al Congreso elegir al Presidente y al Senado al Vicepresidente, de ahí la importancia que ambas cámaras podrían tener en una hipotética elección ajustada.

El aspecto final que puede ser determinante es el voto por correo. Hemos escuchado bastantes declaraciones del presidente cargando contra este sistema tachándolo de “fraudulento” sin evidencias y no comprometiéndose a esperar al recuento total para declararse ganador o perdedor. Este voto por correo masivo (más de 47 millones han votado ya) alentado por la pandemia del COVID 19 podría no terminar de contarse hasta varios días pasadas las elecciones. Algunos pronostican que el 3 de noviembre tendremos una victoria de Trump seguida de un recuento final del voto por correo que dará la victoria a Biden. De darse esta situación nos encontraríamos en un escenario de mucha tensión parecido a las elecciones del 2000, cuando el demócrata Al Gore ganó el voto popular contra George W. Bush, pero perdió el electoral. Sin embargo, sospechas de fraude electoral en Florida (gobernada por el hermano de Bush) tensaron la cuerda del recuento y obligaron al Tribunal Supremo a determinar si debían repetirse o no las elecciones. Y es que, aunque Estados Unidos sea considerada el faro de las democracias occidentales, existen grandes irregularidades y un historial de supresión de voto en determinados estados, que principalmente perjudican a las minorías afroamericana y latina.

El 20 de enero de 2021 uno de los dos candidatos deberá tomar posesión como Presidente de los Estados Unidos. Vistos todos los aspectos determinantes que estarán en juego el 3 de noviembre es imposible citar con certeza al afortunado. Lo que sí sabemos es que estas elecciones tendrán a todo el mundo en vilo, y serán decisivas en la historia. En los tiempos de pandemia e incertidumbre, el perfil de los líderes no es sólo una cuestión de políticas, sino de vida o muerte. Y cuando lo que está en juego es la mayor potencia mundial, la diferencia entre un Trump soberanista y un Biden abierto a la cooperación internacional es más acusada de lo que puede parecer, y tendrá impacto en nuestras vidas. Y es que como ya decían los romanos. “Qualis rex, talis grex” (A tal rey, tal rebaño).