Goyas 2018: la peor gala en muchos años

Lo que para algunos se erige como una de las grandes citas del año se tornó, de un plumazo, en un esperpento, en un bochorno soporífero a caballo entre una interminable chapa parental y un audio de Whatsapp de diez minutos. En una decepción que peca de repetidora y de conformista: son ya varios años arrastrando los mismos errores de galas pretéritas.

Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama, como si fuera posible pulsar el “pause” en nuestra vida. Como si lo cotidiano nos diera un respiro. Hay días que son para olvidarse de las responsabilidades y de las imposiciones, para ahogar con la almohada todos los objetivos que seremos incapaces de cumplir. Porque hay fracasos que se saben de antemano y que, no obstante, se consuman con la misma inevitabilidad con la que nos perdemos en grandes quimeras. Sí, me refiero a los Goya. O a lo que queda de ellos. Y, que conste, que lo hago con el corazón partío. Como Alejandro Sanz.
Lo que para algunos se erige como una de las grandes citas del año se tornó, de un plumazo, en un esperpento, en un bochorno soporífero a caballo entre una interminable chapa parental y un audio de Whatsapp de diez minutos. En una decepción que peca de repetidora y de conformista: son ya varios años arrastrando los mismos errores de galas pretéritas. La arritmia, el descontrol, los vacíos y, por supuesto, la ausencia de una estructura argumental que confiera sentido a la ceremonia de principio a fin. A modo de collage, de Señor patata hecho espectáculo, los monólogos, los gags y los guiños al respetable, cada uno de su padre y de su madre, se sucedían, inconexos, en una gala en la que ni siquiera el decorado, una especie de Imaginarium a lo grande, parecía poseer una explicación. Como tampoco atesoraba un correcto alumbrado. Faltó, además, el brillo de rigor con el que los grandes astros habitualmente iluminan eventos de esta reputación. Por su falta de protagonismo y, directamente, por su ausencia. Tráiganse a un Resines, a un Fernando Trueba, a una Eva Hache. A alguien.
Y dejen en casa a los presentadores, Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes, buenos cómicos que no estuvieron a la altura del evento. Antes de su inicio, los showmen ya avisaron: serían fieles a su humor chanante. Pero algo falló. O, simplemente, su ingenio,  excesivamente pausado y jalonado por la impronta de sus creadores, no encajó con el picante, la elegancia y la creatividad que demanda la fiesta del cine español. Fiesta que años anteriores ya se había encargado de arruinar, con su talante estereotipado que mira al tópico como única referencia, un Dani Rovira que, durante tres ediciones, se creyó dueño y señor de las tablas. Desde Buenafuente o Santiago Segura, los Premio Goya no están encabezados por un monólogo y por un presentador de garantías. Y de eso hace ya mucho tiempo. Demasiado.
Comenzaba el reparto de cabezones y, en el primero, no falló a la cita el momento gemelier que vivimos los espectadores, normalmente, con los Bayona y que este año, asimismo, emergió con los gemelos Sagardoy cuando el intérprete Eneko se llevó el Premio a Actor Revelación. Se impuso partir de este momento el dominio de la producción vasca Handia, una exquisita puesta en práctica de toda la belleza que se le pide a los grandes cuadros, que cuida al detalle cada plano pero que muchas veces pierde al espectador. Suyos fueron todos los galardones técnicos: el de Mejor Dirección de Producción, Mejor Música Original, Mejor Guion original, Mejores efectos especiales, Mejor Dirección de Fotografía, Mejor Maquillaje y Peluquería, Mejor Montaje, Mejor Diseño de Vestuario y Mejor Dirección Artística.
Entre tanto discurso en euskera, irrumpieron Leticia Dolera y Paula Ortiz para reivindicar la figura de la mujer parafraseando a Federico García Lorca: “Yo denuncio a toda la gente que ignora a la otra mitad”. Juntas le otorgaron el merecidísimo Goya a Mejor Dirección Novel a Carla Simón por su tierna Verano 1993.
A continuación, todos nos callamos. Aparecía, como las damas de los grandes cuentos, la ganadora del Goya de Honor: Marisa Paredes, actriz en joyas como Tacones Lejanos, La flor de mi secreto, La vida es bella o Las bicicletas son para el verano y presidenta de la Academia entre 2000 y 2003. Los autodenominados Goyers -por mí, ahora mismo-, es decir, los fans fans de estas galas, nos aferramos a esta categoría porque preserva el penetrante aroma de lo clásico. De los clásicos: aquellos mitos del cine español que explican la esencia del celuloide patrio, y nos explican. Con sus interpretaciones, con sus guiones y sus palabras, que componen la memoria de nuestro actual paladar cinematográfico. Humanizan estos premios también a estas estrellas, que a veces parecen de mármol pero que, como nosotros, adolecen de las fisuras del cartón. Conmueve verlas llorar, emociona escucharles, agradecidas, recordando su vida y, por extensión, las nuestras. Marisa Paredes, que nunca había alzado un Goya pese a su participación en 74 metrajes, es una de ellas.
