(J.p.gandul / EFE)

(J.p.gandul / EFE)

 

Rosalía ha traspasado sus propios límites. Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa reza Lorca en su Romance Sonámbulo. En este sentido, Rosalía ya no es Rosalía, ni su música es ya su música, sino que se eleva hacia un espíritu común que se funde directamente con la pulsión del mito nacional.

Flamenkitsch

Desde el lanzamiento de Los Ángeles, hay periodistas que han definido a La Rosalía como un concepto. La catalana ha logrado traspasar la frontera material e instalarse en un inconsciente colectivo, al modo del ser, la nada o el incesto. La rosalieidad es una nueva forma de estar y de ser en el mundo que parte de una decantación de la belleza en un punto concreto del universo: España.  Rosalía es la chamana o médium que canaliza la esencia de lo patrio.

Sus videoclips son una continua reiteración de la escena dieciochesca española, una revolución a la contra que tiene su origen en tiempos de la corte de Fernando VII. La Rosalía ofrece una visión afrancesada de España, vista desde afuera para los de afuera: la semana santa, la tauromaquia, las pinturas de Goya, o la presencia exótica de lo gitano, algo que ya habrían hecho varios compositores del romanticismo para representar el exotismo (Bizet, Korsakov, Debussy…). Pero no es que la cantante catalana sea afrancesada en su discurso, sí lo es en un modo operativo (vida aburguesada, visión alejada de la realidad material del pueblo, la concepción estético-cultural de los elementos populares…), sino que, utilizando esos aires napoleónicos, reivindica la esencia misma de lo español. Ella es España y en ella residen los espíritus que dan verdad a la patria.

No podemos negar que El mal querer es un buen álbum, en un sentido meramente formal, es decir: está bien producido, tanto el sonido como la campaña de marketing y su packaging. Tampoco podemos negar, y sería un tanto estúpido hacerlo, que Rosalía canta bien, al menos en la versión de estudio que es lo que nos ocupa ahora.

Pero todo en su justa medida, sería igual de estúpido ensalzarla como la mejor voz del panorama musical, menos aún del flamenco. Lo que sí podemos decir es que el gran público, la masa, no está acostumbrada a ciertas formas musicales ni a ciertas formas de cantar. Hay mucho desconocimiento sobre el flamenco. Se tiende a pensar que las voces del cante son ásperas, rotas, al borde del grito –quejío lo llaman-. Pero eso no es más que una de las múltiples formas en las que el flamenco se expresa y otros cantaores anteriores, en su mayoría, a Camarón de la Isla, ya cantaban de una forma más melismática, melódica, casi como un fluir de la voz limpia o voz laína. Hablo de Miguel de Molina, Antonio Molina, Rafael Farina, Juanito Valderrama, la Argentinita, Juantia Reina, Concha Piquer y otros más recientes como Ana Reverte, Estrella Morente, Arcángel o María José Llergo. Es decir, hay una línea en el cante que no se expresa en la voz afillá y que, para el público avezado en el flamenco, es algo muy común y para nada extraño.

Miguel de Molina

En un artículo, escrito por Joseba Vázquez, se afirma que la cantante catalana ha estudiado cante flamenco en el ESMUC (Escuela Superior de Música de Cataluña). Esto dice mucho de su forma de cantar, es decir, como cualquier intérprete académico que ha estudiado bajo los parámetros y criterios específicos que dictan el modo en el que la música ha de suceder, le falta el don de la espontaneidad, una naturalidad que sólo está en quienes se alejan de la academia –el cantaor José Menese diría, en una expresión coloquial, que le falta soniquete-.

Y es que Rosalía es una intérprete académica, al igual que puede serlo Lang Lang en el piano. ¿Quiere decir esto que es mejor o peor? Ni mucho menos. Lo que sí viene a decir es que no es del todo flamenco o, en todo caso, se acerca más a la música “culta” que a la música popular. Esto es algo público y notorio, puede verlo el lector por si mismo al acceder a cualquier video en el que Rosalía cante una soleá o una bulería, stricto sensu, a la manera tradicional del cante jondo. Las dimensiones del flamenco le superan, necesita tener el apoyo de una melodía bien definida en la que apenas haya lugar para la variación o la improvisación.

Sirva su primer álbum de ejemplo. Bajo el amparo de antiguos cantes ya recogidos, como Catalina –grabada en 1926 e interpretada por Manuel Vallejo al cante y Miguel Borrull a la guitarra-, sólo queda su reinterpretación a la manera clásica, es decir, separando el elemento popular del propio cante para “elevarlo” hacia un estrato más académico. En este sentido podríamos decir que el álbum Los Ángeles se asemeja más a un proyecto de final de curso de cualquier conservatorio que a un producto realmente flamenco, cosa que terminará cristalizando en El mal querer. Y con flamenco no me remito al cante jondo puro y duro. Como diría el agente Mulder de Expediente X, la verdad está ahí fuera, sólo hay que salir a buscarla. Y allí afuera podemos encontrar verdaderos discos flamencos como Veloz, del flautista Jorge Pardo; Contrarreloj, del trompetista Enriquito o Para mí de Concha Buika que se distancian de la imaginería del tablao.

Jorge Pardo. Fuente: http://jorgepardo.com/

 

La España pre-rosalita

Decía, hace unos días, Ignatius Farray, en un equívoco afortunado, que el bosque no nos deja ver los árboles. Lo mismo sucede con La Rosalía, apenas nos deja ver con cierta distancia proyectos sonoros y audiovisuales más interesantes o arriesgados que se adelantaron a El mal querer más de cuarenta años.

