¿Forever Young?

Nadie sabe cómo prepararse para decir adiós, pero la mayoría teme ese momento. Aunque hay quienes, influenciados por la religión, lo ven incluso como un regalo, como una oportunidad para reunirse con Dios y para reencontrarse con viejos familiares, la idea de dejar de existir, de abandonar un mundo que pase lo que pasé continuará girando, resulta devastadora. La longevidad acerca al hombre al abismo y se lo recuerda cada día.

 

La vejez llega más pronto de lo deseado. Se instala en nuestra vida, la trastoca, la empeora. Sobrellevarla es posible, pero pocos saben cómo. La sociedad ha asumido una imagen peyorativa de ella, pero en el fondo es una suerte poder vivir lo suficiente para alcanzarla.

Las ganas de morir o de seguir viviendo. Una dentadura sumergida cada noche bajo el agua del vaso que se coloca en la mesilla, junto a la cama. Ser el campeón de la brisca o el eterno perdedor. Un kit a prueba de bombas: el bastón, el carné del jubilado y el pastillero de rigor. Responder “si Dios quiere” a un “hasta mañana”. La prueba del azúcar y de la tensión. Levantarse los domingos para sentarse en un banco del parque a dar de comer a las palomas, para ir a misa. Una dieta baja en colesterol, en sal y en sabor. Cantar “bingo” un miércoles cualquiera. Un carajillo a las cuatro de la tarde y un paquete de pipas al atardecer. Apuntarse a última hora a una excursión del inserso. El taca taca y una operación de cataratas. Ligar en un chiringuito de Benidorm o en la consulta del reumatólogo. Hacer trampas jugando al dominó y jugársela cruzando en rojo.

Detrás de esta vida, anodina para algunos, se oculta el verdadero significado de la vejez, un itinerario escarpado por el que solo transitan los afortunados, pero que deja exhaustos a cuantos llegan a su final. Cada caso es diferente: algunos prefieren el parchís a la brisca; otros el tinto de verano al carajillo, pero la mayoría, sin esperárselo, debe superar las mismas emociones.

 

 

La soledad

Una de las lacras de llegar a una edad muy provecta es que no todo el mundo corre esa suerte.Muchos ancianos deben presenciar cómo las personas que siempre los han acompañado comienzan a desaparecer y, con ellos, los lazos que los han mantenido unidos toda la vida. Los entierros, las enfermedades, los discursos de despedida se multiplican a lo largo de esta fase vital, que comienza a partir de los sesenta y cinco años. Asimismo, los parientes toman cada uno su propio camino y forman una nueva familia en la que el más veterano no suele ser el mejor atendido.

De forma progresiva y silenciosa, empieza a forjarse un sentimiento tan desesperanzador como destructivo, que, por si fuera poco, puede llegar a rompernos del corazón. Así lo avala una investigación de John Cacioppo, profesor de psicología de la Universidad de Chicago, que afirma que el destierro –y encierro- extremo puede aumentar un 14% las probabilidades de muerte prematura de las personas mayores. En su estudio, el docente no incide tanto en la soledad como aislamiento físico en sí, sino más bien en la sensación subjetiva de abandono: no es igual vivir solo que sentirse solo. Además, algunas consecuencias del envejecimiento, como la ceguera y la pérdida de la audición, agravan esa sensación de desamparo, que no debe concebirse únicamente como un mal psicológico sino también como una herida biológica que cuesta -y mucho- curar. Porque los expertos advierten de que su peligro radica en su carácter cíclico. La soledad es un círculo vicioso: cuánto más aislado se encuentre un individuo, más amenazado se siente. Y cuánto más amenazado se ve, más se aísla, según Steve Cole de la Universidad de los Ángeles.

Aunque en algunos casos no llegue a ser mortal, sí desencadena efectos perjudiciales para la salud: puede interrumpir el sueño, aumentar la presión arterial, incrementar el aumento matutino del cortisol (hormona del estrés), alterar la expresión génica de las células inmunitarias, aumentar los niveles de depresión y reducir el estado de bienestar subjetivo general.

Un estado al que muchos llegan por propia voluntad. Apaleados por los dolores, deciden apartarse del mundo, recluyéndose en el silencio de sus hogares y en la oscuridad de un cuarto vacío con olor a naftalina. Como si un teléfono que nunca suena y una mesa con un solo comensal fueran los únicos antídotos para aliviar todos esos males que muerden, que golpean y que, desde luego, se alimentan del temor.

El miedo

¿A qué? A todo. A la fragilidad, a la discriminación. A la incapacidad y la ineptitud. En cuanto una persona recibe la etiqueta de jubilado, la sociedad -movida por su insaciable afán utilitarista- le condecora con otra mucho peor: la de inservible. Ante esta situación casi de vacío existencial, da comienzo un tiempo de duda. Según la psicóloga Marina Canalla, la jubilación representa para muchos mayores “una transformación que la realidad impone. A partir de esta nueva realidad se abre un tiempo diferente, un momento de incertidumbre acerca del presente y del futuro, y los intereses empiezan a desdibujarse”. Este cambio afecta hasta a la propia identidad: “Las personas se desconocen. Aun cuando la jubilación haya sido esperada y deseada siempre tiene algo de sorpresa. Encontrarse con mucho tiempo libre, sin exigencias, sin responsabilidades que cumplir, entre otras modificaciones, repercute en el cambio de imagen que uno proyecta para sí mismo y para los demás. Las personas se interrogan acerca del sentido de la vida”.

Las nuevas tecnologías tampoco han contribuido a mejorar su situación. Los mayores deben aprender a usarlas si quieren realizar actividades que antes ejecutaban por medio de métodos hoy en desuso. Sin embargo, en muchos casos los resultados no han sido los esperados. Con el paso de los años, se ha ido configurando una masa de ciudadanos que ha asumido la inevitable obligación de integrarse en el sistema digital con la esperanzada resignación del juguete anticuado. Como los mensajes que se quedan en el contestador y que nadie escucha, los ancianos, que colocaron las primeras piedras de la democracia de la que ahora disfrutamos, que hicieron del respeto y de la obediencia sus principales atributos, siguen esperando a que cuenten con ellos, conscientes de que están siendo ignorados por los predicadores de la tecnología, que se creen algo así como los nuevos caballeros de la mesa redonda.

Consecuencia de esa incompetencia nace el mayor miedo de la senectud: la dependencia, el terror a perder la capacidad de decisión y, por extensión, de actuación. Al ser humano le asusta necesitar, como también le asusta la despedida.