A hombros de gigantes

Fuente: pixabay

Un gran rosetón destaca en el frontispicio de la catedral de Chartres. Entre las volutas de piedra tallada, uno de los conjuntos de vidrieras más bellos del medievo francés refulge en forma de sufridas vírgenes y circunspectos apóstoles, elevándose por el contraste entre la sobriedad monocolor de la roca desnuda y la explosión cromática de los cristales.

Para un observador poco informado podría parecer que la imponente catedral es fruto de un único esfuerzo concreto y monolítico, que su aspecto armonioso refleja fielmente los esquemas de los que la diseñaron, pero lo cierto es que las sublimes vidrieras fueron añadidas tras un incendio que devastó la fachada principal en el 1194 y el edificio es, en general, un conjunto ecléctico levantado a lo largo de siglos de destrucción y reconstrucción, de bregar con la catástrofe para construir algo digno de lo divino.

De construir va este artículo, que está escrito para explicar, a raíz del reciente desafío al que se enfrenta nuestro sistema sanitario, cómo la medicina ha evolucionado con el paso de los siglos, para levantarse tras muchos cambios, tras muchos errores y muchos incendios, como el gran escudo que nos defiende de las inclemencias de la naturaleza (inclúyase ahí el coronavirus), que nos permite encarar el futuro con algo menos de incertidumbre. Se me ocurren pocas construcciones más hermosas.

La idea para escribir este artículo vino a raíz de la noticia de que va a comenzar a aplicarse una terapia para tratar el Covid-19, consistente en la transfusión de plasma sanguíneo de personas que ya han superado la enfermedad, rico en anticuerpos contra el virus, a pacientes que la están sufriendo. Lo realmente interesante es que se trata de una técnica con una larga tradición en la medicina, aunque de escaso uso; el ejemplo más importante es el de la gripe española, donde se llevaron a cabo tratamientos usando la sangre de los pacientes restablecidos para ayudar a aquellos que seguían enfermos.

Establezcamos un contexto histórico, en 1918, año de la pandemia, se desconocía la existencia de los antibióticos (Alexander Fleming no descubriría la penicilina hasta 1928) y las transfusiones de sangre eran una terapia que daba sus primeros pasos. Pese a la parquedad de los conocimientos médicos en comparación con los actuales, estos primeros intentos lograron reducir la mortalidad de la enfermedad a la mitad.

Es imposible describir en un libro, y menos en un artículo como este, los miles de avances que han hecho poco a poco de la medicina la compleja y razonablemente exitosa disciplina que es hoy. Destacaré por tanto dos avances que son la base que nos permite hoy en día confrontar al coronavirus: el descubrimiento de los microorganismos como agentes patógenos causantes de infección, que nos permite entender la enfermedad por un lado y la invención de las vacunas, que nos permite albergar esperanzas para el futuro, por otro.

 

El primero de estos avances nos muestra claramente cómo si bien un paso por el camino correcto tiene el potencial de salvar miles de vidas, lo mismo se puede decir del alcance letal de las falsas asunciones y de los tratamientos erróneos.

El consenso en el arcaísmo científico de la medicina era que en el cuerpo se asentaban cuatro humores, a saber, la bilis negra, la amarilla, la flema y la hema o sangre, cuyo desequilibrio era la causa de las enfermedades. Esta teoría supuso la puesta en práctica de auténticas carnicerías, en el sentido más genuino de la palabra, pues la terapia más extendida para reequilibrar los humores era la sangría, cuyas consecuencias solían ser nefastas en un cuerpo ya debilitado por la enfermedad.

Tras siglos de flagrante violación del primum non nocere (lo primero es no hacer daño), podemos atribuir a Girolamo Fracastoro la primera aproximación sistemática al concepto de microorganismo patógeno, pues es en su De contagione et contagiosis morbis (1546) donde se admite por primera vez la existencia de pequeñas partículas capaces de transmitir la enfermedad.

No es hasta el siglo XIX, sin embargo, cuando Pasteur impulsa, entre alambiques y matraces, la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, que determina de forma precisa la existencia de microorganismos no visibles, no generados espontáneamente y con capacidad para generar enfermedades. Detrás de sus descubrimientos encontramos también el trabajo acumulado de siglos de estudios, desde las investigaciones al microscopio de Leeuwenhoek hasta las observaciones sobre los brotes de cólera de Jon Snow.

Uno de los episodios más claros sobre la importancia de la asimilación de esta visión de la enfermedad como un elemento externo y transmisible y no exclusivamente interno lo vemos en el caso de Ignaz Philipp Semmelweis, un médico húngaro que mediante la introducción de una novedosa técnica, redujo la mortalidad de las parturientas del Hospital General de Viena desde un escandaloso 30% a menos del 1%. El milagro se obró cuando Semmelweis instruyó a sus colegas a lavarse las manos antes de atender los partos.

El segundo avance, el del descubrimiento de la vacuna, es paradójico en cuanto a que supone un método de defensa contra un microorganismo sin el reconocimiento de la existencia de dicho microorganismo. Podemos trazar el origen de la vacunación hasta China, donde existen descripciones de la autoinoculación de cepas poco agresivas de viruela desde al menos el siglo X, pero no es hasta el siglo XVIII cuando la práctica llega a Europa de manera generalizada, con la aspiración del polvillo producido a partir de pústulas de la viruela machacadas y molidas. El propio nombre de vacuna nos indica de donde procedían estas pústulas, pues pronto se comprobó que era más seguro inocularse con las del ganado bovino que con las humanas.

Al respecto de la vacuna, es interesante observar una desconfianza inicial en Europa contra la misma, que fue superada gracias a acciones audaces como las de Lady Montagu, la aristócrata británica famosa por sus relatos de viajes que, tras pasar un año en misión diplomática en Estambul donde descubrió la vacunación, practicada por los turcos, inoculó a sus propios hijos con el polvillo de las pústulas, para escándalo de la sociedad británica de la época.

La desconfianza dio paso al entusiasmo al comprobarse la eficacia del método, hasta el punto de que los propios gobiernos financiaron y pusieron en marcha campañas de vacunación masivas, entre la que podemos destacar la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, apadrinada por Carlos III, que llevó el método a América y salvó millones de vidas. Desgraciadamente, parece que los prejuicios del pasado se resisten a irse de una parte de la población, que sigue temiendo a las vacunas tanto como sus conciudadanos de hace tres siglos. La viruela lleva décadas erradicada pero los prejuicios son, a menudo, más resistentes que ningún virus.

 

 

El descubrimiento de los microorganismos patógenos y la invención de las vacunas son sólo dos ejemplos del cómo la medicina se ha ido construyendo con el largo paso de los años, de cuánto debemos a los pioneros del pasado, que son los referentes de nuestro presente. Esta deuda es algo que tenía claro Bernardo de Chartres, que bajo los chapiteles y arbotantes de la catedral con cuya descripción empezaba este artículo impartía la homilía. Suyo es el famoso aforismo, ampliamente atribuido a Newton: “Si he visto más lejos ha sido aupado a hombros de gigantes”.

Así es como se construye la ciencia, aupados en el conocimiento de los que nos precedieron para intentar ir un poco más lejos; con paso muchas veces titubeante, pero sin detenernos. En busca de una chispa de luz en la oscuridad del desconocimiento, en busca de algo que nos ayude a superar las turbulencias de la vida, o al menos a entenderlas.

Son tiempos oscuros, pero también esperanzadores, pues esta vez no estamos a merced de la enfermedad. Pocas palabras me parece que resuman mejor la agitación y oportunidad de la actualidad, que las que abren Historia de dos ciudades. Que sea Dickens pues quien termine este artículo: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

 

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