Vista del Pabellón Central de la Residencia de Estudiantes. Fuente: Ministerio de Educación y Formación Profesional.

 

El día 1 de septiembre de 2019, empecé a formar parte de la Residencia de Estudiantes, junto con 13 jóvenes, como Becario de creación literaria. Desde entonces todo lo que suponía este lugar, su historia y sus nombres, han ido modulando, transformándose hasta ocupar un polvoriento anaquel de mi estantería. Nada de lo que imaginé queda hoy aquí, sin embargo sí queda una oculta razón, una vida dentro de sus muros injustamente olvidada.

Desde esta habitación con vistas, arrinconada en un jardín discreto, el otoño ha extendido su alfombra de hojas y de escarcha. Más allá del jardín la ciudad es un enjambre –desolado paisaje de antenas y de cables, reza la canción-, una derrota, un abismo. Pero el tiempo parece haberse detenido en este otro lado donde uno descubre que el silencio no es más que una quietud interior, un intento de posarse sin hollar el horizonte. León Felipe escribió: que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo y por aquí, en esta Casa –que es la casa de tantos- intento pasar por todo una vez solo y ligero, siempre ligero.

Vista desde una de las habitaciones del Gemelo II en la Residencia de Estudiantes. Archivo privado. 2019.

En el atanor o acequia que cruza de parte a parte el jardín, repleto de lirios y adelfas, discurren las horas al albur de un libro o en compañía de los gatos que han tomado por suyo este espacio –ellos sí que han comprendido la hondura que aquí habita-.

Bajo el mismo techo confluimos y convivimos científicas, artistas, poetas, humanistas, y gentes de todo pelaje. En definitiva, personas que investigan o escudriñan algo de sí echando la vista hacia afuera o hacia adentro cuyo trabajo se antoja imprescindible para el desarrollo cultural de este país.

Pero que la vida en la Residencia sucede de otro modo, uno lo empieza a comprender más tarde cuando se aleja de los mitos y los fantasmas que por aquí rondan. Cuando el peso de la historia se aleja de los nombres propios, de las ilustres figuras, de los pocos sabios que en el mundo han sido.

La historia –la nuestra y, sobre todo, la de este lugar recóndito-  es una historia de silencios, de grandes olvidos y olvidados que cimentan y apuntalan los muros de esta Casa. La vida -la que hace posible aquella otra vida pública y reconocida-, se esconde entre pasillos, detrás de las puertas o en el quehacer diario. Nosotros, los inquilinos que ocupamos los salones y galerías de esta Residencia, tan sólo somos vivacidad, sensación de vida. Algo parecido viene a decir Pablo d’Ors en su “Biografía del Silencio” cuando señala que las olas nos dan la impresión de vida, cuando lo cierto es que no son vida, sino solo vivacidad.

Lorca, Dalí o Buñuel, también Aleixandre, Alberti o Bello, disfrutaron paseando este jardín lo mismo que yo hoy lo disfruto. Pero todos ellos convivieron necesariamente con cocineras, pinches, camareras, recepcionistas o jardineros. Nombres que se han perdido entre el polvo de otros nombres pero que amasaban el pan de los días junto a tan ilustres residentes. Codo con codo. Paso a paso.

Reivindico aquí la intrahistoria, las pequeñeces cotidianas, el día a día, el trato de igual a igual con nuestro presente y nuestro pasado que, en definitiva, es el trato con todo y con todos. Reivindico el trabajo de sombras chinas y malabares entre bambalinas.  En definitiva, reivindico el merecido reconocimiento a estas personas que, desde la discreción, la prudencia y una sincera amabilidad, hacen posible que la Residencia sea un Hogar.

Es por eso que uno, al entrar en la Residencia, descubre que lo realmente importante no es qué o quién pasó por aquí, sino la estrecha relación humana que se forja de un modo tan rápido y sutil en cada uno de sus rincones. Cada cuál sumido en su propio afán, un su tarea cotidiana pero, al mismo tiempo, compartiendo instantes tan vívidos que nos acercan más al día a día que a los grandes relatos, que logran -de una vez por todas- ponernos los pies en el suelo y deshacernos de esa espesa capa de impertinencia y elitismo que recubre el mundo de las artes.  Juan Ramón no pudo decirlo mejor refiriéndose al poema que, desde aquí, intuyo que también puede decir algo sobre los artificios de esta vida: «No le toques ya más, que así es la rosa».

 

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