La Tía Pilarín: costumbrismo familiar al servicio de la tierra

Para su diseño solo tuvo que mirar a su alrededor, aunque apenas hizo falta; lo que determinaría la naturaleza de la Tía Pilarín llevaba mucho tiempo exigiendo salir. Se lo sabía de memoria: “En el fondo no tuve que pensar de forma detenida su personalidad; surgió sola, porque siempre he convivido con esas mujeres que representan la pureza, la verdad, y es algo que ya forma parte de mí”.

Hablamos con Juan Moneo, el creador de la Tía Pilarín, un personaje transmedia que, en sus viñetas, combina el humor aragonés con las últimas noticias de la capital aragonesa. Presente en Twitter (@tiapilarin), Instagram (@tiapilarin), Facebook y en su página web (www.tiapilarin.com),publica tres veces a la semana: los martes, jueves y domingos. De momento, solo imágenes, pero, en el futuro, pretende incorporar vídeos y nuevas temáticas, como recomendaciones de restaurantes o recetas. Pese a que mira a modelos como Moderna de pueblo, se mantiene siempre fiel a unos ideales: la Tía Pilarín es muy suya. Aunque, en el fondo, la sintamos muy nuestra.

Actualmente, la tía Pilarín carga a sus espaldas con cincuenta y cinco años muy bien llevados, aunque, en realidad, su personalidad, atemporal, es la suma de muchos tiempos. Con su talante respetuoso y honrado representa una forma de educar y de ser educado, que no prescribe, sino que, frente a la neurosis diaria y el destino trágico de unos valores en ruinas, cada día se torna más imprescindible. Es una mujer adulta, pero vista desde los ojos de un niño: los de su creador, Juan Moneo. En parte, la infancia de este almuniense de veintitrés años es, en muchos aspectos, la mía, la tuya. La que viven todos los niños felices al amparo de una figura materna en la que refugiarse cuando asedian los mimos y nos infesta una mamitis congénita. Por ello, quizá no sabes quién es la Tía Pilarín, pero la conoces: es tu madre, tu tía, tu abuela…

La historia de esta aragonesa y de su creador comienza por abajo; desde sus raíces. O, mejor, las de su familia. Ambos, atravesados por una visión mítica del pasado, desafían las personalidades monocordes, errantes, en permanente fuga de sí mismas, por medio de una idiosincrasia orquestal y polifónica a la que no renunciarían ni en Nochebuena: su carácter enraíza en esas tardes en que fantaseábamos con ser estrellas mientras Parada y Carmen Sevilla se crecían en Cine de Barrio, en la aguja que enhebrábamos por compasión ante los embistes sin éxito de nuestros mayores, en las antiguas radios del salón. En la tierra.

De este arraigo en los recuerdos y en una patria sin banderas nació la idea: a diferencia de la tendencia dominante, “buscaba ensalzar lo propio, nuestras tradiciones, nuestros espacios, reivindicar ese espíritu”. “No defender a ultranza lo mío únicamente porque es mío, pero sí, por lo menos, conocerlo, para después quererlo”, proclama Moneo. Su credo, al fin y al cabo, se resume en una máxima: “Creo que el hecho de valorar lo que es de uno es determinante para saber quién eres”. Apalabrada la innegociable identidad aragonesa de su protagonista, solo faltaba definir sus características estructurales: “Yo, en principio, iba a inventar a un personaje femenino, porque estas figuras transmedia son, habitualmente, mujeres”, apunta el padre de la criatura, en referencia a Moderna de pueblo, Lola Vendetta o La vecina rubia. Sin embargo, en el proceso de construcción de su némesis, se topó con una injusta etiqueta: “Lo nuclear de mi propuesta era la proyección del humor aragonés”, hasta entonces encarnado por “el prototipo de hombre cateto, cuyo tono era un poco casposo y rozaba el cansinismo” (sic).

De pronto, la inspiración voló bajo: “Se me ocurrió reinventar esa gracia de la mano de la mujer, en concreto de una adulta, para apelar a lo entrañable y a una agudeza más inteligente, absurda, singular y sin artificios”. Cortada por el mismo patrón que Paquita Salas, Carmina o Julita, la Tía Pilarín recuperaba con su talla experimentada “el discurso de esas señoras mayores, sin artificio, que son ellas sin nada a cambio y que, tan puras, son un auténtico vendaval cómico”. En definitiva, “la cultura del señoreo”. “Traté de adaptar a las redes sociales esa idea que nos resulta tan cercana” y ante la que los millenials siempre se han inclinado: “Ya en Tuenti había una página que llamaba «Señoras que»”.

