Manifestación de Vox en Madrid contra el Gobierno. Fotografía de @OlmoCalvo

De sabios es rectificar, dicen. Lo que no dicen nunca es que esa rectificación es fruto de una pérdida, bien de cierta ingenuidad, bien de una segura prepotencia. En el artículo que dediqué el mes pasado a una nueva claridad después de esta crisis socio-sanitaria pequé de iluso. Pido disculpas. La triste verdad asoma y los derroteros que toma son sorprendentes.

Aunque quizá tampoco del todo sorprendentes. «Sé que la historia es la misma,/ la misma siempre, que pasa/ desde una tierra a otra tierra,/ desde una raza a otra raza,/ como pasan esas tormentas de estío/ desde ésta a aquella comarca» decía León Felipe. En la antigüedad, los grupos sociales, organizados ya en polis, ya en credos, ya en escuelas de pensamiento, tenían algo en común: el mito que justificaba el orden establecido: el rito.

Desde 1978 hemos construido un mito fundacional de esta España democrática, de esta España constitucional, incluso tenemos un libro que nos guía. Durante más de cuarenta años hemos guardado bajo la alfombra de la Transición el polvo y la basura que aún deslucía los pasillos de la casa. Nos hemos comportado como las buenas familias de antes, las que tienen grandes apellidos y una finquita en la sierra con yeguada y estanque, es decir, hemos mirado para otro lado, hemos hecho como si nada de lo que hubiera pasado antes hubiese pasado realmente. Este es el mito de la Transición.

Gustavo Bueno, al que sólo saco cuando es menester, dijo una vez que «la palabra «transición» es un eufemismo para disimular o no tener que usar, bien la palabra «ruptura» o bien la palabra «continuidad»». Hemos de comprender en algún momento que el régimen actual, el régimen de la constitución del 78 es una transformación interna, una metamorfosis, como una mariposa que sale de una crisálida, del régimen franquista.

El franquismo sigue latente en nuestra sociedad, está instalado en nuestro día a día, en las calles, en las instituciones y en las Cortes. Nunca se fue, nunca se erradicó, nunca se juzgó. El error de nuestro presente es haber confiado en un gran mito fundacional, el de la transición como verdadero valuarte de la concordia y el pacto social. Pero ¿qué pacto social puede haber si no se ha restituido la memoria de los asesinados, torturados, represaliados, silenciados o amenazados durante los casi cuarenta años de dictadura? No hay un pacto social, no hay concordia, hay un gran abismo de silencio y desmemoria.

A la vista está que la transición no es tal, en un sentido de ruptura con lo anterior, si impunemente se muestran símbolos franquistas en pos de la «libertad» y se grita que un gobierno elegido por votación es una dictadura. No me extraña que estas revueltas anti-populares, porque van en contra del pueblo, hayan empezado en los barrios más ricos de la ciudad más rica de España. Conviene recordar que el rico reclama privilegios, el pobre lucha por sus derechos. O como decía Gloria Fuertes «el pobre no tiene la culpa de ser pobre, el rico sí».

Aquí no caben falsas dicotomías como aquella de «las dos Españas» o «los unos y los otros son iguales». Mantenerse tibio ante ciertas luchas es posicionarse. Leí en twitter algo que aclaraba mucho esta peligrosa posición de neutralidad: «los extremos son todos malos. Ni ku klux klan ni negros».  Ante una sociedad que reclama una sanidad pública de calidad, que pide inversión en I+D, otra sociedad que reclama poder irse a tomar unas copas al Club Pétalos porque el Gobierno tiene el maravilloso plan sin fisuras de arruinar a su propio país fingiendo una pandemia. Pero en esta tarea no está solo, cuenta con la ayuda del resto de países del mundo.

La situación no es halagüeña. Ante el mito de la transición un nuevo mito se impone, o más bien el viejo mito de la España nacional-católica. Y es que por mucha ciencia que nos ampare, esta sociedad posmoderna es más mitómana que la sociedad griega del s. V a.C. Hablan ahora de resignificar la bandera de España porque la derecha y la extrema derecha se han apropiado de ella. El punto está en que no se han apropiado de la bandera, sino que su connotación histórica les ha pertenecido siempre. Es por esto que cierto sector «progresista» se ve obligado a crear un mensaje explícito de oposición.Pero sobre la resignificación de la bandera ya hablé en este otro artículo publicado hace ya más de un año y sería absurdo volver a exponer aquí los problemas de la ironía.

Sea como fuere, espero volver a equivocarme. Vivir en una constante equivocación es mucho más emocionante que la calma chicha de la absoluta confianza. Dejo la fe para las ratas.

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