Gracias, de parte de todos nosotros. De corazón. Por prestarnos la expresión exacta para describirnos y descifrarnos en cualquier noche de hastío, por el componente social que a menudo entrañas, capaz de integrarnos en la más absoluta cotidianeidad, por el progreso epistemológico que facilitas, por la reestructuración universal que ordenas. Te lo agradecemos. En serio. Aunque algunos manoseen demasiado las palabras con las que naces, aunque muchos repitan una y otra vez imágenes que algún día, de la nada, se inventaron y que hoy decaen desgastadas. Descoloridas.

Felicidades. Porque tú nos regalaste una forma de nominalizar la sed de muerte que todo menda experimenta después de una noche de cubatas en una mañana de ibuprofeno a través de un término tan plástico como el de resaca, que funde lo terreno y lo marino. Lo divino y lo humano. Sí, tienes razón: a veces se nos va la mano, metafóricamente hablando, por supuesto. Compréndenos: cualquiera está tentado a beber como los poetas malditos de hace siglos.
Los nostálgicos, los trasnochados, los coléricos, los aguerridos… te idolatramos; al “vivir sin ti es dormir en la estación” de Sabina, al tempus fugit de los poetas latinos. A ti, que con unas letras ilustras la desesperación que nos golpea tras desmontar el árbol de Navidad, con sus bolas y sus luces, o el desasosiego de un pulso acelerado por una mirada que lo cambia todo. Que (des)empolvas la literatura de los patios de vecinos con el joven del quinto que ha salido del armario o el tornillo que ha perdido, definitivamente, la Paqui. Que desencadenas la resurrección de Nadal, el cañonazo de Luis Suárez y la Galaxia de Florentino.
Enhorabuena. Otra vez. Por ser omnipresente, por aparecer en el rellano, en las bibliotecas o en las discotecas, el baluarte más pringoso de las filigranas prosísticas, donde los piernaslocas conquistan la pista de baile y los cazadores, armados y engominados, despliegan el arte del cortejo, en el que eres indispensable. Del caletre de los interesados, de la inspiración que se requiere para tirar la caña y echar los tejos, depende el destino de cada uno: los afortunados terminan con el corazón en llamas o echando un polvo y los desdichados, mordiéndolo.
Gracias, de parte de los letraheridos. De los que subrayamos los libros con lapicero. Por respeto. Por devoción. De quienes nadaron en los ríos de Manrique y hallaron en sus corrientes una respuesta a este sinsentido y quienes se perdieron y se reencontraron por los caminos de Machado.  De parte de Rubén Darío, de Garcilaso y de Kafka, quien metamorfoseó a uno de sus protagonistas en un bicho como símbolo de la enfermedad terminal que en ocasiones precipita el sistema familiar y social.  De Aristóteles, que te definió en su Poética como “el traslado de un nombre de una cosa al de otra, o del género a especie o de la especie al género o de la especie a otra especie, o según la analogía”.
En fin: no huyas. No cedas ante el símil o la comparación. Déjanos que te sigamos comiendo a versos, desnudándote con intención textual, y sin protección, en un acto inmortal e inmoral de pleonasmos. Y quédate aquí, a nuestro lado, que cualquier día de estos perderemos la cabeza si te vas. Metafóricamente hablando. Por supuesto.

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