Para su diseño solo tuvo que mirar a su alrededor, aunque apenas hizo falta; lo que determinaría la naturaleza de la Tía Pilarín llevaba mucho tiempo exigiendo salir. Se lo sabía de memoria: “En el fondo no tuve que pensar de forma detenida su personalidad; surgió sola, porque siempre he convivido con esas mujeres que representan la pureza, la verdad, y es algo que ya forma parte de mí”. En su catálogo de señoras invencibles, temperamentos que arrasan rodillo en mano y chascarrillo en ristre, sin plegarse a la inquisición de los likes o a la trágica moda de la cocina de nombre ininteligible, Moneo incluye a sus tres musas, que se muestran encantadas mientras recogen los frutos de una formación que todavía hoy cincela a su máximo admirador: “La Tía Pilarín tiene un poco de mi abuela Isabel, sobre todo en sus manías, también bebe de mi madre, en la parte moderna, pero la Tía Pilarín es, básicamente, mi Tía María, una mujer muy sabia que tiene esa picardía que los jóvenes ni olemos”. De ellas homenajea sus bromas, su esencia y, también, su vocabulario, que es, en puridad, el que maneja cualquier aragonés de cuna.

“Bueno, es que la Tía Pilarín es una embajadora de nuestra idiosincrasia” –reitera su creador– que subraya los principios incorregibles del alter ego de las mujeres de su familia: “Es una señora de las de toda la vida: es muy buena cocinera, ha heredado todas las recetas de su madre, que a su vez las heredó de su madre”. Con los menús, innovaciones, las justas, ni siquiera en el calendario: “Se guía siempre por los santos; por ejemplo, en San Juan siempre prepara caracoles con patata y alioli”. En materia culinaria, ostenta, además, un trono: el del puchero. Aunque ahora sostiene otra corona: “Acaba de volver a estudiar en la Universidad de Zaragoza, después de varios años en el pueblo, la Almunia de Doña Godina, desempeñando su profesión de maestra, y se ha convertido en la reina de la clase, en la que también están sus sobrinos”.

–¿Sale de fiesta con sus compañeros la Tía Pilarín?

–Sí, ella es muy fiestera. Bebe gin tonic.

–Como Paquita Salas.

–Y como mi tía.

–¿Pero es de las que se emborracha a la mínima o tiene tablas?

–Bueno, la vida universitaria curte: tantos juepinchos, San Pepes y noches en el Brasil son un buen entrenamiento. Sobre todo, ella es muy de tarima.

Lo que nunca falla: “Siempre que bebe se confunde por los grupos de whatsappy manda fotos que no debe”. “Parece el argumento de un programa de Sálvame”, observo. “Es que esa es su escuela”, contesta: “Ella es fan de Telecinco y de Jorge Javier, no se lo tatúa porque no le gustan nada los tatuajes”, a pesar de que descarta cualquier posibilidad de concursar en Supervivientes –“suficiente fauna tiene ya en la vida”. Recientemente, su parrilla televisiva ha acogido con los brazos abiertos una nueva fuente de satisfacción: “Ha aprendido que en Divinity ponen Cazamariposas”. Sus sobrinos, frente a la escasez de su oferta televisiva, le han puesto en contacto con otras series: “Eñe, Tina y Paco Pinceles, versión millenial de Agustina de Aragón, Buñuel y Goya, le han bajado capítulos de El cuento de la criada, aunque lo dejó de ver porque le daba mucho miedo; es que es muy asustadiza”. Juego de tronos, sin embargo, la sedujo: “Al principio, le daba un poco de apuro por la sangre, pero, como le recordaba a las reyertas de las familias de los pueblos, la terminó», aunque ninguna ficción supera a su obra predilecta: Las chicas de la cruz roja. De la mano de sus cachorros y más adaptada que nunca a la dinámica universitaria, Tía Pilarín está explorando las vías de la modernidad: “Tiene sus redes sociales, aunque no las entiende muy bien”; lo que deviene en un cómico conflicto de desencuentros entre lo tradicional y lo moderno.

De lo que no duda es de sus sus (p)referencias: más próxima a Almodóvar que a Almenábar, “aunque, dice, tiene cosas muy raras”, aclama “su cine español” por encima “del Yolywod (sic)”, porque, “chica, tienen muchos efectos, pero una no se entera de ná’”.Fanse de la Jurado, como artista, y de la Pantoja, como personaje del Hola, se decanta por Julio Iglesias en detrimento de Raphael,porque “ha ligado mucho con sus canciones”.

–¿Por qué no sabemos nada de su vida amorosa, por cierto?

–Es que es muy pudorosa. Ahora, tener, la tiene. Pronto emergerá un amor, quizá pasado o futuro, que simboliza el cazurrismo tradicional.

–¿Ya ha descartado Tinder?

–Sus sobrinos le crearon una cuenta, pero tampoco lo entiende. Dice que no sabe si caza pokemons o personas. Además, le da miedo.

En contraste con la confusión que planea sobre su vida amorosa, sus sueños ya se han hecho realidad: «Con ver feliz a sus sobrinos ella ya es feliz, y sabe que a su lado lo son». Sin llegar a término se encuentra, en cambio, la mayor ambición de Moneo: «Yo lo que quiero es que sea sinónimo de Zaragoza y Aragón. Que siempre que alguien hable de esta tierra, salga a colación su historia». Inoportunamente, suena el teléfono del entrevistado.

–Contesta, por favor, no vaya a ser la Tía Pilarín.

–No, es mi tía.

–Bueno, pa’ el caso…

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *