Zinebi 61: Lluvia sin estrellas, alfombras mojadas, buen cine.

La 61ª edición de Zinebi, el festival internacional de cine documental de Bilbao, nos ha brindado un puñado de buenas películas y de interesantes actividades que nos ayudan a pintar un retrato del devenir de la muestra en particular y del circuito festivalero en general.

Zinebi

En Bilbao siempre llueve durante el Zinebi. Y no llueven precisamente estrellas, de esas que copan las portadas de los diarios locales y regionales. Aunque sí que inicia su semana de cine con una gala al uso, en el precioso teatro Arriaga, con lleno hasta la bandera. Que no se tome el detalle de la ausencia de star system como una crítica. Nada más lejos de la realidad. Estas líneas que siguen tienen su razón en la búsqueda (probablemente fallida) de un término para esos cuerpos celestes que se avistan en el encapotado cielo bilbaino. ¿Porque muchas veces nos olvidamos de que estamos hablando de cine!

Durante el Zinebi siempre llueve, y en Bilbao la lluvia irriga. Y está casi todos los días, no como esas estrellas que algunos reclaman.

Un festival que proyecta una película de 14 horas solo puede ir a mejor. Porque La flor supuso, el pasado año, una inyección de poderío para el certamen, que estrenaba en España la monumental obra de Mariano Llinás. Aunque Llinás podría ser una estrella perfectamente, esa no es ni la etiqueta ni este el lugar para que desembarquen este tipo de astros. La flor fue, para quien firma estas líneas, la mejor experiencia cinematográfica de su vida y una de las mejores películas que ha visto en su vida (son dos cosas diferentes y en este caso complementarias). Llinás  es ese cometa, fugaz efímero e irrepetible que marcó la estela a seguir del festival en su futuro. Ya vamos hallando nuevas denominaciones, pero no son suficientes.

Aquella fuerza no se limitó a la edición pasada: la llegada de Vanesa Fernández a la dirección del certamen mantiene el nivel de estos ocho días de cortometrajes, documentales, talleres y master classes. Aún resuena el eco del golpe encima de la mesa, de la declaración de intenciones de la nueva persona al mando, de que las cosas cambiarían para seguir igual (es decir, para seguir en un nivel muy alto). A la altura, precisamente, de esas demandad que algunos lanzan desde sus atalayas de la prensa acomodada, de ciertas envidias a ciudades vecinas que reciben el aluvión de caras conocidas año tras año. 

Este es uno de los grandes problemas a los que se ve sometido, una vez más, Zinebi 61: a la absurda y perjudicial comparación con el Zinemaldi de San Sebastián. Ni juegan en la misma liga ni sus objetivos son los mismos. Sería algo así como pedirle a la nueva entrega de Marvel que revolucione el concepto de montaje a través del found footage con imágenes de YouTube o exigirle a Godard que pergeñe una épica vertiginosa de 3 horas sin lecciones de estética (ética) fílmica.

Zinebi es consciente de sus limitaciones y explota sus recursos para, precisamente, arrojar luz sobre aquellos aspectos del arte y la industria cinematográfica sobre los que Zinemaldi nunca le convendrá preocuparse. Del mismo modo que Zinebi nunca debería apostarlo todo por la fama. Aquí, lo que de verdad importa, es descubrir, conocer, no identificar constantemente lo ya conocido.

Por motivos de agenda y para ofrecer una crónica que no se limite a los premios, me centraré en las dos secciones más interesantes de los últimos años: la competencia oficial de óperas primas Zinebi First Film y la muestra Beautiful Docs. Antes de sacar conclusiones generales apresuradas, pasemos a echar un vistazo rápido a cuatro de las películas más sugerentes que he podido ver en esta edición. Porque, como en todo festival grande que se precie, es imposible (auto)organizarse una muestra perfecta de toda la programación. Hay que discriminar, planear, o dejarse llevar por los títulos y entrar a la sala en busca de una epifanía. Ahí se esculpe el rostro de dos caras (la negativa y la positiva, la de la sorpresa y la de la seguridad) al que se enfrenta el espectador.

Las facultades

Eloísa Solaa no solo ha conseguido la estatuilla que premia a los mejores «primeros films» internacionales y se ha llevado prácticamente el aplauso unánime de crítica y público, sino que, lo más importante de todo, ha pergeñado una película (casi) redonda. Muchos la comparan con la poética documental de Fredrick Wiseman. Sin embargo, mientras que el maestro estadounidense del neo-paisajismo de interiores se toma su tiempo para diseccionar las instituciones, la cineasta argentina comprime su relato para cargarlo de cierta coherencia con el tema tratado. Film de pura tensión, en el que uno aprende escuchando a otros examinarse sobre ese aprendizaje, La facultades no se refiere únicamente a esos edificios del saber. También a los conocimientos y competencias, a través de procedimientos a veces absurdos que la universidad brinda a los estudiantes.

Zinebi

El juego quizá más interesante del film, más allá de sus cómicas situaciones, discusiones y rostros expectantes de un aprobado, es el que opera en el plano de la metarepresentación. Esto es, todas esas pruebas orales en las que la cercana cámara nos sitúa como un alumno (o examinador) más, no son sino pequeños simulacros. Ensayos y errores con una naturalidad y un montaje tan finos que no nos dejan ver a simple vista su crítica a las fallas del sistema educativo. También ma pareció genial la dialéctica entre la facultad y la cárcel, a través del aplicado presidiario estudiante, cuyos barrotes se van convirtiendo en lábiles cortinas por las que la cámara se inmiscuye. Todo coronado por ese inmenso plano que, después de que un alumno hable de la lucha de clases con Marx, muestra a una ciudad y su superestructura: las casas buenas y arregladas en lo alto, las desconchadas chabolas abajo, y sosteniendo todo ese andamiaje urbano un tren a toda velocidad.

