II Dislogio a Antonio García Villarán

A través del libro  El arte de no tener talento, de Antonio García Villarán, profundizamos en las bases que fundamentan el Hamparte. Con este segundo Dislogio damos respuesta a las pocas declaraciones que el andaluz vertió sobre aquella crítica que le dedicamos en este medio. Desde luego, aquí sí predica con el ejemplo: si existiera un arte de no tener talento, sin duda Antonio García Villarán sería su máximo exponente, al menos, en cuanto a literatura se refiere.

Por amor al hater

Tras la publicación del Dislogio a Antonio García Villarán, el 28 de abril, el artista barcelonés Rallitox publicó en su canal de Youtube una cruda y emotiva videorespuesta al influencer sevillano, en la que le pedía un replanteamiento del término Hamparte y su aplicación en el mundo real. Como bien señala Rallitox, este término, lejos de ser una mera clasificación aleatoria que depende única y exclusivamente de los gustos de Antonio García Villarán, se ha convertido en un arma arrojadiza contra todos aquellos artistas que no entran dentro del Nuevo Canon de la Revolución Hamparte. Es decir, en lugar de ser un término constructivo que puede o no aplicarse al mundo del Arte es un término destructivo que no aporta nada a la crítica excepto la descalificación y el insulto a los artistas que no comulgan con la concepción del Arte que tiene García Villarán.

Rallitox, por su parte, pidió encarecidamente a García Villarán que no le contestase públicamente ya que esto implicaría una avalancha de haters en sus redes sociales. Lejos de contenerse, Antonio, emulando a la mafia siciliana, le “envió un regalito” al barcelonés. Instó a sus seguidores a llenar de #hamparte todas sus publicaciones en Instagram. Algo que roza el ciberbullying. Si el Hamparte no es un insulto no dista mucho de serlo. Por suerte, Rallitox se lo tomó con cierto humor y animó al sevillano a realizar un encuentro para favorecer el debate. Obviamente, Antonio García Villarán hizo mutis por el foro y no se ha vuelto a pronunciar sobre el tema.

 

 

Hemos de decir que, tanto Manuel Cerrato como yo, enviamos el artículo al videoblogger andaluz y le invitamos a iniciar una sana conversación sobre lo que él defendía y lo que nosotros argumentábamos. En ningún momento se dirigió a nosotros directamente pero sí que dijo a otras personas que le hicieron llegar la noticia, de manera muy escueta y simplona: “este artículo tiene muchos errores”.

 

 

 

El pasado día 1 de junio me acerqué a la caseta 213 de la Feria del Libro de Madrid para que el influencer sevillano me firmase un ejemplar de su libro “El arte de no tener talento” y, aprovechando que la ocasión la pintan calva, le hice entrega en mano del Dislogio. Siguiendo sus recomendaciones para profundizar en el Hamparte, leímos con gran interés el primer capítulo de este libro en el que se define, por decirlo de algún modo, este concepto. Decepcionados, pero no sorprendidos, terminamos esta parte con menos dudas con las que entramos. Por fin se confirmaban nuestras sospechas: Antonio García Villarán oye campanas y no sabe dónde. Desde luego, aquí sí predica con el ejemplo: si existiera un arte de no tener talento, sin duda Antonio García Villarán sería su máximo exponente, al menos, en cuanto a literatura se refiere.

En las 10 páginas que dedica a definir el Hamparte uno se encuentra con verdaderos descalabros argumentales. Cabría entonces pensar dos opciones: o bien el sevillano tiene buena fe al confundir conceptos básicos, en el sentido de que es un inocente y cree realmente que lo que dice inspira o enseña a las personas; o bien actúa de mala fe confundiendo a la audiencia con falsas premisas y datos erróneos, cosa que sería mejor que la anterior porque, al menos, podría demostrar que ejercita la razón de algún modo.  Vamos a ello:

 

Por amor al harte

Dice García Villarán en el inicio de éste capítulo que le  «gusta utilizar palabras que están en desuso o que no se escuchan fácilmente en el lenguaje coloquial” pero valora del Hamparte su uso, precisamente, coloquial. Parece empezar el capítulo apelando a un registro culto, pero enseguida las torpezas del propio texto desvelan una escritura repleta de espacios comunes. Estos tropos son los que él mismo criticaría si se vieran reflejados en la pintura, recordemos el punto 3 de su manifiesto: “Si no es necesario tener talento (literario) para realizar una obra como la que se muestra (este libro), si está llena de lugares comunes e ideas manidas, es Hamparte”.

Sin duda el mayor logro de Antonio García Villarán es que “en Argentina han escuchado en un autobús cómo una señora la usaba (la palabra Hamparte) cuando hablaba con otra”. Reniega de las palabras de uso cotidiano, pero al mismo tiempo, se alegra de que su palabro sea de uso coloquial. Cae por su propio peso la inutilidad y la incoherencia de sus afirmaciones. Trata de sobreponerse a sí mismo constantemente, buscando una profundidad intelectual que sólo se queda en la superficie.

Del mismo modo, una falsa humildad recorre todo el libro. Expresiones constantes que apelan a la mera doxa (en mi opinión, a mi modo de ver, yo creo que, para mí eso es Hamparte…)  pero que se presentan como pura episteme, es decir, disfraza la opinión subjetiva de un conocimiento justificado sobre el Arte y todo lo que a este le rodea. No es coherente, ni mucho menos honesto dar una opinión personal y querer que esa opinión personal se trasforme en un criterio general.

Su visión dibuja una dimensión masoquista frente a la contemplación del objeto artístico

“Según mi criterio”, continúa García Villarán, pero enseguida comprobamos que su criterio no tiene el peso teórico necesario como para tomar en serio cualquiera de sus aseveraciones. O bien su criterio es un mal criterio, o bien habla desde el gusto en lugar de hacer un juicio estético en condiciones. Su opinión –doxa– se intuye necesaria para el esclarecimiento del conocimiento artístico. Todo el libro está estructurado bajo una falacia de manual, el argumento ad veracundiam aplicado a sí mismo, es decir: lo que dice es académicamente correcto porque es Doctor en Bellas Artes, no porque sus opiniones estén suficientemente fundamentadas –episteme-.

Es sorprendente como sus reflexiones se hipertrofian a lo largo de los párrafos. Afirma que, si todo es arte, nada es arte y al mismo tiempo, unas líneas más adelante, nos dice que todo es arte pero que lo hay bueno o malo. Todo esto sin definir, ni siquiera brevemente “a sus ojos”, qué es el Arte, cómo se articula o cuáles son las funciones del Arte en el presente. Es decir, acuña un presunto concepto que apela directamente al Arte sin definir en ningún momento a qué se refiere con todo aquello. Esto también le pasa con el propio Hamparte. Tras la lectura del primer capítulo, que se supone fundamental, como él mismo ha dicho, no se sabe muy bien si este término apela a las cualidades del Arte, al mercado del Arte o al talento del artista, algo que tampoco queda muy claro, o a otras cuestiones.

Más adelante nos dice “toda esta revolución es un movimiento social orgánico que responde al hartazgo generalizado”, que se abre al diálogo y que surgió en la red para la red. Pero, la potestad para dictar qué es Hamparte o qué no, la tiene él en última instancia. Tal es el punto, que su manifiesto se desvela como un decálogo de leyes inamovibles que ofrece una visión férrea que imposibilita cualquier tipo de disenso. A la vista está su reacción ante las críticas, las vertidas en este medio y las que otros han hecho, como el artista Rallitox en su canal de YouTube.

La perspectiva que tiene Antonio García Villarán sobre el Arte es totalmente vertical

Las oscuras técnicas que este influencer utiliza para deslegitimar el arte contemporáneo se basan únicamente en la descontextualización de las obras. Es decir, describe en el texto obras que no puedes ver con adjetivos poco amables y, además, añade unos espectadores ficticios que la contemplan con desaprobación. Generando, así, un espacio inhóspito y desapacible que nada tiene que ver con la realidad de un espectador que sí está interesado en el arte contemporáneo. Su visión dibuja una dimensión masoquista frente a la contemplación del objeto artístico: no me gusta el arte conceptual, pero voy a una exposición de Martin Creed para tener algo de lo que quejarme.

Siguiendo en esta línea, resulta sorprendente la manera que tiene de introducir la obra de Van Gogh. En lugar de apelar a las cualidades técnicas de la obra en sí, recurre a la descalificación del artista: “¿Cómo es posible que este desdentado por la sífilis, cogida posiblemente por sus múltiples visitas a prostíbulos, haya obtenido tanta popularidad como para ser uno de los más valorados por la crítica y el público?” Este tipo de argumentación (ad hominem) es falaz porque intenta deslegitimar el discurso artístico de un autor a través de episodios concretos de su vida que nada tienen que ver con la pregunta final.

