«Annette»: un caos emocional al ritmo de Sparks

La película inaugural del Festival de Cannes logra reinventar el género musical con una ópera-rock de lo más autodestructiva, introspectiva y valiente. Analizamos esta antítesis de la comedia romántica.

“Annette” es una película de 2021 escrita por los hermanos Mael (del grupo Sparks) y dirigida por Leos Carax, autor de pocas pero célebres obras cinematográficas como “Chico conoce a chica” (1984) o “Los amantes del Pont Neuf” (1991). Y vuelve este año con fuerza. La película inaugural del Festival de Cannes retrata la apoteosis caótica del espectáculo que es el amor. Para ello, el cineasta francés le da una vuelta a este concepto y nos trae una tragedia operística donde el sufrimiento se lleva al extremo. Demos la bienvenida a la antítesis de la comedia romántica. 

 

‘SO MAY WE START’ (don’t try to start)

No podría haber mejor título para esta primera canción. Un número musical en plano secuencia que no solo da comienzo a la cinta, sino también a un festival ansioso por regresar a la vida tras la pandemia. Recordemos que el grupo Sparks ya había colaborado con Carax en su anterior película. Pero ahora la música no acompaña a la trama. Más bien es al revés: el guión se construye sobre las notas musicales con una fusión de lo más estimulante. 

La historia sigue las vidas de dos famosos que son pareja: Henry, monologuista de comedia ‘stand-up’; y Ann, cantante de ópera. Ambos, interpretados por Adam Driver y Marion Cotillard, se enamoran en el momento álgido de sus carreras profesionales. Tanto, que desde el primer momento ya nos dejan claro lo mucho que se quieren con el tema “We love each other so much”. Con esta declaración, pronto dan el paso hacia el matrimonio, y más tarde, hacia la paternidad. Pero es entonces cuando giran las tornas. Tras el nacimiento de su primera hija, Annette, la felicidad de ambos se transforma en un juego de posesión en el que Henry hace de la locura su religión

 

LA LACRA DEL ESPECTÁCULO

La película es muy reflexiva, y destaca por esconder bastantes metáforas y temas secundarios. Para entender algunos de ellos, veremos cómo se construyen los personajes principales.

Por una parte, tenemos a Henry, monologuista de éxito sobre el que gira la trama. A lo “Toro salvaje”, vemos cómo sale al escenario vestido de boxeador dispuesto a matar al público. (De la risa). Fuera de él, cada noche al salir del teatro coge su moto para encontrarse con Ann. Y también la hace reír a ella en una de las escenas más íntimas de la película, cuando la “mata” a cosquillas. Mucho más privada que la escena de sexo de la que tanto se habla. Pero ese es otro tema. Como decíamos, Henry es el protagonista de su show, “The Ape of God” (“El Simio de Dios”). Con esta traducción, confirmamos que el mono-loguista representa la faceta más innata (y peligrosa) del ser humano.

Al personaje lo conocemos con su monólogo inicial, y lo hacemos sentados entre su audiencia. Una audiencia que ríe y disfruta de un espectáculo impredecible. Pero el vigor y magnetismo de Henry pronto se convierten en un insulto para su público. El segundo monólogo ya se le va de las manos. Y es ahí donde la actuación de Driver sobrecoge tanto a la audiencia que muchos se van de la sala. Pero, ojo, no únicamente en la ficción. En el propio cine también abandonaron sus butacas varios espectadores indignados, mientras los demás seguíamos con la boca abierta bajo la mascarilla

Llegados a este punto, podemos relacionar “Annette” con el clásico musical “Cantando bajo la lluvia” (1952) en varios aspectos. Si en la canción “Make ‘Em Laugh” (“Hacerlos reír”) O’Connor exaltaba la comedia y el humor, en la película de Carax estos conceptos dan una vuelta de 180 grados. Hablamos del tema “You used to laugh” (“Solíais reíros”) interpretado por Adam Driver en su segundo monólogo. Ya no se habla de la felicidad que trae la risa, sino de la pesadilla que supone tener que hacer reír a un público insufrible. Y de qué manera… Además, ambos musicales son muy reflexivos, cada uno a su manera. Hablan del cine en sí mismo, o mejor dicho, del mundo del espectáculo. Aquí, el expresionismo se va estirando mediante el uso de la fotografía y puesta en escena de Caroline Champieter, que repite con Leos tras “Holy Motors” (2012). Y no lo hace de una forma convencional: la película se mueve por las aguas del realismo mágico. Desde una pared que se abre para dar paso a un bosque encantado, hasta un mar en tormenta que envuelve a los protagonistas de la manera más surrealista posible. Aspectos como estos nos recuerdan constantemente que lo que vemos no es real. 

Entre realidad y ficción también se mueve Henry, la masculinidad tóxica personificada. Desesperado por las circunstancias, no quiere mirar hacia su caída en picado, pero termina por asomarse al abismo de la perdición. Con la ira a flor de piel, y la locura a punto de estallar dentro de su cabeza, utiliza el humor negro (rozando la inmoralidad) para desatar la risa de su audiencia. Pero en realidad no busca la risa. Busca, como él mismo admite con ironía, matar al público. Y veremos cómo finalmente lo consigue, aunque no de la forma que él esperaba. Kiko Vega refleja muy bien en su crítica el crudo trasfondo de la película: “es la historia de un juguete roto convertido, curiosamente, en titiritero”. 

