La vuelta al cole

En las antípodas de la superficialidad que tiñe el día a día de cualquier joven, más apegado a los placeres mundanos que a los celestiales, las enseñanzas del aula descubren ante sus ojos continentes sumergidos de conocimiento, que contribuyen a completar nuestra humana incompletud

Para los más pequeños, septiembre es un mes, pero también reviste otras identidades: es lo primero, el “érase una vez” de un cuento que comienza sin el rumor de los caballos al trotar o de los grandes bailes en Palacio, pero que se escribe con ilusiones recicladas y nuevas ambiciones. Es un olor –el del forro de los libros–, y una falsa promesa, tácita, de autocomplacencia –“este año iré al día”–. Es, a su vez, el puñado de cortícoles con el que tu madre te comprará el estuche de dos pisos del que presume tu archienemigo del patio, la excitación por ver con quién te ponen en clase o esa sensación de fortuna cuando, recién bañado y oliendo a Nenuco, le hablas a tu familia de los nuevos profes.

Sus días no se cosen con la tela de lo corriente, sino con el espasmo de la convulsión, como el trazo de un lapicero que se sale del dibujo, un grito en el desierto o una arritmia. En la factura que llega a su fin se incluyen mochilas, lapiceros, gomas Milán, cromos… y en su hoja del calendario, una cita subrayada: la vuelta al cole; ese nudo en el estómago, triste constatación, en realidad, de que, aunque seguimos siendo niños, nunca dejaremos de crecer. Regresar a la escuela supone revivir lo que en algún momento terminará: que tu mayor preocupación sean los deberes del día siguiente, la sensación de seguridad de que tu impertérrita madre siempre podrá enfrentarse a todas las madres del mundo para reservar tu puesto de privilegio en la cabalgata de Reyes o la ingenua creencia de que te sabes el examen de mañana.

Pero el cole no es un lugar; es el gran baluarte del saber, una oportunidad para escapar de la caverna, para madurar. En las antípodas de la superficialidad que tiñe el día a día de cualquier joven, más apegado a los placeres mundanos que a los celestiales, las enseñanzas del aula descubren ante sus ojos continentes sumergidos de conocimiento, que contribuyen a completar nuestra humana incompletud: más allá del control de mates del viernes, la página 394 del libro de física o los consejos de Patronio al conde Lucanor, habitan pensamientos de enorme calado, interrogantes sobre lo más recóndito del ser, que distan de la simpleza de la ideología cotidiana, del “salir, beber, el rollo de siempre”, y que, sin embargo, se avienen tremendamente con la realidad. Ahí están Fuenta Ovejuna y la historia de un pueblo que se rebela contra la tiranía, la violencia machista de la que es víctima Desdémona en Otelo o la capacidad para conocer nuestro interior metafóricamente estudiando filosofía y literalmente en biología.

Cuando la educación, además, es asumida como un fin, no como un medio (para ascender o lucrarse en el futuro), y, por tanto, transita sin el anclaje de un ideal utilitarista, en aras de la libertad y felicidad del alumno, el acercamiento al magisterio de la cultura potencia su desarrollo intelectual y su capacidad crítica. Esta primera etapa de formación, que constituye un acicate para lo que viene después, la Universidad, es especial porque se inserta en un marco temporal clave: aprovecha nuestros años de mayor poder de absorción, al tiempo que nos jalona en nuestra dimensión más personal; de ahí lo inolvidable de todo lo que abriga: el primer sobresaliente, la quiniela que salió mal o aquella invitación del chico que te gustaba para ir juntos a la papelera a sacarle punta al lapicero.

Por ello, es necesario un sistema educativo estable, que no cambie con cada Gobierno, y que premie a su máximo estandarte, el profesor; ese tío que, sentado en la mesa, con los cordones desatados y una mancha en su camisa roja, es capaz de resumirte en media clase la evolución de nuestra cultura, desde la indoeuropeización hasta la globalización, y, sobre todo, de hacerte pensar.

Hoy es otro día más de septiembre. Rodeada de personillas inquietas por sus necesidades escatológicas, de granujillas que algún día serán como tú, pienso en la suerte de estos adultos potenciales que ahora esperan el autobús de su colegio, portando la mochila que prepararon anoche, y, transida de nostalgia por la totalidad perdida, recuerdo cuando, al final de mis vacaciones, le decía a mi madre: “Mami, tengo ganas de volver al cole”. No importa mi edad: se lo volvería a decir todos los años de mi vida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *