NI EL “PONTE AFTERSÚN Y SE TE PASARÁ EL QUEMADO” NI EL “NO TE BAÑES DESPUÉS DE COMER, QUE TE DARÁ UN CORTE DE DIGESTIÓN”, EL MEJOR CONSEJO PARA EL VERANO ES ESTE:

Se acerca el que seguramente sea, otra vez, de nuevo, como siempre, el verano más caluroso de los últimos 50 años. Aunque se está haciendo de rogar como una cita que se resiste, como los teléfonos que arden en las viejas cabinas, el bochorno se aproxima con una cadencia a priori lenta, pero que en cualquier momento asestará su primer golpe. Los mosquitos ya han planeado sus estratagemas de ataque y las farmacias revisten sus escaparates de packs ahorro con suculentas ofertas de cremas con las que tu madre, a regañadientes (tú y ella), te embadurnará.

En lontananza se divisan el estío, las llamaradas de Lorenzo, el “¡oye, qué blanco estás!” y los experimentados bucaneros de la arena que, en breve, enarbolarán sus armas, sombrilla en ristre, para invadir la primera línea en la playa. Entretanto, mientras en Instagram los sucesores de Cezanne o Caravaggio preparan su propia reinterpretación de los bodegones del siglo XXI –compuestos por dos piernas dispuestas como dos Oscar Mayers, sobre la arena berberisca y el mediterráneo de fondo–, algunos, desde nuestras trincheras, presentamos batalla con nuestros mejores resortes: los libros. Y en esas lides, yo, como Bertín Osborne con el jamón, no me la juego: El viejo y el mar, otro año más, capitaneará mis pertenencias (a saber: unas gafas de sol, idóneas para pasar de incógnito por la urbanización, los grandes éxitos de la Jurado y varios tomos para sobrellevar la carga solar).

Hay libros que no son tanto libros como antídotos; charlas terapéuticas en las que saciar la sed de dos puntos (al menos, lo reconozco) que padecemos los sentipensantes, la necesidad de explorar esas Atlántidas de secretos que se esconden entre unas páginas. En este catálogo de referencias de limitado espectro para nuestra desgracia, la obra de Hemingway come aparte. No tanto por su historieta –la de un viejo pescador cubano a quien la suerte parece haber abandonado, que se enfrenta a un pez gigantesco durante un lapso de tiempo que a mí, perdida mar adentro y sin wifi, se me haría eterna–, como por su intrahistoria –una lucha imperecedera por el honor perdido, secuestrado–. En el fondo, algo muy nuestro: la vieja dualidad entre lo nuevo y lo antiguo, entre la experiencia y la energía, entre los callos y las esferificaciones.

El de Santiago es un conflicto sin límites contra sí mismo y contra los demás por un laberinto de obstáculos gigantescos hacia el interior de la pirámide. Pero el trago más amargo se lo lleva el lector, quien, en esta travesía por las aguas del golfo, pierde pedacitos de ilusión con cada hoja que pasa. No es un relato para reír, tampoco para llorar; lo es, en cambio, para sufrir y, por qué no, para angustiarse. Cada palabrita escuece igual que el agua salada de “la mar”, y, como ella, con el tiempo también sanará. Aunque no te des cuenta. Aunque luego no lo sepas contar, porque las cosas importantes que nos pasan nunca suceden: son, y ya está. Lo que convierte en especial este relato no sella su impronta en nuestra memoria, sino en nuestra conciencia. Es una cuestión ontológica, más que artística.

En este proceso de depuración vital que constituye El viejo y el mar, huelgan las grandes caracterizaciones de personajes, los giros argumentales, la belleza o el humor, puesto que quienes (entiéndase, efectivamente, como una personificación) mantienen a flote el barco son la soledad, la vejez, el cariño, la nostalgia y la voluntad individual frente al exterior que se concitan en ultramar. Y la dignidad. Lo dijo su autor: “El hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Su argumento deviene en una narración unitaria, que, no obstante, atesora una doble faz: el pulso con el que la vida reta al anciano denuesta la colectividad al tiempo que censura el individualismo, sin perder la esencia de una epopeya. Y todo ello, acendrado por la maniera de Hemingway.  Lo suyo es la frase exacta, el trazo limpio, alejado de oropeles, purpurinas y de un estilo perifrástico, pero aderezado con gotas de vinagre que remueven el estómago como una ostra traicionera. Desprovisto de banales descripciones o de una sintaxis brillante, el filón textual descansa sobre estructuras, taquigráficas en los casos más extremos, que golpean con una mano y oxigenan con la otra.

Solo la buena literatura se aviene con las categorías de la realidad. Nace de ella, la moldea y, con suerte, la mejora. El viejo y el mar no se propone retratarla y, sin embargo, la supera. Sí, lo reconozco: es mi libro favorito. ¿Por qué? No lo sé; lo es, y ya está.

1 thought on “El viejo y el mar o cómo disfrutar del verano

  1. Me ha gustado mucho lo escrito por Lucía Hernández de El viejo y el mar.
    Me propongo leer todo lo que escriba.

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