El Hamparte no es más que una mala digestión de los argumentos de Avelina Lésper

Nos vende la idea de que el circuito del arte es uno solo (el arte contemporáneo) y que el público es uno solo (aquel que no le gusta el arte contemporáneo) cuando en realidad el panorama y la oferta artística es, hoy día, la más variada y nutrida de toda su historia. El público ficticio al que hace referencia no es el público al que dirige sus monsergas. Antonio García Villarán habla para aquellas personas que no se sienten epatadas, ni son espectadoras del arte contemporáneo. Al contrario que las galerías o las salas de arte conceptual sí presuponen un público interesado en lo que allí sucede.

El análisis que propone, sería más certero si en lugar de poner la diana en los artistas se parase a comprender el modo en que el capitalismo se nutre de todo producto (humano o natural) para su propio beneficio. Es decir, Antonio García Villarán no critica las cualidades específicas de las obras de arte, sino que confunde las relaciones que estas obras tienen en el mercado con las obras en sí mismas. Confunde el Arte con el valor de la obra de arte y con el Mercado del Arte.

Su discurso no es más que una mala digestión de los argumentos que Avelina Lésper lleva proponiendo durante años contra el arte V.I.P. (Vídeo, Instalación y Performance). En ciertos momentos del texto se refiere a ella para explicarnos que lo que él propone, pese a ser lo mismo que la crítica de arte señala, lo dice mejor. Un mansplaining tan evidente que uno no puede evitar sentir algo de vergüenza en su lectura. Pero, aunque Antonio García Villarán quiera sumarse al carro del feminismo masmedia, sus esfuerzos son torpes.

Hay un momento del texto de especial mención en el que dice que el precio de la obra de arte depende de si lo hace un artista o lo hacen personas de cualquier condición: “Esta clase de arte, que puede ser hecha por personas de cualquier condición sería suficiente para que nos planteásemos si su valor debería o no ser elevado”. La visión del Arte que tiene Antonio García Villarán es totalmente vertical. Juega constantemente a discernir entre arte bueno o malo, de primera o de segunda, etc. Cuando la realidad del Arte y, en este sentido, la cultura es, no sólo horizontal, sino que también es transversal. Para García Villarán, el Euro, la Libra, el Dólar o el Yen son valores estéticos que al mismo tiempo no tienen valor.

En definitiva, este capítulo fundamental para la construcción teórica del Hamparte –según sus afirmaciones-, sigue siendo un cajón de sastre en el que meter todo aquello a lo que no puede enfrentarse. Alude constantemente a conceptos complejos como son: el Arte, que no define; el valor de la obra, que no queda claro si es de uso, de cambio o de fuerza de trabajo; la inteligencia humana, término tremendamente comprometido si lo que se quieren hacer son juicios categóricos; el talento, que parece difuminarse en sí mismo y abarcar una posición clasista o jerarquizante, etc.

El libro carece de una solidez argumental básica, maneja las fuentes con torpeza, no hace un buen uso de las citas, su bibliografía está desactualizada (sobre todo cuando habla de enfermedades mentales y hace referencia a un libro de 1919) y comete errores de forma que no son dignos de alguien que ostente el título de Doctor. Si esto es un ensayo, debe ser de cómo no escribir nunca uno.

Es por esto que decir que el canal de YouTube de este influencer es “divulgativo”, cuando, a todas luces es un espacio para la desinformación, es peligroso. Sobre todo, cuando miente flagrantemente a sus subscriptores, en relación a una entrevista sobre Picasso que nunca ocurrió. Lejos de disculparse, huye hacia adelante soltando afirmaciones peregrinas como: “si esto no lo dijo Picasso ¿quién me dice a mí que no lo podría haber pensado?”. Se mueve en el terreno de la hipótesis continua, es un verdadero maestro de la sospecha. Raro será que no termine haciendo una colaboración en Mundo Desconocido o en Cuarto Milenio.

 

page5image20778176

Este artículo ha sido realizado en colaboración con Manuel Cerrato Quintero (Don Benito -Badajoz-, 1993), graduado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y Máster Propio en Desarrollos de Proyectos en la Escuela de Fotografía Blank Paper. Ha realizado exposiciones, participado en varias publicaciones como «Aire por aire. Homenaje a Santiago Castelo» y colaborado con la editorial Visor de Poesía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *