Sobre la memoria y un paseo en bici

A la derecha de lo que antes era un canal de riego, y en lo que parece un día soleado, mi abuelo monta en bicicleta sin saber que está siendo retratado.
A la derecha de lo que antes era un canal de riego, y en lo que parece un día soleado, mi abuelo monta en bicicleta sin saber que está siendo retratado.

Fotos de mi abuelo.

Debo mucho de mi forma de pensar al padre de mi madre, por eso más de una vez lo he mencionado al escribir. Sin embargo, nunca he hablado de mi abuelo paterno.

La verdad es que no sé muchas cosas sobre mi abuelo paterno; entre las pocas que me han contado figura que no le gustaba que le hicieran fotos.

Cuando él murió mi padre era aún muy pequeño, y yo hasta hace no mucho sólo recuerdo haberlo visto en una gran foto de su boda que mi abuela tiene colgada en el salón.

Digo hasta hace no mucho porque, casualmente, entre la decoración de un centro comercial basada en fotos en blanco y negro desgastado donde aparecen escenas de la vida urbana de esas mismas ciudades hace muchos años atrás –y concretamente al lado del baño-, el novio de mi tía, que, como yo, sólo había visto a mi abuelo en la imagen anteriormente nombrada, lo reconoció –aunque salía en chiquitito- y más tarde mi abuela confirmó que era él por el traje, lo que fue realmente emotivo.

La foto, de la que consiguieron una copia de 59, 4X 42cms, se centra en retratar el canal de riego que había donde actualmente está la Avenida Europa, en Lorca (Murcia); mi abuelo sale, más casual que intencionadamente, a la derecha, jovencísimo y jovial subido a una bicicleta y sin ser consciente de que el ojo de un fotógrafo lo iba a inmortalizar.

Me gusta todo en esa imagen.

 

Al hilo de ella, o de este suceso, he pensado mucho últimamente en cosas como en esa función del archivo de stories de Instagram, la de “tal día como hoy” que te avisa de que hace un año por estas fechas estabas con tres mangas y anorak pero esta semana en Murcia apenas si llevas chaqueta; en las galerías de nuestros móviles, llenas; en la moda que ha traído de vuelta la fotografía analógica, y lo “cool” pero poco “eco-friendly” que debe ser; en las horas muertas que he pasado de adolescente mirando los ocho álbumes fotográficos que mis padres aún guardan en la que antes era mi habitación…

 

A mi abuelo no le gustaba que le hicieran fotos, y apenas hay fotos de mi abuelo. Resulta difícil no comparar esto con nuestros días, en los que absolutamente todo está hiperdocumentado –muchas veces incluso a pesar de nuestros deseos-; pero ahora entraremos a desarrollar por qué, a mi juicio, la –llamémosla- “pulsión original” que nos lleva a esto no ha cambiado en absoluto.

 

También me pregunto a veces de qué forma la escasez de documentos gráficos, “probatorios de su existencia”, ha inferido en lo que es el recuerdo de los que lo conocieron o la visión que tenemos de él aquellos que no lo hemos conocido, pero que, por una u otra razón, siempre lo hemos tenido muy presente.

Para esto último, sin embargo, no tengo ni una sola respuesta, tal vez porque nos cuesta internamente aceptar que el análisis de lo que podría haber sido no es más que construir muñecos de paja; de hecho, puede pasar incluso con analizar lo que sí es -o fue-.

 

 

Un cambio.

Más de una vez he pecado de ser precisamente aquellas cosas que juraba detestar, y me parece una cura de humildad enorme. En este caso tengo que admitir que constantemente he caído en aceptar, como propias, tesis que promueven un clima de alarmismo social, o una interpretación dramática del presente.

Es cierto que nuestros tiempos distan mucho de ser perfectos -que si el capitalismo, que si el individualismo, que si la falta de una buena lectura antropológica, o de grandes ideales, que si el nihilismo etc- pero, en serio ¿quién piensa en eso cuando corta el pan para las tostadas del desayuno? Posiblemente todas estas cosas nos preocupen menos que un mal gesto por parte de nuestro vecino.

A lo que voy es que, todo ese análisis social, si bien está –o debiera estarlo-  fundamentado en el estudio de la realidad humana, muchas veces se aleja de esta; y, consecuencia de ello, cae en una visión que, de tan crispada, termina por parecer artificial.

A veces, si sabemos mirar atrás, podemos ver que algunas cosas realmente no han cambiado tanto.