A imagen y semejanza

La mención especial ZIFF de este año fue a parar para ese marciano documental de la británica Jessica Sarah Rinland, uno de esos filmes que transitan sobre una sola pierna la fina cuerda que separa el desafío estético al espectador y la radicalidad inconsciente. Es decir, cuesta dilucidad si Rinland ha compuesto, a base de planos cerradísimos, ausencia casi total de rostros humanos y un relato lento y repetitivo un documental artesano (artesanal) o un artefacto conceptual muy opaco .En otras palabras: esta fábula que documenta a trabajadores fabricando réplicas de antiguédades y reliquias adopta formalmente ese principio temático para preguntarnos violentamente: ¿qué estamos viendo exactamente? ¿una mofa con ínfulas de vanguardia? ¿un riguroso documento del trabajo de especialistas? O, como plantea el relato desde sus inicios, ¿un enfrentamiento clásico entre el original y su copia? En este caso, entre una buena y una mala película. Pues creo que todo al mismo tiempo, y funcionando a la perfección.

Säsong (Ridge)

Esta extraña e hipnótica película sueca pertenece a esa raza de obras cinematográficas cuyos planos sitúan al espectador en espacios donde se encuentra perdido. A este grupo de relatos podemos incluir un pionero en la contemporaneidad documental: nada más y nada menos que el Dead Slow Ahead del gallego Mauro Herce. Me explico: tanto en el film sueco como en la obra maestra española ponen al espectador en el lugar y los ojos de un entorno conocido, manipulado formal y escénicamente hasta el punto de lo siniestro.

Ridge, para sorpresa del que escribe, se llevó el premio del jurado joven ZIFF. Con una historia mínima, una luz del atardecer del norte de Europa que tan pronto asusta como invita a quedarse a dormir, va por libre. Se permite alocados y complejos movimientos de cámara y grúas sobre campos agrestes con música electrónica de fondo. Se entenderá poco qué quiere decir, porque es probable que tenga poco que contar y que lo haga con una precisión insultante. Para muestra, un botón: la fantasía (ficción) de unos niños criados entre máquinas de agricultura y ganadería (documento) se contentan con el videojuego de PC Farming Simulator, en un encuadre que simula (nunca mejor dicho) que los jóvenes estén inmersos literalmente en la pantalla de su consola.

Shooting the mafia

El nuevo trabajo del documentalista Kim Longinotto compone un retrato de la célebre fotógrafa italiana Letizia Battaglia para, a partir de él, pintar con el rojo de la sangre y el blanco y negro de la fotografía analógica un paisaje de Italia durante los años ominosos de la mafia. Si bien en su superficie rugosa el film parece una entrada más en la enciclopedia del biopic histórico, sus imágenes contienen muchas capas. Una amalgama un tanto caótica de imágenes tomadas por la propia artista, retransmisiones televisivas de la época y metraje grabado en la actualidad plantea, en un principio, un problema de formatos. Esta incomodidad, o arbitrariedad de la tipología de imágenes, se agota rápido. Ya desde su título, que juega con la polisemia de la palabra shoot (en inglés significa tanto disparar como filmar o sacar una foto), Longinotto y Battaglia dejan las cosas claras. Contra los disparos de fuego que la mafia utilizó para asesinar, la fotógraga dispara sus fotos en pos de documentar el horror. Esos disparos

No pasemos por alto una curiosa coincidencia: mientras que Letizia hacía fotos a los demás, casi siempre a los muertos, en una película que casi coincide en el tiempo con su presencia en las grandes pantallas españolas, sus protagonistas se hacen selfies que presagian su muerte. Estoy hablando del filme italiano Pirañas, dirigida por Claudio Giovannesi y escrita por Roberto Saviano. Este western encubierto, que nos presenta a unos adolescentes montados en sus motos, marcando territorio en una violenta Nápoles del presente, nos habla del narcisismo y el callejón sin salida que es el crimen como solución a la pobreza y los restos de una lacra que es difícil erradicar. Ambos filmes, desde la ficción más romántica y desde el documental más gráfico nos hablan de un pasado que se arrastra hasta hoy en día. El de una mujer que lucha por su país, por derrocar, a través del arte, la tiranía de hombres asesinos y machistas que controlan un país desde las alcantarillas.

La no-crisis de los 60

Como era de esperar, no hay rastro de ese nombre que diferencie a los cuerpos gloriosos que pululan por Bilbao durante unos días de noviembre al año. Por ello me reafirmo en mis palabras: lo importante no es que Zinebi traiga a gente que ya conocemos, sino que conozcamos a esos supuestos desconocidos de los que solemos recelar. Que el público conozca otros cines, otra forma de mirar (y más barata, y más accesible, y con más variedad). Porque Zinebi es mucho más que un festival, no priman los premios cuanto las muestras. E incluso hay premios para todos, desde el país más remoto hasta el cineasta vasco más cercano. De todos modos tampoco son incompatibles las estrellas con los cometas. ¿Y si hablamos de asteroides sueltos, o de ovnis que campan a sus anchas sin dejarse calificar por los cánones de la crítica? Puede que el OVNI, ese objeto péndulo que oscila entre el documental y la ficción, sea el medio de transporte idóneo para atravesar el diluvio bizkaino. 

Asimismo es importante empezar a diferenciar lo festivalero de lo festivo. Creo que Zinebi hace acopio de características de ambos mundos, complementarios. Porque si el cine documental es el arte del hacer creer, nos interesa también que no se olvide del hacer disfrutar.

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