Titiritero, porque cuando nace su hija Annette, que resulta ser una niña prodigio, Henry se aprovecha de ella para intentar recuperar su fama y su vida. Pero, claro, deja de lado el amor (ajeno, porque el propio intuímos que ya lo perdió hace mucho). Y aquí nos encontramos otra vez con la desazón que destruye las convenciones más románticas del cine, incluída la filmografía anterior del cineasta

Por otro lado tenemos a Ann, una triunfante cantante de ópera representada por Marion Cotillard de manera casi angelical. Al contrario que Henry, ella se sacrifica cada noche sobre el escenario para salvar a su audiencia (recordemos que en las tragedias operísticas el personaje femenino suele morir de la forma más dramática). Y es que todo el mundo la adora, incluido Henry. El problema llega cuando su deseo (que llega al punto de ser posesivo) se manifiesta en forma de obsesión. Y si ya lo mezclamos con la envidia por el éxito de Ann, no queda mucha esperanza para la feliz pareja. La película nos muestra a ambos como dos artistas que pertenecen a escenarios diferentes, pero que comparten una misma vulnerabilidad

Otro personaje importante es el conductor de orquesta de Ann, interpretado por Simon Helberg (“Big Bang Theory”), que regresa a la gran pantalla para regalarnos una de las escenas más brillantes de la película. En ella, la cámara gira en torno al conductor musical mientras dirige una orquesta recorriendo en voz alta sus pensamientos más reveladores y personales. Y, aunque ya lo vemos físicamente desde el principio de la historia, es a partir de la mitad del relato, más o menos, cuando cobra importancia en la historia. Hasta entonces eclipsado por la cantante, las cosas cambian cuando Henry contacta con él para que se encargue de la temprana carrera musical de Annette. ¿El objetivo? Lanzar a la niña al estrellato y forrarse a costa de los dos. El conductor musical se ve así inmerso en una fatídica pesadilla que terminará de la forma más aterradora

Y aquí viene la niña que da nombre a la película: Annette. Fruto de la unión entre Ann y Henry, la pequeña nace como la estrella más brillante del más oscuro firmamento. Llama la atención que Leos le diese trabajo a una marioneta antes que a una actriz, porque (salvo la última escena) no vemos a alguien humano, sino a una muñeca que, curiosamente, transmite una emoción palpable. Desde su nacimiento ya percibimos que algo no anda bien, porque la criatura parece una mezcla entre la diabólica Annabelle y Renesme (sí, la niña de “Crepúsculo”). Leos Carax bromeaba en una entrevista sobre lo poco que le gusta hacer castings, por lo que esta era la solución perfecta; más aún cuando tenía que encontrar a una niña de 4 o 5 años que cantase como los ángeles. 

Comparaciones aparte, es importante como metáfora de la relación que existe entre la niña y su padre. Porque así es como la ve Henry, como una muñeca sobre la que puede volcar todas sus frustraciones y arreglar sus (muchos) errores

 

¡RÍANSE!

Carax se centra en el papel de Henry, un Adam Driver magnético en el que probablemente sea el papelón de su carrera hasta ahora. Y lo hace para desenmascarar el mundo del espectáculo en su faceta más hipócrita. Hablábamos antes de que la película mira hacia dentro de sí misma con una visión bastante crítica e irónica. Pues bien, eso es lo que le faltó hacer a Henry. Y la película nos lo presenta en dos partes clave. Un primer monólogo, en el que el cómico cuenta con el control absoluto de la audiencia (exigía, literalmente, la adoración del público al grito de “¡ríanse! ¡Esto es una comedia!”). Y un segundo monólogo, menos musical y más caótico. Llegado a este punto, ya no puede ocultar su frustración. Se ha asomado al abismo de sus pensamientos, y la audiencia que antes le alababa termina por odiarlo. Y nosotros también. 

Por si su caída profesional no fuera suficiente, a ello se suman los testimonios de seis mujeres que declaran haber sido abusadas sexualmente por Henry. Hasta se dedica en la película un tema musical al miedo que vive dentro de cada mujer, relacionado con el movimiento #MeToo. Ya no hay nada que hacer. Sus shows se cancelan mientras que los de Ann siguen agotando las entradas. Y es entonces cuando Henry empieza a descender hacia la locura. Es en ese segundo monólogo donde le vemos, por primera vez, perder el control de la situación. De esta manera, la película toma 139 minutos para retratar el derrumbe emocional de Henry al ritmo de las canciones de Sparks. Su reputación es cuestionada y, como suele ocurrir en el mundo real del espectáculo, vemos en el personaje de Driver el afán por continuar en la cima a toda costa. Esta es otra de las críticas presentes en la historia: la proyección de fama en los hijos, el abuso laboral infantil consentido y voluntario. A medida que avanza la cinta, vemos cómo la relación padre-hija se va deteriorando hasta el final, cuando por fin la ve como una niña y no como una marioneta a la que pueda manejar. Sin embargo, todo esfuerzo será en vano, y esto lo descubrimos con un tema tan desolador como “Sympathy for the Abbys” (“Simpatía por el abismo”). Sin amor y sin nada por lo que luchar, la atención que Henry pedía como showman finalmente la consigue como preso

 

Ya se nos advertía antes de empezar la película: Mantened la respiración. Algo a primera vista imposible, porque dura más de dos horas, pero que realmente ocurre, porque nos ahogamos de lleno en la historia. Música y tragedia se unen en la cinta, y lo hacen de la manera más espectacular. Leos Carax logra reinventar el género musical con una ópera-rock de lo más autodestructiva, introspectiva y valiente. Qué imágenes, qué secuencias, qué metáforas… Nos asomamos al abismo de la ira, del amor, y de la vida. Y qué decir de Adam Driver que no se haya dicho ya. Con una fisicalidad y manejo de las emociones impresionante, le otorga a su personaje el terror y la intensidad que este exige. Asistimos al show de Henry. Pero el real, sin risas ni saludo final, siendo la música la gasolina para todo un mundo de fantasía pop.