Reflexiones sobre el Arte Animal

El arte y la cultura son rasgos biológicos, la normativización de estos rasgos es lo único propio del ser humano, pensarlos como algo separado de la naturaleza sería arriesgado. Saber y conocer que la frontera que nos separa de los animales, cada vez se difumina más, no debería incomodarnos, sino, más bien, alentar el entendimiento sobre el origen del arte y la cultura y, en último término, sobre nosotros mismos.

El chimpancé Congo fotografiado por Desmond Morris hacia 1956

 

Aunque no está clara la frontera que existe entre el animal humano y el animal no humano hay quienes intentan dibujarla en la capacidad artística. El arte separa al ser humano del resto de los seres vivos. Somos capaces de aceptar que haya sistemas de comunicación o patrones culturales en el reino animal pero aún somos reacios a afirmar que los animales puedan fabricar objetos con cierta cualidad estética.

 

Biología y Cultura

Cuando hablamos de Arte Animal podemos hacerlo en dos sentidos en los que la distinción semántica varía notablemente su carácter. Apelando a la célebre fórmula Timor Roma (el temor de Roma) podemos hablar de un sentido objetivo, entendido como aquella rama del arte que usa animales, ya sea de forma representativa (animalística) o de forma física –arte con/sobre animales-, y un sentido subjetivo que hace referencia al arte que hacen los animales. Cabe preguntarse ahora si este matiz de subjetividad es posible, o si existe un arte animal. Pese a que  la respuesta, aún, es apresurada, sí podemos afirmar que los animales no humanos tienen, al menos, cierto sentido estético y que esto sería extensible a todo el mundo natural.

En los primeros viajes coloniales del S.XVIII-XIX los exploradores sentían cierta incomodidad ante las pinturas que encontraban en cuevas o rocas ya que no podían entender que el arte hubiera surgido por sí sólo en las comunidades indígenas.

Algo parecido sucedió con el descubrimiento de las cuevas de Altamira, pese a que al principio se pensó que aquellas pinturas figurativas sobre animales fueron hechas por coetáneos a Marcelino Sanz de Sautuola, resultaron ser producto de sociedades primitivas, algo que era totalmente insospechado en aquel momento. Estos ejemplos bastan para subrayar el claro sentimiento europeo del arte, la clara postura etnocéntrica a un rasgo cultural tan extendido y tan, en apariencia, humano como lo es el arte.

Gracias a las investigaciones que biólogos y antropólogos han realizado desde que Darwin publicara El Origen de las Especies, ese centro de gravedad, que tenía su núcleo en Europa, se ha desplazado a todo el plano haciendo posible una visión del arte de forma universal, al menos en su aspecto humano. Cierto es que aún hay ciertas reticencias a equiparar el arte o la producción artística del mundo occidentalizado con el resto de comunidades que habitan el planeta. Dicho de otro modo, aun persiste el sentimiento etnocéntrico de una forma más velada.

Pero si este sentir occidental es acuciante a la hora de discernir entre un Picasso y una máscara ritual de Papúa Nueva Guinea, o entre Bethoveen y los cantos de los Venda en Sudáfrica, aún más lo es para aceptar que los animales no humanos tienen comportamientos artísticos. De este modo los biólogos están convencidos de que estos no son ajenos a lo estético. Frans de Waal describe el caso de los tilonorrincos, un ave que habita en Nueva Guinea, cuyos nidos tienen aspecto de cabaña cuidadosamente adornada y que en ocasiones fueron confundidos por hogares de alguna tribu que no se dejaba ver[1]. Esto no solo se reduce al aspecto arquitectónico, también se puede observar en otras ramas artísticas como la danza o la música, en las que se enmarcan otros seres vivos.

La pregunta que surge de inmediato es si estos comportamientos estéticos pueden ser considerados arte o si sólo son comportamientos que están genéticamente predeterminados. Frans de Waal argumenta en contra de este principio diciendo que es igual de absurdo pensar, entonces, que el arte humano sólo responde a patrones genéticos predeterminados cuya única función es la de impresionar. Esto se pone en relación con las palabras de Kinji Imanishi que afirma que considerar toda conducta animal como instintiva es algo dogmático y, por tanto, también lo es considerar toda conducta humana como cultural[2].

Quizá las bases seminales del arte humano sean las mismas que las condiciones genéticas predeterminadas del resto de los animales y que todo patrón estético o artístico que hayamos regulado venga, en última instancia, programado por nuestra biología. A saber, que el arte humano es una respuesta biológica a unos estímulos exteriores y que la cultura ha terminado por normativizar ese comportamiento natural.

 

Los simios y el Arte

Otra pregunta que se desprende de ésta es saber si los animales realmente tienen emociones. Darwin intentó dar una respuesta en la que deduce la moral a través de la compasión en los animales[3]. Estudios actuales optan por una teoría puramente estética, en el sentido de gnoseología inferior, de la compasión en la que ésta se deduce del comportamiento de las neuronas espejo. Es decir, este tipo de neuronas, situadas en el córtex, imitarían o reproducirían los mismos caminos neuronales al ver a un Otro –ya sea otro humano, un primate u otro ser vivo- realizando una acción, que si la acción fuera realizada por uno mismo. El cerebro se activaría de igual manera al moverme yo que al ver a un chimpancé moverse, nos reconoceríamos, apotéticamente, en la imagen del otro[4].

Gordon Gallup, uno de los primeros etólogos en investigar  el reconocimiento de los chimpancés en el espejo, vincula de una manera directa este proceso: la autoconsciencia -entendida como la capacidad de reconocerse en una imagen especular de manera apotética- con la compasión, por tanto, los animales que no se reconocen de este modo son incapaces de reconocer a los demás en sus emociones. Este es el caso de los macacos, cuya inteligencia operativa es asombrosa pero son capaces de ver morir a sus crías sin mostrar signos de aflicción.

La cuestión a plantear es qué animales tienen autoconsciencia. La prueba de la marca, muy extendida en el campo de la etología y que se basa en disponer una mancha en la cara del animal para colocarle, posteriormente, ante un espejo a fin de saber si se reconoce en él o no quitándose la mancha,  ha incluido a los chimpancés, los bonobos, los delfines y los elefantes –se intuye que las ballenas también podrían hacerlo pero la prueba se ve dificultada por el tamaño de estos animales-.

Quizá lo que sorprenda de esta lista es la ausencia de otros grandes simios como los gorilas, siendo uno de ellos, en concreto la gorila Koko, uno de los especímenes más inteligentes, más compasivo y con mayores cualidades estéticas que existen actualmente. Esta gorila entiende alrededor de dos mil palabras en inglés y maneja alrededor de mil palabras en un lenguaje de signos diseñado por Penny Patterson especialmente para ella. De este modo, Koko, ha sido capaz de crear nuevos gestos, inventar neologismos, para referirse a objetos que no conoce (para señalar anillo unió los signos de brazalete y dedo), así como ser capaz de hacer uso del metalenguaje (unir el signo de bueno  y signo para referirse a los signos que otros simios han aprendido viéndola a ella).

Otro caso similar es el de la chimpancé Washoe, conocida por ser el primer ser vivo no humano capaz de comunicarse mediante signos. Más tarde se supo que los chimpancés sí pueden distinguir el lenguaje fonético pero no pueden reproducirlo. Lo sorprendente fue que Washoe no aprendía más rápido los signos cuando se le enseñaban como un medio para obtener un premio sino como un medio de comunicación en sí mismo, es decir, lo que realmente quería la chimpancé era comunicarse. La anécdota más relevante sucedió cuando Beatrix Gardner le contó a Washoe que había perdido a su hijo en un aborto. La chimpancé miró hacia abajo e hizo el gesto de llorar, pese a que los simios no pueden realizar la acción del llanto. Así pues podemos concluir que, al menos, los simios sí tienen un sentido claro de la compasión, lo que significa que, de algún modo u otro, son capaces de tener sentimientos complejos.

Desmond Morris, además de ser un reconocido pintor surrealista, también realizó estudios en el campo de la etología y, en relación al arte animal, basó gran parte de sus investigaciones en su chimpancé Congo. Este chimpancé alcanzó la fama en 1957 cuando sus cuadros, hechos por él, se expusieron en 1957. De hecho, en 2005, se vendieron dos de sus cuadros por más de 14.000£, en una subasta en la que un Warhol y un Renoir quedaron sin vender.

El estilo de Congo podría describirse como un impresionismo lírico-abstracto, en términos de teoría estética y tenía un sentido importante de la creación  ya que no parecía hacer trazos de forma aleatoria sino que él trabajaba el espacio de forma simétrica y aplicaba las manchas de color de forma selectiva. Tampoco aceptaba que le retiraran  la obra sin que estuviese terminada[5] mostrando un claro enfado que recuerda a otros artistas como Francis Bacon, al que había que retirarle las obras porque las trabajaba hasta destrozarlas –Congo en este sentido se muestra más profesional y simplemente él decidía que la obra ya estaba terminada cuando dejaba de pintar-. Esto no quiere decir que los simios, en concreto los chimpancés, tengan una idea preconcebida de lo que será la obra sino que adoptan un enfoque centrado en el placer cinestésico y visual. Lo que sí pareció demostrar Morris fue la capacidad de Congo para continuar con una obra en el mismo punto donde lo había dejado tras haberle arrebatado el lienzo.

La cuestión que subyace a todo esto, a las capacidades de los animales para reconocer su entorno e interactuar con él de forma creativa y estética, a tener un cierto sentido de la autoconsciencia y, de seguido, a implicar comportamientos compasivos, es que la oposición entre animal no humano y arte como fundamento del espíritu humano no parecen marcar una distinción tan rotunda. Si el arte es sólo un producto genuino del ser humano, Congo sería la prueba irrefutable, siguiendo este argumento, de que es un ser humano. Habría que preguntarse, entonces, qué es lo que motiva al arte o por qué es un hecho universal, es decir, que en todas partes del planeta se produce la actividad artística humana. Esto ha llevado a pensar que el sentido estético es una condición biológica, como antes apuntábamos.

 

Hacia una cultura en los animales no humanos

En 1945 se publica el famoso libro Antropología Filosófica de Ernst Cassirer donde, después los experimentos fallidos del psicólogo Robert Mearns Yerkes para intentar que un chimpancé hablara, se apoya en estos estudios para  afirmar que la cultura es la diferencia específica del ser humano. Hay que tener en cuenta que Cassirer entiende la cultura como proceso de autoliberación de lo biológico. Evidentemente estas lecturas hay que tomarlas con cierto reparo actualmente pero sí podríamos rebatir sus argumentaciones a través de sus propios términos. Cassirer define dos tipos de cultura, a saber:

-La cultura subjetiva, entendida como capacidad de aprendizaje y transmisión de información no heredada genéticamente.

-La cultura objetiva, entendida como ceremonias e instituciones que tienen fines independientes de los usuarios.

Durante todo el S.XIX los científicos dedicados a la evolución no dudaban de la cultura subjetiva de los animales; así Darwin afirmaría que los simios se inclinan «sobremanera a la imitación, lo propio que los salvajes más inferiores; y el sólo hecho ya señalado de que pasado algún tiempo es imposible coger a un animal en un mismo sitio y con una misma clase de lazo, prueba que saben imitar sus precauciones recíprocas, instruidos por la experiencia[6]”. Del mismo modo Alfred Wallace, a pesar de considerar que el cerebro humano era de origen divino,  consideraba que la transmisión de habilidades y destrezas, de una generación a otra, no era  exclusivo del ser humano sino que también animal e, incluso, vio las similitudes entre la arquitectura humana y la arquitectura animal, algo que más tarde desarrollaría el primatólogo español Sabater Pí.