Un caso notorio es el de Pepa Flores, a.k.a. Marisol, que en 1972, últimos años del franquismo, presentó, al hilo de las innovaciones cinematográficas de Stanley Kubirck, su Poropompero 2001. Una visión pretendidamente futurista que conectaba con el presente de la música académica de su tiempo. En la versión del tema de Manolo Escobar, hay visos de música seria y concreta de finales del siglo xx. Música que recuerda a obras electroacústicas de Ligeti (Artikulation, 1958), atonales de Varese (Hyperprism, 1923) o seriales de Pierre Boulez (Structures II, 1961).

Este totum revolutum de las máximas innovaciones y hallazgos musicales aplicado a la rumba merece más atención que De aquí no sales-Capítulo 4: Disputa. Lejos de parecer una frikada sin sentido, digna de lo más bajo de Crónicas Marcianas, es un proyecto muy pensado. Incluso en lo visual.

 

El video es un viaje psicotrópico dirigido por Valerio Lazarov, con una estética que ha devenido en el futuro-pretérito, esto es: la concepción estética que el pasado tenía sobre el futuro no supera las premisas que mueven el propio futuro (ahora ya presente), es decir, esta visión en retrospectiva nos arroja una visión aberrante de la estética del momento –los años 70- y un no-se-sabe-qué que incomoda y fascina a partes iguales. Casi una relación placer/displacer al puro estilo lacaniano.

Este fenómeno es típico , no sólo en este Poropompero de ciencia ficción, sino que en otras piezas audiovisuales, más relacionadas con el mundo del cine como Flash Gordon, Star Treck, Star Wars o en el icono por excelencia del oxímoron futuro-pretérito: Regreso al futuro. Tampoco podemos obviar la localización del videoclip de Pepa Flores: un futuro distópico e industrial donde el hierro y la estructura son el punto de fuga de la rumba anglo-japonesa.

Pero no sólo está Pepa Flores, ahí tenemos al verdadero referente, que Movistar ha venido a llamar -cito literal- la Rosalía de los 60: Lola Flores. Esta cita vuelve a poner de relación aquel futuro-pretérito en su sentido inverso, a saber: la rosalieidad ya estaba presente en la Faraona mucho antes de que Rosalía existiera. En el mismo año que Pepa Flores lanzo su Poropompero 2001, Lola dejó para los anales de la historia de la televisión un tema que sería objeto de estudio más de cuarenta años después.

La película Casa Flora, dirigida por Ramón Fernández, narra el traslado de los restos de un torero muerto en América que origina una concentración masiva de gente en un pueblo andaluz. Debida a la influencia de tantas personas, se habilitan todas las casas, incluso el prostíbulo “Casa Flora”.

Allí hay números de corte lisérgico, que sobrepasan el surrealismo y el fauvismo, como aquel en el que Estrellita Castro interpreta a una bruja que “con la bola reonda del rey Salomón” intenta curar un mal de amores a Lola Flores. Pero lo verdaderamente interesante fue uno de los números (capítulos en Rosalía) que dejó a toda España boquiabierta y que se convertiría en un absoluto éxito: Cómo me las maravillaría yo. Este trabalenguas ha venido a ser, por algunos entendidos, el germen de lo que en Estados Unidos, siete años más tarde con aparición de la canción Rappers Delight del grupo The Sugarhill Gang (1979), llamarían rap.

 

La españolada

Todos estos antecedentes ponen de manifiesto que El mal querer no es ni mucho menos novedoso, en todo caso, sigue con la larga tradición que en este país venimos cosechando. Ya en 1930, con la más que trillada disputa entre lo europeo y lo español, aún hoy vigente, surgió un género bautizado por los críticos como la “españolada”. Una visión poblada de topicazos sobre lo gitano, pasacalles marianos y afición a las corridas de toros. Todo ello salpicado por los ritmos de bulería, tientos, tangos o rumba, entre otros muchos. Cualquier parecido con Malamente ¿es pura casualidad?

Si nos alejamos del centro del problema, la perspectiva aumenta el campo de visión. Observamos cómo los protagonistas de la “españolada” se disponen en una línea temporal que no ha dejado de evolucionar hacia nuestros días desde 1930. Así pues, Las Grecas o Camela, pasando por Los Chunguitos o Isabel Pantoja, no dejan de pertenecer a este género nacional tan fuertemente imbricado en nuestro sentir cultural en el que Rosalía está atrapada.

Tres años después del lanzamiento de Los Ángeles, el camino musical de Rosalía es errático. Cada vez que saca tema nuevo hace mejor el anterior.  Su «arte» se basa en un salto mortal con doble tirabuzón. La Rosalía desciende en espiral directamente al limo, un ejercicio constante de marcha atrás, un elogio a la ceguera que terminará por reinventar el silencio.

¿Quiere decir esto que, y repito la pregunta, sea mejor o peor? Pues tampoco, en un principio cada género tiene unas características que lo conforman, y llamar a las cosas por su nombre no es denostarlas. De hecho no existe una diferencia realmente cualitativa y musical entre Te estoy amando locamenti de Las Grecas y Jesus bleibet meine Freude de Bach, salvo una cuestión de gusto y una injusta jerarquización de los géneros musicales. Dicho de otro modo, un álbum de Rosalía encuadra mejor dentro de la “españolada” para guiris que dentro del trap y mucho menos del flamenco.  La catalana termina por abarcar mucho y apretar poco.

 

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