En defensa de la ficción

Tarantino, cinéfilo entre los cinéfilos, ha articulado en ‘Érase una vez en Hollywood’ un verdadero homenaje al cine y una defensa de la ficción como antídoto frente a la realidad. En Código Público, analizamos los entresijos de la última película del cineasta americano.

Tarantino es, con toda seguridad, el director contemporáneo que mejor ha sabido construirse a sí mismo como estrella y mito pese a mantenerse, casi siempre, detrás de las cámaras. Cinéfilo empedernido y cineasta hecho a sí mismo, siempre ha presumido de no haber ido a una escuela de cine y de haber aprendido el oficio a puro de devorar películas, una detrás de otra. Así, una de las señas de identidad del Tarantino celebrity es, además de su irreverencia o su locuacidad, su pasión por el cine y la ficción (en mayúsculas, de la serie B al cine europeo pasando por el spaguetti western y los grandes clásicos americanos). Es algo, por supuesto, que comparte con tantos otros compañeros de profesión, pero que él ha sabido articular como un rasgo propio que le identifica: el mito del cinéfilo que pasó de trabajar en un videoclub a dirigir obras maestras como Pulp Fiction o Malditos bastardos.

Esta identificación Tarantino-amante del cine es relevante a la hora de acercarse a su último largometraje, Érase una vez en Hollywood, porque este es un canto de amor al cine tanto en la forma como en el fondo. La etiqueta “homenaje al cine” acompaña a la película desde su estreno en Cannes, y las razones son evidentes: el Hollywood de los años 60 como telón de fondo, un actor como personaje protagonista y Sharon Tate, uno de los grandes mitos de la época, como referente para atrapar al espectador. Sin embargo, más allá de este nivel superficial—al final, todo el “cine dentro del cine” es un homenaje en sí mismo—lo más interesante es cómo la película, de un modo más profundo, es una reivindicación de la ficción, y por tanto del cine, como antídoto ante la crudeza de la realidad. La película propone esta lectura de dos formas complementarias.

Por un lado, la línea argumental de Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) relata los esfuerzos de un actor por seguir ligado al mundo de la ficción. En el ocaso de su carrera, Rick se siente frustrado porque su vida está cada vez más alejada de aquello que le apasiona en la vida: contar historias a través del cine. La ficción, junto a la fama y el éxito, son el motor de su vida y aquello a lo que no está dispuesto a renunciar. Y por eso, su objeto de deseo durante todo el largometraje es esa verja que conecta con la casa de sus vecinos (Sharon Tate y Roman Polanski) y que le permitiría volver a las grandes ligas de Hollywood. En definitiva, Rick Dalton como personaje simboliza ese deseo de ficción que motiva el séptimo arte, y el desenlace que recibe su trama (SPOILER: conseguir cruzar esa verja) legitima dicho deseo.

(De aquí al final, SPOILER) Es precisamente el giro final de la película el otro elemento en que Tarantino cimenta su reivindicación de la ficción sobre la realidad. La cinta está basada en unos hechos reales—el asesinato de Sharon Tate a manos de la familia Manson—que están en el imaginario de (casi) todos sus potenciales espectadores. Sin embargo, Érase una vez en Hollywood juega con esas expectativas para acabar dirigiendo el clímax de la narración hacia un lugar muy diferente: el desternillante intento fallido de asesinato de los miembros de la familia Manson en casa de Rick. Es este contraste realidad/ficción, sin duda, lo mejor del largometraje de Tarantino. Y lo es porque pone en primer plano la magia del cine: aunque la realidad, a veces, es la que es, la ficción siempre puede ser mejor. Y, así, el séptimo arte y su magia permiten “mejorar” la realidad para producir ese placer catárquico en el espectador del que solo el cine es capaz. Es en este final cuando Erase una vez en Hollywood emerge como un verdadero canto a la ficción.

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