Amor viejo de verano

Dos personas que hace años se veían a diario, ahora es rara la ocasión en la que coinciden. Dos tristes sucesos las volvieron a juntar entre el trasiego de gente y el aire acondicionado. Aquel verano sirvió para tomar conciencia de que se echan de menos, que van a hacer repetir el pasado a pesar del daño.

A las 8 de la mañana sonó mi teléfono móvil, al otro lado de la línea se hallaban mis padres. Había ocurrido algo que por esperado no le restaba dolor. Tras padecer durante mucho tiempo, ella se fue a descansar y debía hacer lo posible para estar presente en su último adiós. Algo que me obligaba a regresar a mi ciudad natal con la mayor celeridad posible, menos mal que el transporte público funcionó correctamente. Allí que llegué con el tiempo justo para asearme y coger el bus camino al cementerio. Un bus que también hace parada frente al parque de atracciones.

En aquel momento no podía imaginar que un velatorio fuera una lección que iba a marcar mi vida posterior. A veces las casualidades existen, esa vez el destino pareció concretarnos una cita. Como cuando salíamos juntas y todavía nos hablábamos cordialmente.

Yo había salido a tomar el aire, tras ver toda clase de monumentos funerarios, algo más mundano me hizo dudar de mis ojos. Mi novia del instituto llorando a lágrima tendida. Era imposible hacerse la loca, me reconoció enseguida. Me pidió ayuda en silencio, los sentimientos que quedaban terminaron de empujarme. Tenía razones para estar así, un fallo cardiaco fulminante había sesgado una existencia demasiado joven.

Dentro del tanatorio el aire acondicionado no podía estar más fuerte, el contraste de temperatura era enorme. Ni siquiera la presencia de familiares y allegados era capaz de hacernos entrar en calor. Las ganas de escapar de allí propias de los adolescentes afloraron en ambas de la misma forma que en nuestros primeros en común. Esta vez no ideábamos una huida a Ibiza, nuestro destino estaba más cerca esta vez. La cafetería se encontraba a temperatura normal, permitiendo que cogiéramos oxígeno. Nada más entrar la vi sentada con la cabeza entre las manos. Su primera bocanada la aprovechó para decirme que era cierto que me había vuelto muy pija. Yo, presa del desconcierto, respondí que continuabas sin filtro como tus cigarrillos de liar. Menos mal que la conversación siguió cauces más agradables. Estuve a punto de levantarme e irme ante el primer embiste dialéctico.

Sí, fue una charla improvisada que nos sirvió para ponernos al día. En ámbitos académicos habíamos logrado nuestras metas cada una en su campo, tú en la Química y yo en las finanzas. El amor, sin embargo, seguía maltratándonos vilmente. Estaba fatal con su actual novio, demasiadas infidelidades cruzadas. Pensé que repetía sus errores, que no terminaba de entender los efectos que tienen. Aunque menos doloroso, acumulaba yo primeras citas desastrosas con otras mujeres en cadena. Rompió a carcajadas, por una vez en toda la tarde interrumpió su lamento. El tiempo transcurrió rememorando anécdotas que permitieron ver que lo esencial seguía igual. Cuando parecía que era posible un re enamoramiento (estaba a punto de besarla pero nunca lo reconoceré) apareció mi madre. La pobre mujer había pasado la tarde buscándome mientras atendía a los presentes. Conseguí contar con el tiempo necesario para decirte que mi móvil seguía siendo el mismo. Yo lo dije por quedar bien, me imaginé que tu facilidad para el despiste te ahorraría contactar conmigo.

Algo parece que nos reconduce al pasado, pero en este presente Ainara está con alguien y yo no estoy para caer en la misma trampa. Aquí he venido a dar un último adiós y parece que vuelvo a decir hola de nuevo.

(Pasa la semana desde su improvisado encuentro. Ainara está de vacaciones mientras que Iris sigue enfrascada en alguno de sus múltiples proyectos. De repente vuelve a sonar el móvil de Iris. Hace 8 años que no había notificaciones de Ainara.)

Ainara envía la canción «Nos vemos luego» de Colectivo da Silva, Iris sabe que no tiene elección. Iris ha perdonado pero el pasado no debe repetirse. Se intenta autoconvencer, pensando que esta chica ha olvidado completamente que no vivimos ya en el mismo sitio. No sabe que vuelve el huracán Ainara con más fuerza todavía y no tiene defensas construidas.