El 20 de marzo comienza la primavera y no hay mejor forma para recibirla que releyendo a Machado, el poeta que más la comprendió
Símbolo de la ardiente juventud en la literatura universal, en Garcilaso, Quevedo o Lope, esta estación significó para el poeta andaluz la posibilidad del amor

A veces, la vida es eso que sucede mientras nosotros, transidos de rutina, nos secamos las manos con los secadores de los baños: una espera monótona y privada de sobresaltos con la que el destino cruelmente nos aflige tras confesarnos, de tú a tú, que se ha quedado sin ideas, sin papel. A veces, sin embargo, entre este tedio que nos acecha un lunes por la mañana y el hastío que ocasionan las largas filas del supermercado, emerge también una súbita oportunidad para despertar del letargo. Un encuentro fortuito, una cena sorpresa, la nueva temporada de Masterchef o la primavera, esa estación que, metáfora de la eterna juventud, nos concede una tregua después de los tópicos del invierno –con sus manidas estampas románticas de nieve y chimeneas– y antes de las hipérboles de los siempre excesivos e histriónicos veranos.

En esta época hacemos cosas para olvidar, entramos, sin pretenderlo, en nuestro jardín secreto y limpiamos las malas hierbas del ayer. La primavera es colarse, de nuevo, en la cama de mamá y papá por la noche o leer uno de nuestros libros favoritos por primera vez. Parece un retorno. A los juegos de indios y vaqueros que jalonaron nuestra infancia, a las cosquillas que nos asaltaron desprevenidos. Pero es, ante todo, un inexplicable milagro. Por eso, hoy que ha llegado tenemos que celebrarlo. Juntos y con Antonio Machado, porque él ya nos avisó: “La primavera ha venido/nadie sabe cómo ha sido”.

Esta imagen, la extraordinaria aparición de esta temporada del año, marcó su obra desde el principio. En su primer libro, Soledades (1903), el poeta, a lo largo del poema XXXIV, dialoga con una primavera personificada que antaño iluminó sus pasos y a la que brinda el poder de alumbrarlos otra vez con el rebramar del amor o con su resurrección:

Me dijo un alba de la primavera:
—Yo florecí en tu corazón sombrío
ha muchos años, caminante viejo
que no cortas las flores del camino.
Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
el viejo aroma de mis viejos lirios?
¿Perfuman aun mis rosas la alba frente
del hada de tu sueño adamantino?
Respondí a la mañana:
—Sólo tienen cristal los sueños míos.
Yo no conozco el hada de mis sueños,
ni sé si está mi corazón florido.
Pero si aguardas la mañana pura
que ha de romper el vaso cristalino,
quizás el hada te dará tus rosas;
mí corazón, tus lirios.

Asimismo, en el poema X de los 42 agrupados en 4 series de Soledades, el autor andaluz, haciendo uso de la técnica del contraste, tan frecuente en su obra, insufla de vitalidad la potencia de la primavera, símbolo de la candente juventud, para reavivar sentimientos enterrados y sembrar el horizonte del yo poético de nuevas esperanzas. En un instante, los tonos tenues y lúgubres de “la desierta plaza”, “el paredón sombrío”, “la ruinosa iglesia” o “la plaza muerta” que apelan a la quietud de la muerte contrastan con la fuerza primaveral, tan blanca, tan luminosa, que encenderá las rosas rojas. Por otro lado, como en los tres últimos versos de Acaso… (Y luego, al caminar, como quien siente/ alas de otra ilusión), Machado, en esta composición, habla de lo que tratan las grandes historias: de amor. Y lo vincula, por supuesto, a su época del año predilecta.

A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas.
A un lado, el viejo paredón sombrío
de una ruinosa iglesia;
a otro lado, la tapia blanquecina
de un huerto de cipreses y palmeras,
y, frente a mí, la casa,
y en la casa la reja
ante el cristal que levemente empaña
su figurilla plácida y risueña.
Me apartaré. No quiero
llamar a tu ventana… Primavera
viene —su veste blanca
flota en el aire de la plaza muerta—;
viene a encender las rosas
rojas de tus rosales… Quiero verla…

No obstante, esa juventud a la que alude el poema sería más tarde matizada por Machado, cuya autodiagnosticada melancolía inasible solo se explica con una frase de Sabina: “No hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió”. Así lo asegura en su composición LXXXV, donde la admiración de la primavera lo induce a evocar una mocedad ayuna de pasión:

 La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil…
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
—recordé—, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar…
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!

