Animales fantásticos 2: a lo Potter, pero sin él.

En la receta de su nuevo filtro de amor, la mejor escritora de literatura juvenil de todos los tiempos echa a su caldero todo lo que encuentra a mano para intentar enamorarnos otra vez: animales monstruosos, bebés intercambiados, artilugios sorprendentes, muggles (o no mags) encantados y un malvado a la altura. Pero el conjuro falla.

Si eres fan de Potter, te gustará y te desesperará. Lo primero, por los guiños a la saga primigenia. Lo segundo, porque ni la película ni los guiños son como Potter. Si no lo eres, la historia es como un puzzle pero con piezas de distintos dibujos. Con todo, mejor que la primera. Firmado: una admiradora incondicional de J. K. Rowling (y hasta aquí la escritura al estilo Hemingway).

Los fanes de Hogwarts, ahora expatriados, nos engañamos a nosotros mismos por autocompasión: aunque acostumbrados a la excelencia, creemos que cualquier creación de  la factoría Rowling basta, y no; en realidad, somos más exigentes que Severus Snape en sus exámenes de pociones. Años después, seguimos creyendo en la magia, pero ya nos sabemos todos los trucos: no hay pasaje del Mapa del merodeador que desconozcamos. Y, como en la pescadería, que nos den gato por liebre nos estremece cual sacudida del sauce boxeador. Como sacude, también, esta suerte de ciclo fantástico que se ha sacado de la chistera la autora británica: Si Animales fantásticos y donde encontrarlos 1 resultó un vulgar intento por estirar el chicle de la magia, su secuela, aunque bastante mejor, continúa tropezándose con la misma piedra.

Para empezar, en lo argumental, es más plana que Castilla. Y también tan fría. ¿Que dónde está el foco dramático? Ni está ni se le espera. El relato de los acontecimientos se deshilacha como un estofado de ternera al punto de cocción y, en consecuencia, las numerosas tramas desgastan el tejido argumental, cosido por un sinfín de escenas sin cafeína. En la receta de su nuevo filtro de amor, la mejor escritora de literatura juvenil de todos los tiempos echa a su caldero todo lo que encuentra a mano para intentar enamorarnos otra vez: animales monstruosos, bebés intercambiados, artilugios sorprendentes, muggles (o no mags) encantados y un malvado a la altura. Pero el conjuro falla. A pesar de que, a priori, reúne todo lo que podrías imaginar de un parque de atracciones, el filme se consume pronto. Tanto bicho deforme cansa en esta suerte de Jurassik Park para adultos encadenados a su pasado y la plétora de caminos a ninguna parte dirigen, en realidad, a una cuestión: ¿De qué va la peli?, preguntome.

Mucho de lo que atesora J.K Rowling como escritora lo pierde como guionista. Prueba de ello es la arquitectura de sus personajes. Al sosaina de Scamander (Eddie Redmayne) lo escoltan el ramplón de Jacob Kowalski (Dan Fogler) y la contenida Tina Gorstein, a años luz del trío primigenio. El desarrollo de su personalidad se queda a medio camino y rara vez el público conecta con ellos. En contraste, Grindelwald es ese villano que ya imaginó la autora cuando escribía Harry Potter: más humano que Voldemort, pero también menos inteligente y talentoso. Aunque tan inquietante y misterioso. Nos concede, además, el momento más brillante de la película y de su antecesora: la rave digital final, que, esta vez sí, recuerda a lo mejorcito de la saga Potter. Ojalá el resto de la pentalogía avance en esa dirección. Por su parte, de lo de Dumbledore y Jude Law no sé ni qué decir. Vamos, que ni chicha ni limoná. El actor británico está elegante, comedido y desafiante, pero chirría en la versión juvenil de uno de los mejores magos de siempre por buenico: es demasiado claro, demasiado certero, en contraste con el enigmático y divagante Albus de toda la vida.

Parece una canción de la Jurado, pero no: la raíz del fracaso estriba en el punto de partida. El ciclo de Animales fantásticos y dónde encontrarlos nació con la ambición de distanciarse del universo que habíamos conocido, forjando su propia identidad y dando lugar a nuevas realidades siempre sujetas a la tramoya y la ilusión. Consciente de que los espectadores que entonces crecieron a la vez que Harry tendrían ahora la edad de Scamander, Rowling decidió concentrar sus resortes imaginativos en las vicisitudes de la vida adulta, en detrimento de las aventuras, las primeras veces, los fracasos o las esperanzas de la adolescencia que glosó en sus anteriores entregas. De ellas, no obstante, pretendía conservar el esquema maniqueo que tanto las encumbró, cimentado sobre las fuerzas del Bien y las del Mal.

Sin embargo, en este conato por fundar una nueva edad de la magia, por regalarle el protagonismo del Elegido a un zoólogo asperger y empanao (sic) –qué podía salir mal…–, la historia dio sus primeros síntomas de agotamiento cuando la nostalgia –la de Rowling y la nuestra– se apoderó de la narración. Y, en consecuencia, Hogwarts se empoderó en plan feminista, y todos, transidos de melancolía, aplaudimos aun sabedores de la trampa. Porque es cierto: las constantes remisiones a la mitología potteriana del filme –ay, esa musiquilla– nos remueven por los cuatro costados, nos encantan, nos atraen, son lo que provoca que nos guste más que la primera, pero, en puridad, lastran el progreso de una historia inaudita e independiente, abriendo todavía más las hendiduras de una trama en construcción.

La culpa, en realidad, es nuestra: los seguidores, más ufanos de nuestras lecturas que de nuestros logros, nos aferramos a la consigna machadiana de que el pasado no ha muerto. Y, por eso, soñábamos con una vuelta de aquello que tan dichosos nos hizo. Pero no en estos términos. Mi deseo como fan: si lo que interesa es volver al universo Potter, mejor un spin-off de los merodeadores o una continuación con los personajes de la saga original en el presente, al estilo de The chursed child, pero con fundamento. Aunque quizá tenía razón Sabina: al lugar al que has sido feliz no debieras jamás tratar de volver. En fin, travesura realizada.

 

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