Paradigma Satisfyer

Ilustración por Maria Hesse. "El placer".

 

Llegó el día que el Satisfyer entró en nuestras vidas; ese juguecito comenzó a ser comentado en todos lados: en las noticias, las redes, entre amigos y hasta en comidas familiares. Los datos así lo avalan, el porcentaje de ventas en Europa creció de manera exponencial, la tienda de juguetes erótico, Plátano Melón, declaró el fin de existencias y en Amazon se convirtió en el tercer producto más demandado durante la Navidad. El éxito del Satisfyer es incuestionable. Sin embargo, los motivos del éxito plantean una pregunta: ¿revolución sexual o revolución de marketing?

El clítoris es el órgano femenino que tiene como función la de dar placer; como zona erógena, el clítoris vendría a tener un número mayor de terminaciones nerviosas respecto del glande masculino. El Satisfyer, mal llamado succionador puesto que no succiona sino que vibra, se encarga de estimular el clítoris y los resultados deben ser maravilloso pues según comentan proporciona satisfactorias corridas. De aquí uno de los éxitos del Satisfyer: poner sobre la mesa la importancia de orgasmo clitoriano frente al orgasmo vaginal, intrínsicamente relacionado con la penetración masculina. Aun así, el Satisfyer no ha sido el primer juguete sexual que funciona como masturbador clitoriano pero sí que ha aparecido en un contexto social, con el auge del movimiento feminista, donde salen a luz las necesidades de la sexualidad femenina.

Todo está en el nombre y la forma

Una de las características más llamativas del Satisfyer es su aspecto, distinto frente a otros juguetes sexuales (en las redes se bromeó con que se parecía a un mini-aspirador o a la alcachofa de la ducha). Es en su apariencia donde encontramos uno de los aspectos más revolucionarios. Las dimensiones que tiene un objeto son tres: la apariencia formal, su función y su significado o simbolismo. El Satisfyer se rige por una suerte de ley cultural de los objetos; donde cada herramienta, en este caso una del tipo sexual, establece un relación entre la necesidad humana que trata de satisfacer (función: la estimulación del clítoris) y la apariencia en la que se materializa el instrumento destinado a tal satisfacción. Una vez establecida las dimensiones de función y forma, cobra gran sentido su dimensión simbólica, ya que el Satisfyer ha eliminado el simbolismo de los masturbadores femeninos, los cuales la mayoría tomaban forma fálica. De manera concisa, la herramienta destinada al placer ya no tiene forma de pene ¡Bienvenidos a la revolución antropológica y sexual!

Para no referirme al Satisfyer como “consolador”, un término bastante extendido. Ya se sabe, la trampa está en el lenguaje y es importante el cómo designamos la realidad. “Consolador” como aquello que consuela ante la pérdida o ausencia de alguien; así, a una mujer solo le quedaría consolarse ante la falta de un hombre. El consolador no podría ser más que un mero sustitutivo pene de plástico respecto al pene real de un hombre. En cuanto el cuidado sexual comienza a convertirse en algo prioritario, el término “consolador” aparece como una reliquia machista de nuestro lenguaje. De esto que se busquen nuevas formulas, una de las más conocidas es el anglicismo, dildo, que al igual que en italiano, diletto, su significado pone el énfasis en aquello que entretiene o deleita ¿El problema? Es la asociación del dildo respecto a un objeto de forma fálica. Entonces, podemos usar palabras más baúl como “juguete sexual” o “masturbadores”. Mi fórmula favorita es la que emplea la divulgadora sexual, Celia Blanco, refiriéndose siempre como “gozador”.

Los hombres frente al Satisfyer

Bastó con que se comenzaran a comentar las maravillas del Satisfyer para que sacaran sus garras aquellos hombres defensores de la masculinidad monolítica, atacando contra el juguete como si de una lucha entre humanos y replicante se tratase ¿Por qué este rechazo de algunos hombres? El eje sobre el que hemos ido rondando, la cuestión de poner el foco en el placer femenino: el Satisfyer al buscar el orgasmo de la mujer mediante la estimulación del clítoris deja fuera de la ecuación del placer a el rol del hombre que hasta entonces desempeñaba. Žižek hacía una distinción muy interesante entre el pene, entendido como el órgano eréctil en sí, y el falo, como la dimensión simbólica que otorga poder-placer. Él apuntaba que el uso de la Viagra eliminaba la dimensión del “falo”, es decir, el hombre perdía su potencialidad sexual. De manera parecida, el Satisfyer también destruye la simbología del falo como instrumento de placer. La masculinidad arcaica queda reducida a un órgano eréctil, ya no es el sujeto principal de la sexualidad.

Sin embargo, no todo van a ser alabanzas al Satisfyer y es importante señalar las perspectivas críticas entorno al juguete. Adriana Royo, psicóloga y sexóloga, daba unos interesantes apuntes: el Satisfyer no solo vendría a ofertar la demanda de un grupo de mujeres en forma de producto, en esta dinámica en la que todos somos potenciales consumidores. También, el Satisfyer podría entenderse como el fruto de una sociedad cada vez más individualizada, donde cambiamos el contacto humano por lo tecnológico, y por la necesidad productivista del neoliberalismo: más orgasmos en el menor tiempo posible. Royo alertaba que el sobreuso del aparato podría llevar a la insensibilización del clítoris y convenía dosificarlo o combinarlo con otros juguetes, ya sea en la masturbación o el sexo (Carne Cruda – Satisfyer: revolución sexual o marketing sexy).

A fin de cuentas, no me cabe duda que el Satisfyer pueda dilatar el debate sobre la sexualidad. No se trata de estar o a favor o en contra, eso es lo superficial del asunto. Habría que optar por el tacto humano, educar en materia de salud sexual, que la OMS lo recoge como: “estado de bienestar físico, mental y social en relación con la sexualidad. Requiere un enfoque positivo y respetuoso de la sexualidad y de las relaciones sexuales, así como la posibilidad de tener experiencias sexuales placenteras y seguras, libres de toda coacción, discriminación y violencia”. La masturbación, el sexo, debían de dejar de ser tabúes para empezar a incorporarlos en los cuidados y disfrutes personales, como ya lo son: el buen comer, ir al cine o disfrutar de un concierto. Además, debemos empezar a ampliar el campo de nuestra sexualidad: introducir las necesidades femeninas, redefinir las necesidades masculinas. Aquí el Satisfyer, junto a otros juguetes sexuales, son un elemento más de este nuevo horizonte. En definitiva, hacer de la cama un lugar más equitativo y democrático para el goce.