Lucía Hernández

Graduada en Periodismo y Filología Hispánica. Zaragozana y zaragocista a partes iguales, me declaro amante del cine, la filosofía, el deporte, el ocio doméstico (peli y manta), el oxímoron, la RAE, la cebolla cruda y la literatura. El verano solo me gusta en "Las cuatro estaciones", de Vivaldi. ¿Mi debilidad? Un punto y coma bien usado. Con eso me conquista cualquiera.
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Hace 48 años, un submarino amarillo, que había navegado por el verde mar, hacia el sol, atracó por última vez en el puerto del pueblo donde todos nacimos. Ascendió de entre las olas, con el capitán Barkley a la cabeza, y, sin ni siquiera ondear una mísera bandera blanca, apagó sus motores.

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A veces, la vida es eso que sucede mientras nosotros, transidos de rutina, nos secamos las manos con los secadores de los baños: una espera monótona y privada de sobresaltos con la que el destino cruelmente nos aflige tras confesarnos, de tú a tú, que se ha quedado sin ideas, sin papel.

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En esta industria que dice anhelar la igualdad y reclama más papeles femeninos de primer orden, Almodóvar ha puesto de relieve que, en su cine, el debate de cómo integrarlas a ellas en las producciones está resuelto desde sus inicios; que el debate, en todo caso, es cómo integrarlos a ellos.

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Las certezas que atesoro de su personalidad se asoman a través de las rendijas por las que el bueno de Wood filtra su vocación autobiográfica en cada uno de sus filmes. Proceden también de lo (mucho) que he leído en sus entrevistas y biografías y de lo que he escuchado en sus documentales. Por otro lado, mi parecer respecto a las acusaciones que lo tachan de pederasta se sustenta en los hechos. A ellos me acojo cuando la opinión pública, como siempre imparable y avasalladora, lo somete a ese proceso de purga, de persecución inquisitorial, en los que se cree con legitimidad para condenar a todos sus hijos descarriados.

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Lo que para algunos se erige como una de las grandes citas del año se tornó, de un plumazo, en un esperpento, en un bochorno soporífero a caballo entre una interminable chapa parental y un audio de Whatsapp de diez minutos. En una decepción que peca de repetidora y de conformista: son ya varios años arrastrando los mismos errores de galas pretéritas.

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Que dice Gabriel Rufián, celebérrimo diputado de Ezquerra Republicana y acérrimo paladín de “una Catalunya lliure” y abastecida de cartuchos, que Tarragona, así, hasta donde él sabe, “nunca ha tenido una historia propia”. Vamos, que Tarragona no es més que una provincia del montón. Del montón normalito, por lo visto.

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Porque tú nos regalaste una forma de nominalizar la sed de muerte que todo menda experimenta después de una noche de cubatas en una mañana de ibuprofeno a través de un término tan plástico como el de resaca, que funde lo terreno y lo marino. Lo divino y lo humano.