Pero una cosa es la transmisión de patrones de conducta y habilidades y, otra, es la innovación cultural, es decir, algo que parecía propiamente humano. El primer estudio sobre la innovación cultural en animales es la que publica Satsue Mito en 1953. En él se confirma que, en la Isla de Koshima, la macaco Imo, de dieciocho meses, lavaba las batatas antes de comérselas, algo que hasta entonces ese grupo nunca había hecho.  A partir de entonces este hecho se extendió a todo el grupo y tan sólo los macacos de esta isla realizan este proceso.  Sin embargo, las reticencias de los algunos etólogos para afirmar con rotundidad la cultura animal en un primer momento y no designarla con diferenciales como procesos subculturales, preculturales o tradicionales, se debe a un profundo sentir gnoseológico. Esto se iría suavizando con las posturas de McGrew o Frans de Waal en los años 90.

Lo que se está empezando a vislumbrar es el gran problema para definir, no ya el arte, sino la cultura. Aquí hemos diferenciado entre cultura objetiva y cultura subjetiva aunque la mayoría de autores no hacen esa distinción dando lugar a debates interminables sobre este concepto. De este modo, si definimos cultura como variación conductual veremos que la gran parte de los animales no humanos que conviven en el planeta presentan esta característica[7]. Así, Bonner define la cultura como transmisión de información por medios conductuales[8], lo que nos llevaría a pensar que incluso los invertebrados tienen cultura.  Yendo más allá, Wilson y Lumsden afirmarían que la cultura es cualquier transmisión de información extragenética[9]-esto incluiría a bacterias, que pueden transferir información sin necesidad de realizar la mitosis-. Es por esto que la distinción entre cultura subjetiva, relacionada con la capacidad de aprendizaje y transmisión de información extragenética,  y cultura objetiva, relacionada con la creación de instituciones que tienen fines que se reproducen a través de los individuos pero que son independientes a esos individuos, se muestra más sugerente. Independientemente de que Velázquez pintase las Meninas para ganarse el favor del Rey, la institución cuadro  o la institución pintura tienen unos fines (fines estéticos) que son independientes y autónomos.

 

Arquitectura animal

En estas últimas líneas intentaremos concluir una respuesta sobre la cuestión de la cultura objetiva en los animales. Parece ser que algunos animales sí tienen instituciones que artísticamente se manifiestan en lo que algunos llaman zooarquitectura, apoyándose en una disciplina con larga trayectoria como es la zoomusicología[10]. Centrándonos en las tres grandes ramas artísticas (la pintura, ya tratada con Congo, la escultura y la arquitectura) iremos argumentando brevemente las razones por las que creemos que sí existe este tipo de cultura en los animales no humanos.

Como bien señala Ernesto Castro en su clase ¿Existen las artes no humanas?, la arquitectura animal se nos muestra como una de las instituciones más poderosas, mediante la cual, la cultura se perpetúa. Savater Pí, en su libro La etología de la vivienda humana, analiza la especie a partir del género, a saber, la arquitectura humana desde la arquitectura animal.

Citando ejemplos, nos podemos encontrar con los túneles de los perritos de las praderas, que tienen diques y sistemas de contención y drenaje para que no se inunden; las prisiones que construyen las avispas del barro, para almacenar arañas vivas que han paralizado hasta el momento en el que eclosionen los huevos que han inyectado en ellas[11]; los termiteros que funcionan como conductos de ventilación cuya altura puede superar los diez metros, algo que equivaldría a un edificio de un kilómetro de altura[12]; los tejedores republicanos de Namibia, un tipo de pájaro que construyen nidos permanentes, es decir, no para la cría de los huevos sino para habitar en ellos, y que pueden llegar a albergar en torno a doscientas o trescientas aves con una antigüedad en sus construcciones de unos cien años, algo que es sorprendente ya que la esperanza de vida de estos pájaros es de diez años –nacer en uno de estos nidos equivaldría a haber nacido en un estado o país-; y, para terminar esta sucesión de ejemplos de estructuras de zooarquitectura, entendidas como institución cuyo fin está por encima de los propios individuos, el caso de la presa los castores de Alberta que, junto con la muralla china, es de las únicas construcciones que se pueden ver desde el espacio. Esta presa cuenta con una longitud de ochocientos cincuenta metros y quinientos metros de anchura y los datos recogidos muestran una antigüedad de más de veinte años, algo que no es nada desdeñable teniendo en cuenta que los castores suelen vivir unos doce.