La soñó. Y brotó. De la misma forma que, en “A orillas del Duero” (Soledades y galerías), el sol primaveral bañaba “la tierra árida y fría”, “las colinas y las sierras calvas” de su amada Soria, a la que llegó en 1907 para desempeñar su actividad docente como profesor de francés en el Instituto General y Técnico de Soria –que hoy lleva su nombre–, el fuego interior de Machado también fue azuzado por los rayos primaverales con el bien más preciado: el amor.

En la pensión donde se hospedó durante su estancia castellana, el genio sevillano conoció a Leonor Izquierdo Cuevas y se reconcilió con la vida. Tras la boda entre ambos, el poeta vivió su tiempo más feliz: dos años maravillosos, que llevaron a la pareja por su luna de miel a Zaragoza y al País Vasco, hasta que en 1910 la recién fundada Junta para la Ampliación de Estudios otorgó a Machado la posibilidad de estudiar filología en París, a la que se mudó con su esposa. Allí, la hemoptisis contagió a Leonor, por lo que el miembro de la generación del 98 decidió regresar a Soria, con la esperanza de que los aires puros de la zona mejorasen la crítica situación de su amada. Pero ni siquiera las corrientes que agitan la sierra parecían ayudar a Leonor. Ante este estado de incertidumbre, un desesperado Machado gritó con su voz más personal: la de sus versos.

En “A un olmo seco”, el poeta le ruega a su primavera que le conceda, “hacia la luz y hacia la vida”, su más profundo deseo, la curación de su mujer, recurriendo a una imagen de carácter universal, la correspondencia entre árbol y hombre, que se presenta ya en el Antiguo testamento y en la poesía grecolatina (en La Ilíada y La Eneida). En esta caída de un fuerte, el autor aporta una antología entre elementos vitales y elementos de la parca que se hacen eco de la batalla entre la vida y la muerte que estaba librando Leonor:

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

  No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

  Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Sin embargo, el milagro nunca llegó. La muerte de Leonor, el 1 de agosto, transformó en la poesía machadiana los sentimientos de felicidad de su andadura en tierras sorianas por una obstinación evocadora que reforzaría la pretensión por mirar atrás, a sus patios andaluces, que había colorido su lirismo desde sus inicios. En este deambular constante por los recuerdos, el de Leonor, indisolublemente unido al de los campos de Soria y su primavera, siempre lo perseguiría:

¡Como en el alto llano tu figura
se me aparece!… Mi palabra evoca
el prado verde y la árida llanura,
la zarza en flor, la cenicienta roca.
Y el recuerdo obediente, negra encina
brota en el cerro, baja el chopo al río;
el pastor va subiendo a la colina;
brilla un balcón de la ciudad: el mío,
El nuestro. ¿Ves? Hacia Aragón, lejana,
la sierra de Moncayo, blanca y rosa…
mira el incendio de esa nube grana,
Y aquella estrella en el azul, esposa.
tras el Duero, la loma de Santana
se amorata en la tarde silenciosa.

A orillas de su destierro, durante las horas amargas de la Guerra Civil, en 1937, volvió, desde Rocafort (Valencia) a las tierras lejanas de Soria con el soneto La Primavera, en el que una ligera esperanza lucha por imponerse ante tanta amargura:

Más fuerte que la guerra —espanto y grima—
cuando con torpe vuelo de avutarda
el ominoso trimotor se encima
y sobre el vano techo se retarda,

hoy tu alegre zalema el campo anima,
tu claro verde el chopo en yemas guarda.
Fundida irá la nieve de la cima
al hielo rojo de la tierra parda.

Mientras retumba el monte, el mar humea,
da la sirena el lúgubre alarido,
y en el azul el avión platea,

¡cuán agudo se filtra hasta mi oído,
niña inmortal, infatigable dea,
el agrio son de tu rabel florido!

Nadie sería más fuerte que esa guerra: Machado se fue y, con él, la fuerza de un escritor inigualable que con sus versos captó el pulso de las grandes emociones, el palpitar de cada pisada, la armonía entre el hábitat exterior e interior del hombre. Pero nosotros, sus lectores, seguiremos, aun sin él, aguardando un nuevo milagro de la primavera.

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