El beso

Todo el mundo concibe actualmente que un beso implica la fusión de los labios con cualquier tipo de objeto (o persona), pero, ¿alguna vez se han planteado por qué se emplean los labios?

Los labios son un foco sensitivo de enorme importancia. Su fina piel está llena de terminaciones nerviosas. Teniendo en cuenta esta importante sensación fisiológica, podemos entender la referencia de la película de Pretty Woman, en la cual la protagonista, una joven prostituta, evitaba besar los labios de cualquier cliente, pues lo consideraba un acto de especial intimidad.

Está claro que los besos implican la activación de muchos mecanismos, y que están rodeados por un círculo de acontecimientos, los cuales nos viene a nuestra cabeza, de forma recurrente y sin control, en algunas ocasiones.

La tormenta hormonal

En los momentos previos al beso, se comienzan a aumentar los niveles de dopamina. Este neurotransmisor se encarga de aumentar la tensión arterial, y de acelerar el pulso, generando una agudización y activación de nuestros sentidos. Además, esta hormona desencadena efectos emocionales: nos provoca que busquemos una recompensa, un regalo, un refuerzo.

Por si fuera poco, en los momentos previos al beso se segrega noradrenalina, que es una de las responsables del estrés, con la consiguiente puesta en estado de alerta de nuestro organismo: los ojos escrutan e interpretan cualquier señal, el cuerpo se tensa y se prepara para actuar, la piel aumenta su sensibilidad (y, por tanto, también nuestra boca…).

En ese momento, los labios se rozan y transmiten al cerebro todo un dossier de datos sobre humedad, presión, temperatura… (no es casual que las madres midan la fiebre de sus hijos con más precisión que un termómetro solo con besarles la frente). La dopamina  llega al cerebro y produce su complemento perfecto: la feniletilamina, una sustancia de nombre endiablado que, sin embargo, provoca una divina sensación de plenitud y felicidad.

¿Por qué los besos son con lengua?

Por una cuestión evolutiva. A través de la unión de dos bocas con sus lenguas hay un intercambio de saliva. La del hombre impregna a la de su pareja de testosterona, una hormona que incrementa el deseo sexual y que va ligado a la pasión amorosa y a la continuidad de la especie. Entonces el organismo empieza a liberar oxitocina, esa hormona que las mujeres conocen tan bien por los partos: es la sustancia que te hace sentir flotando entre nubes, que favorece la intimidad con el otro y que hace que surja el apego. A esta bomba de hormonas se suman las endorfinas, que añaden sensación de placer y bienestar.

Consecuencias

Todo esto tiene un efecto colateral, que es el descenso de los niveles de cortisol — se da un ­bajón especialmente rápido en las mujeres—, una hormona que se libera por la tensión acumulada en las ­fases previas al beso y provoca la relajación de todos los múscu­los: sentimos una deliciosa laxitud física. Solo con esto podemos acabar enganchados a esa persona. El proceso continúa después del beso, y al día siguiente, y al otro, porque nuestro organismo no para, le venga bien o no a nuestros planes sentimentales.

Así que toda esta experiencia pasa a nuestra memoria episódica, que es la que archiva los hechos vividos y las sensaciones que nos produjeron, pudiendo rememorarlos sin que hacerlo dependa de nuestra voluntad. El recuerdo del beso y de todo lo que le rodeó viene a nuestra mente de manera recurrente y sin que podamos controlarlo; así que no podemos quitarnos de la cabeza a esa persona.

«Solo fue un beso»

La oxitocina no se va así como así de nuestro cuerpo, y eso fortalece el vínculo con la otra persona. La feniletilamina tampoco, y eso nos hace sentirnos felices al lado de esa persona. Pero las endorfinas nos la juegan rebajando sus efectos, lo que nos provoca una inquietud, un malestar muy desagradable, que compensamos activando la producción de dopamina creando una nueva expectativa: volver a besar a esa misma persona. Si no lo hacemos, nos desenganchamos en un tiempo; pero si le volvemos a besar, se vuelve a cerrar el círculo y echamos de menos otro y otro…, y besar se convierte así en una necesidad, una especie de adicción.

 

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