Por tanto, teniendo en cuenta estos ejemplos, podemos tomar la postura, un tanto polémica, de afirmar que los animales no humanos tienen instituciones que son independientes a ellos mismos y que todo arte humano no es más que una referencia biológica a nuestros orígenes. El arte y la cultura son rasgos biológicos, la normativización de estos rasgos es lo único propio del ser humano, pensarlos como algo separado de la naturaleza sería arriesgado. Saber y conocer que la frontera que nos separa de los animales, cada vez se difumina más, no debería incomodarnos, sino, más bien, alentar el entendimiento sobre el origen del arte y la cultura y, en último término, sobre nosotros mismos.

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                         

[1] WAAL, Frans de: “Arte Animal”. En El simio y el aprendiz de sushi. Reflexiones de un primatólogo sobre la cultura. Ed: Paidós. Barcelona, 2002. p. 134.

[2] IMANISHI, Kinji: “The evolution of human nature.” En: Mainichi-shinbunsha, Tokyo, 1973. pp 36–94

[3] DARWIN, Charles: La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Ed: Alianza. Madrid, 1998.

[4] HICKOCK, Gregory: The mith of Mirror Neurons. The real Neurosciencie of Communication and Cognition. Ed: W.W. Norton & Co. New York, 2014.

[5] N.del.A: Frans de Waal describe que Congo, al igual que otros simios pintores, demostraba una gran concentración en su trabajo y se mostraba claramente molesto si alguien intentaba quitárselo antes de que hubiera terminado una obra. En :El simio y el aprendiz de sushi. Reflexiones de un primatólogo sobre la cultura. p. 148.

[6] DARWIN, Charles: El origen del Hombre. Versión online, Trad: A, López White. https://medicina.ufm.edu/images/7/7c/Elorigendelhombre_POR_CHARLES_DARWIN.pdf (consultado el 30 de mayo de 2018.) p. 121.

[7] N.del.A: Los chimpancés, por ejemplo, tendrían, alrededor de 42 rasgos conductuales  que divergen habitualmente y los orangutanes, del orden de 24.

[8] BONNER, John: La evolución de la cultura en los animales. Ed: Alianza. Madrid, 1982.

[9] WILSON, E.O y LUMSDEN, C: Genes, Memes, and Culture. Ed: Harvard University Press. Cambridge, 1981.

[10] MARTINELLI, Darío: Of Birds, Whales and Other Musicians: an introduction to zoomusicology. En: University of Scranton Press. Pensilvania, 2009.

[11] N.del.A: Es conocido que Ridley Scott se basó en el caso de las avispas del barro para diseñar la criatura de su película Alien y la forma tan perversa en la que se reproduce. Incluso Darwin reflexiona sobre esta clase de avispas y confiesa: “No puedo persuadirme de que un Dios benevolente y omnipotente hubiera creado intencionalmente los Icneumónidos con la intención expresa de que se alimentasen con los cuerpos vivos de orugas” (Traducción del original: “I cannot persuade myself that a beneficent & omnipotent God would have designedly created the Ichneumonidae with the express intention of their feeding within the living bodies of caterpillars” En: BURKHARDT, F.H, y SMITH. S: The Correspondence of Charles Darwin. Ed: Cambridge University Press. Cambridge, 1985. vol. 8. p. 106.

[12] N.del.A: El edificio más alto, actualmente, se encuentra en Abu Dabi y cuenta con una altura de 850 m.

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