La gala siguió por los derroteros que habían marcado su inicio. No obstante, el poco acierto de Sevilla y Reyes contrastaba con el talento de los vicepresidentes de la Academia Mariano Barroso y Nora Vavas, que se acordaron de la convaleciente presidenta Yvonne Blake y recordaron que el idioma del cine “es el encuentro”. Asimismo, destacaron que el cine es un arte, pero también un negocio: “Por cuarto año consecutivo se ha recaudado más de cien millones de euros”.
Mientras algunos nos temíamos lo peor, que la notable Handia superara los catorce Goyas de un peliculón como Mar adentro, Mariano Rajoy felicitaba por Twitter a los ganadores, como si, cansado de semejante aburrimiento, decidiera irse a la cama a falta de la mitad de la ceremonia. Y con razón. Entonces volvió la cordura: Isabel Coixet subía por primera vez al escenario gracias a La Librería por Mejor Guion adaptado, inspirada en la obra de Penélope Fitzerald, y confesaba lo que algunos preferíamos no pensar: “De verdad que creía que nos íbamos de vació”. Aunque amenazó: “Y mi madre, que está aquí, habría montado un pollo”. A ella le dedicó el cabezón, y todos los hijos orgullosos de sus matriarcas aplaudimos con las orejas. A ella y a los que “abren librerías y van al cine”. Fue un discurso tan sencillo y natural que por sincero y tierno nos reconcilió con la vida.
Leiva (La Llamada), galardonado por Mejor canción original, David Verdaguer (Verano 1993), por Mejor actor de reparto, Adelfa Calvo (El autor) por Mejor Actriz de Reparto y Javier Gutiérrez (El autor), por Mejor Actor Protagonista portaron la delicadeza y el estilo que habían escaseado durante gran parte del acto. Pero la más grande de España esa noche fue Julita. Ayudada por un educado y encantador Javier Bardem, subió al escenario y eso fue como un filme de Berlanga: tronchante y arrebatador. La madre de Gustavo Salmerón, que se hizo con el Goya a Mejor Largometraje Documental por su magnífica Muchos hijos, un mono y un castillo, se preguntó “qué hago aquí”, después de regalarle “este monstruito” a su hijo porque ya no tenía espacio en su casa. Tan feliz como el día que se casó, halagó con toda su labia a Javier Bardem, que, junto con su mujer Penélope Cruz, se fueron de vacío en sus nominaciones por Loving Pablo. Siguió Julita hablando hasta que le interrumpió la musiquita. Qué hay que tener narices para ponerle la musiquita a Julita, leñes. Ya podía haber presentado ella la gala. Ella o un irónico Carlos Boyero que protagonizó el mejor gag de toda la noche.
Isabel Coixet terminó triunfando cuando parecía que Handia podía llevarse hasta los geles del hotel: Mejor Película y Mejor Dirección para una directora que suma ya nueve cabezones y que con su último metraje elogia la resistencia, la lengua, el lenguaje y, sí, los libros. Fue lo mejor de un acto con claro acento reivindicativo y en el que sobresalió la diversidad idiomática. Y también de género. Las dos películas triunfadores, Handia y La librería, rompieron con el molde que últimamente adoptaban estas candidaturas, en las que thrillers como No habrá paz para los malvados, La isla mínima o Tarde para la ira habían triunfado. ¿La gran olvidada? La comedia. Sin un exitazo de Bayona ni Almodóvar, las culpables de que la taquilla haya experimentado una caída mínima respecto al año pasado, un 0,7%, han sido Es por tu bien, Señor, dame paciencia, Toc toc y, sobre todo, Perfectos desconocidos, el resurgir de un Álex de la Iglesia que algunos creían en declive, erigida ya como la película española más taquillera del 2017 con una recaudación de más de 21 millones de euros. El must see de los últimos tiempos ha conquistado a la crítica a y a la concurrencia, pero, por lo visto, no a la Academia, que ha terminado convirtiendo la gala de los Goya en un escaparate para grandes promesas, en una plataforma de apoyo que con su obstinación por concederle la mayoría de premios a la misma película no termina de lograr sus metas. Ello explica que ninguna de las seis obras nominadas a Mejor Película figure en el top10 de las más vistas durante este año, aunque sería injusto hablar de un divorcio entre Academia y público.
Pero no lo es hablar de un divorcio entre gala y espectadores. La última fue un descalabro con intermitentes momentos de esperanza. Hay que volver. A los grandes discursos y a los gags inolvidables que ahora proliferan en Los Feroz. El cine español es capaz: un día lo fue en sus fiestas y hoy lo es en sus producciones. Al fin y al cabo, solo puede decepcionarte aquello que una vez te encandiló.

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