No, no queremos hacer un trío contigo

El pasado 26 de abril se celebró en España el día de la visibilidad lésbica. Pero, ¿qué se espera de una pareja de mujeres? ¿Hemos aceptado el lesbianismo o simplemente lo hemos convertido en un mito erótico dirigido hacia el varón heterosexual? ¿Qué es la hipersexualización del lesbianismo?

 

¿Qué cree nuestra mente que es la heterosexualidad?

La sociedad es capaz de percibir las relaciones amorosas únicamente cuando entran dentro de sus engranajes de expectativa y representación. Tenemos tendencia a asociar determinados comportamientos con las diferentes figuras que componen una relación afectiva, por lo que asociamos, a cada género, expectativas diferentes. Es aquí donde nacen los siempre mencionados roles de género. Desde su base perceptiva, lo que da sentido al imaginario heterosexual es la idea de que cada integrante asume, tanto individual como colectivamente, un rol de complementariedad. Esta complementariedad tiene, todavía, unas raíces profundas en la misoginia interiorizada que construye el imaginario heterosexual femenino.

Es decir, inconscientemente concebimos a la pareja heterosexual como la más válida precisamente por estar compuesta por dos polos: el negativo y el positivo. Uno tiene lo que al otro le falta, y juntos se combinan mejor, o, al menos, eso es lo que siempre se nos ha dicho. A nivel perceptivo, lo que recibe nuestro cerebro es que una relación homosexual no representa la complementariedad, sino la igualdad, por lo que, al no ver representados estos polos, la rechaza inconscientemente.

La construcción de una relación afectiva entre mujeres puede resultar más sencilla, contra todo pronóstico, porque no se tienen, en tanta medida, establecidas unos paradigmas de comportamiento y representación. Nuestra relación con otra mujer se basa en un dualismo que intenta centrar su atención en las identidades, y no en estas dentro de una dinámica de contraste.

 

La apropiación heterosexual

Con  paso del tiempo, este tipo de relaciones se han visto cada vez más enmarcadas en una estructura concreta. Nacen aquí, las figuras de Butch Femme: dos personajes femeninos antagónicos que representan una adaptación física de las relaciones homosexuales al arquetipo de la «pareja heterosexual media». The Butch es una mujer descrita como «varonil», «protectora», «dura» y «trabajadora». The Femme, en cambio, es una mujer descrita como «modesta», «cariñosa», «simpática», «alegre» o «familiar».

Es decir, se produce un traslado de los paradigmas heterosexuales que, lejos de ayudar en absoluto al colectivo LGTBI, lo estereotipa aún más. El problema no es ni la vestimenta de lo que ellos llaman Butch, ni la dulzura de la Femme: el problema es que se necesita que una pareja lesbiana se parezca a una heterosexual para aceptarla. No encaja en el imaginario social una pareja de mujeres «dulces», «pijas» o «presumidas». Esto no es solamente porque todavía se cree que estas viven esperando un buen hombre, sino porque falta, en su relación, el polo opuesto que caracteriza a las «relaciones normales». No es la mujer Butch quien tiene la culpa de vestir como un hombre, es el ojo avizor el culpable de asociar su ropa o su peinado a un género y no a un gusto particular o a una mayor afinidad por determinadas vestimentas.

 

Sometidas al mito erótico: la hipersexualización LGTBI

El actual consentimiento social que se le ha dado a las personas (L)GTBI ha venido, por lo tanto, enmascarada de dos pretextos. En el primero, la mirada ajena necesita asociar a una pareja de mujeres con una pareja heterosexual para poder cumplir los requisitos de ser aceptadas. En el segundo, no obstante, vemos un factor diariamente latente: si ya antes sufríamos diariamente la hipersexualización femenina, este fenómeno crece aún más cuando se trata de una mujer perteneciente al colectivo.

Se ha utilizado la figura de la pareja lesbiana para alimentar un mito erótico dedicado por y para el hombre. La gran mayoría de las mujeres del colectivo, en época prepandémica y en ambientes, mayoritariamente, nocturnos, habrán escuchado alguna vez frases como: ¿eres bisexual? ¿Te harías un trío conmigo? Vuelve, una vez más, la hipersexualización a enmarcarse en todos los aspectos de nuestra vida.

 

No, no vamos a besarnos para ti

Se entiende que, incluso en una relación afectiva femenina, es necesario el hombre para completar la satisfacción (poco frecuente) necesaria al mantener relaciones. Y no son solamente estas las frases que han culminado grandes noches, sino miles de comentarios que niegan la posibilidad de ser lesbiana sin probar a un verdadero hombre.

Estas conductas y comentarios falocéntricos no solamente silencian, enmascarados de liberalismo, las relaciones homosexuales. También inhabilitan la validez de género de miles de personas trans, pues una mujer, tenga los genitales que tenga (a mí, por lo menos, no me hace falta levantarle la falda a nadie para decidir si merece mi respeto) no es menos lesbiana que nadie. Porque no existen tipos de mujeres. La hipersexualización del lesbianismo nos ha convertido en producto de consumo del varón.

 

La mujer, ni lesbiana ni bisexual, existe en servidumbre del varón hetero. Pues, aunque cueste creerlo, el mundo gira alrededor de muchas otras cosas que no son, necesariamente, el hombre blanco. Y aunque pueda parecer mentira, Jose Antonio, no. Mi novia y yo no queremos hacer un trío contigo.