 

Aterrizando esto: se ha hablado mucho del exceso fotográfico-documental como una prueba de que el narcisismo, a rasgos generales, se expande en nuestra sociedad; de que es tanto síntoma como consecuencia, según Sartori en su “HOMO VIDENS, LA SOCIEDAD TELEDIRIGIDA” (2002); de un –nada más y nada menos que- cambio antropológico donde el “homo sapiens” se está transformando en un “homo videns” que, esclavo de su pulsión escópica, requiere más y más imagen…

En contra de esto, y si bien apruebo en muchos puntos la tesis de Sartori, yo pienso que al final hacemos lo que podemos con lo que tenemos.

Me explico.

Hace no mucho el twitter del Archivo General Regional de Murcia subió una foto de la fotografía de una niña rodeada por sus trenzas –sí, pelo-.

¿Lo primero que me vino a la cabeza? Que qué cosa tan desagradable.

La niña en cuestión había muerto a la edad de nueve años y los padres, desconsolados, habían guardado esto, en el interior de una caja, a lo largo del tiempo; de tal forma que la caja pasó por los años mejor que los allegados de la niña y, a día de hoy, una desconocida pensaba “qué asco” mirando una foto de su interior.

¿Y no habría sido exactamente eso lo que inconscientemente sus padres hubieran deseado?

No que una desconocida pensara “qué asco”, por supuesto, pero si mantener vivo su recuerdo.

 

Desde tiempos inmemoriales las personas hemos luchado contra el olvido; la única diferencia es que, donde antes tendíamos a acumular objetos inservibles para ocupar el espacio que deja el pasado, hoy disponemos de herramientas, como la fotografía, que han cambiado la forma en la que tratamos de capturar el presente, aunque de este ejercicio siempre se escape sinceridad, como ahora entraremos a hablar.

No tengo duda de que, si los padres de la niña anteriormente nombrada hubieran tenido la oportunidad de disponer de ellas, acumularían miles de fotografías en, no sé, sus ordenadores; también la gente pudiente de siglos atrás que encargaba retratos a pintores, junto con la pobre, la que solamente supo lo que era un cuadro si la iglesia a la que asistía contaba con alguno.

En la mitología griega fue Mnémosine, titánide que se asocia por la personificación de la memoria, la que tuvo nueve hijas con Zeus: las musas. Esto alude al hecho de que el arte existe porque es tanto una consecuencia como la manifestación de un deseo de memoria, de permanecer en el tiempo más allá de lo que nuestra realidad humana nos permite.

Y no, no estoy entrando en que TODA la fotografía sea arte, pero sí en que en ella podemos encontrarnos con la misma pulsión. Aunque esta quizás termine por resultar una quimera.

 

Gnosei seatum.

O “conócete a ti mismo”, si es que se puede. No lo sé.

Hace poco menos de un mes leía, para un trabajo, a Eduardo Ismael Murgía en “Archivo, memoria e historia: cruzamientos y abordajes” (2011) explicar cómo tanto el sujeto individual como la colectividad (las sociedades modernas) se remontaban a la infancia, o a su historia, para encontrar respuestas sobre la construcción de su identidad; y cómo lo que creemos saber del pasado nunca es lo que realmente fue, sino en parte lo que queremos que sea: “así, la construcción de la identidad moderna puede ser explicada como un movimiento que busca hallar una coincidencia con el objeto deseado”.

 

Retratamos y acumulamos porque luchamos contra el olvido y, sin embargo, es una lucha que siempre ha estado perdida.

¿O no?

Quizás no.

Últimamente, pensando en la historia de la foto de mi abuelo y en lo poco que sé de él, me he resguardado en la idea de que quizás lo haya enfocado todo mal.

“Como tú, también luché con todas mis fuerzas contra el olvido. Como tú, olvidé. Como tú deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras y de piedra (…) y como tú, he olvidado” incide la brillante Marguerite Duras en el guion de “Hirosima, Mon amour”; tal vez sea cierto que la lucha contra el olvido, como he dicho antes, esté irremediablemente perdida; pero, también tal vez, es posible que no pase nada, que lo importante esté en la proyección de la misma vida.

Me consuelo pensando que nuestra existencia, nuestras acciones, siempre tienen repercusión en nuestro futuro y en el de los demás de una forma u otra. Mi abuelo formó una familia de cuatro hijos con mucho sentido de la justicia, humor ácido y una tendencia a levantar la voz para hablar más de lo conveniente; que a su vez tuvieron hijos, que han hecho cosas, que indirectamente le deben a él algo de su forma de ser.

Visto así, la trayectoria de nuestra vida es irrecuperable, pero sí que tiene repercusión en la eternidad. Así que no importa tanto si en vida él apenas se dejó retratar, algo lo mantiene irremediablemente presente aún; y ese algo nos mantendrá a todos. Ahora bien, el punto de responsabilidad para con nuestra propia vida que desde esta visión se desprende es ineludible, pero eso no es lo que hoy he venido a contar.