La unión hace la fuerza: el D’A Film Festival 2020, en Filmin

En honor al espírtu del tándem D'A-Filmin, en Código Público analizamos, por parejas, algunas de las mejores películas presentadas en el festival.

Los festivales de cine, como tantos otros eventos culturales, se han visto afectados por la crisis del coronavirus. Aunque la tendencia general ha sido la cancelación, algunos han aprovechado la ocasión para reinventarse. El D’A Film Festival, en su edición de 2020, ha optado por una versión virtual de la mano de Filmin. Una decisión arriesgada, que dice mucho (y muy bueno) tanto del festival como de la plataforma de VOD. En honor al espíritu de este nuevo tándem D’A-Filmin, aquí van algunas de las películas presentadas, analizadas en parejas, que mejor reflejan la riqueza y calidad de un festival como este.

La burguesía y la familia, instituciones en crisis

De forma explícita en un caso, y algo más velada en otro, la desintegración moral y social de la burguesía están en el punto de mira de la chilena Algunas bestias (Jorge Riquelme Serrano, 2019) y la argentina Los sonámbulos (Paula Hernández, 2019). Las dos toman como punto de partida una reunión familiar, en apariencia armoniosa, en la que las tensiones latentes acaban por hacer explotar la pretendida imagen de unidad. Las dos comparten, además, una visión muy crítica de la moral burguesa, en la que las relaciones personales parecen definidas por el dinero, y en la que el poder se ejerce mediante la dominación, no solo económica, sino también sexual. Ahora bien, mientras Algunas bestias utiliza a sus personajes como instrumentos para contar todo esto, Los sonámbulos prefiere optar por un camino más sutil. La primera parece querer emular la crueldad del cine de Haneke, pero se esfuerza demasiado en enfatizar lo mezquinos y corruptos que son sus protagonistas, y acaba generando un retrato maniqueo y falto de matices. Todo lo contrario que Los sonámbulos. En ella los personajes sí tienen profundidad. Los mueven impulsos contradictorios, son a la vez víctimas y cómplices de la degradación de la atmósfera familiar. Y aunque los conflictos acaban desembocando en el dolor y la violencia, aquí también hay sitio—a través de la relación entre madre e hija, las dos protagonistas—para la lealtad, la ternura y el amor incondicional.

El thriller policial, a examen

El cine de género es una fuente inagotable de inspiración para el cine contemporáneo, y el D’A tienen en su programación dos acercamientos inusuales al thriller policial. Uno es la francesa Roubaix, une lumière (Arnaud Desplechin, 2019) y el otro la argelina Abou Leila (Amin Sidi-Boumédiène). Las dos narran una investigación policial—un asesinato en la primera, un caso de terrorismo en la segunda—y sin embargo ninguna de ellas sigue la estructura clásica del género. No hay una progresión lineal de la investigación hacia una resolución final, sino que ambas toman un camino distinto, truncando así las expectativas del formato. En Roubaix, une lumière, Desplechin construye lo que podría llamarse un anti-thriller: el foco es desplazado de la peripecia narrativa (quién es el culpable) a la exploración social del ambiente que propicia ese crimen. A través de una mirada humanista, la película es un análisis de los bajos fondos de una ciudad de provincias, en la que los asesinos no son demonios, sino más bien pobre diablos a los que la sociedad no ha sabido dar un lugar. En Abou Leila, por su parte, lo que sí parece un thriller al uso se adentra en el terreno de lo onírico en su segunda mitad, y se transforma en un tratado sobre el trauma y el dolor generados por la violencia. De formas distintas, las dos subvierten el género, y lo deconstruyen para expandir el alcance de sus historias.

Fotograma de Abou Leila, de Amin Sidi-Boumédiène.

La infancia, territorio de la memoria

Dos películas latinoamericanas de la programación sitúan la infancia y la memoria como elementos indisolubles: la argentina Las buenas intenciones (Ana García Blaya, 2019) y la mexicana Los lobos (Samuel Kishi, 2019). Las dos son obras autobiográficas, en las que sus directores rinden homenaje a sus familias mediante la recreación de sus recuerdos de infancia. Las dos coinciden, además, en que la migración por motivos económicos (a Paraguay en la primera, a Estados Unidos en la segunda) es el detonante de sus arcos narrativos. Sin embargo, el núcleo de ambas son las relaciones padre-hijos/madre-hijos por encima del contexto social. En Las buenas intenciones, García Blaya hace de la naturalidad y la frescura sus mejores armas para procesar sus propias vivencias tras el divorcio de sus padres. Combinando las escenas ficcionales con su material de archivo personal (las cintas caseras de su familia), construye una película encantadora, que destila amor por sus personajes y que contagia esa emoción a los espectadores. Los lobos desprende la misma ternura que Las buenas intenciones, pero es una apuesta más decidida por la narración—por una historia con planteamiento-nudo-desenlace—por encima de la memoria y su lógica inasible. Este enfoque le resta algo de espontaneidad, pero la película resulta, aun así, un emotivo viaje que saca el mejor partido de la mirada infantil, en su inocencia y su capacidad para el asombro.

El viaje como fuerza transformadora

El D’A demuestra que el viaje como motivo narrativo, constante en la tradición literaria y fílmica, sigue siendo central como puerta de acceso a distintas realidades. Ya sea en una road movie sobre el conflicto ruso-ucraniano en Crimea o en un paseo nocturno por una Bruselas multicultural y cosmopolita, la estructura narrativa en torno al viaje permite a los cineastas explorar la transformación de lugares y personajes por igual. En el caso de Homeward (Nariman Aliev, 2019), acercamiento a la delicada situación social de Crimea, un padre y un hijo viajan desde Kiev a su lugar de origen para trasladar el féretro de un familiar, caído en la guerra. Padre e hijo encarnan una lucha entre lo viejo y lo nuevo que reflexiona sobre el peso de la tradición, sobre la identidad cultural vinculada a la tierra natal. Con una puesta en escena visualmente abrumadora, la película cuestiona los valores que sustentan a ambos personajes, y tiende puentes entre posiciones que parecen, a priori, insalvables. Bruselas, por su parte, es el escenario del periplo nocturno que emprende la protagonista de Ghost Tropic (Bas Devos, 2019). Aquí el trayecto a pie, de una punta a otra de la ciudad, es una oportunidad para abordar la complejidad social de las grandes metrópolis en el marco de un mundo global. Devos retrata la ciudad, a través de la mirada cálida de su personaje, como un espacio en el que la solidaridad es el mejor antídoto ante el aislamiento, la alienación y la degradación. Las dos películas, en definitiva, plantean las relaciones humanas, en el contexto transformador del viaje, como una vía para plantar cara a los conflictos sociales contemporáneos.

Fotograma de Los lobos, de Samuel Kishi