Dicen que los polos opuestos se atraen, aunque no siempre ha sido cierto. En el siglo pasado y anteriores, las sociedades eran más disciplinarias que en la actualidad: el individuo tenía pleno conocimiento sobre lo que podía y, sobre todo, lo que no podía hacer. Así pues, toda persona cuyo comportamiento se considerase extraño a la norma era etiquetada como criminal o loca. Justamente por ello era más común que los grupos sociales estuviesen determinados por las igualdades existentes entre los miembros. Sin embargo, a causa de la globalización desarrollada en los inicios del siglo XXI y que aún sigue creciendo, hoy vivimos en un mundo donde abunda la sensación de «poder hacer», y esto significa que, sin motivo aparente, los humanos nos creemos en la obligación de hacerlo todo: nos relacionamos indistintamente, acumulamos viajes como si fuesen trofeos, buscamos agradar, porque si no lo hacemos nos sentimos fracasados. O peor aún, lo parecemos a ojos de los demás.

Como ya he expuesto en artículos anteriores, nuestra sociedad se siente mucho más productiva cuando se sumerge en el multitasking. Y nunca está de más discrepar sobre las propias palabras: si bien cambiamos de actividad constantemente, este no es un comportamiento únicamente característico del ser humano globalizado. En su libro La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han afirmaba que “un animal ocupado en alimentarse ha de dedicarse, a la vez, a otras tareas. Por ejemplo, ha de mantener a sus enemigos lejos del botín. Debe tener cuidado constantemente de no ser devorado a su vez mientras se alimenta. Al mismo tiempo, tiene que vigilar a su descendencia y no perder de vista a sus parejas sexuales. El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades. De este modo, no se halla capacitado para una inmersión contemplativa: ni durante la ingestión de alimentos ni durante la cópula.” Y, en esencia, ¿no es eso a lo que nosotros, supuestamente racionales, dedicamos nuestra vida?

El filósofo Walter Benjamin fue crítico con esta conducta al subrayar que «la pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo existente». El cansancio es una de las consecuencias negativas de ese exceso de positividad – es decir, de actividad – del cual se caracteriza nuestra presencia en el mundo.

Y en el ámbito de las relaciones personales esto se transforma en un problema.

Según la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Eva Aladro Vico, se produce reversión «cuando un medio o extensión, cognitivo o sensorial, se lleva a su extremo, generando así el efecto inverso al que se quería producir, deteniendo el proceso y dejando la facultad o sentido extendidos en estado insensible o impracticable». Esta definición da explicación a fenómenos que suceden en la vida cotidiana: por ejemplo, cuando una persona abusa de la sal en las comidas, acaba perdiendo la noción del sabor. Del mismo modo ocurre con las relaciones de pareja.

Si bien es cierto que una relación de pareja es el medio más evidente que nos aporta la afectividad que, como seres humanos, necesitamos, la concepción tradicional de esta puede ser desconstruida a través de la teoría de la hiperestesia y la anestesia: en el momento en que un mismo estímulo – o una misma persona – se repite o se convierte en constante (hiperestesia), dejamos de percibirlo (anestesia). Y, en efecto, es así como funcionan muchas de las ilusiones ópticas realizadas por la Escuela de la Gestalt. Esto explica que muchas relaciones de pareja longevas se mantengan unidas por costumbre, pero no porque lo que reciban de la otra persona sea verdaderamente estimulante. Como señala Aladro, es la combinación proporcionada entre la señal – es decir, el estímulo – y el «cero» – es decir, la ausencia . lo que provoca una percepción plena. Así pues, ¿significa esto que debamos modificar nuestra concepción sobre los vínculos amorosos?

Este planteamiento se relaciona inevitablemente con la teoría sobre la carga informativa: el exceso de información es igual de contraproducente que la ausencia de esta. Del mismo modo que con la retención de datos, contamos también con un umbral de recepción de estímulos y si este se sobrepasa, no hace efecto. El mundo en el que vivimos se caracteriza por la inmediatez, pero estamos poco preparados para trasladar esa inmediatez al terreno de las relaciones; seguimos creyendo en la pareja estable y, sobre todo, consideramos que las relaciones son más valiosas en tanto que son más duraderas. Sin embargo, nos olvidamos de que para que la fórmula del amor moderno siga siendo efectiva, debemos añadir ceros.

Con una conducta estática y conservadora frente a nuestras relaciones, estamos convirtiendo a la otra persona, inconscientemente, en el águila de Prometeo.

Poco a poco la población va comprendiendo la tendencia que siguen los acontecimientos, aunque siempre quedará un sector rezagado que no comprenda por qué aplicaciones como Tinder o Plenty of Fish son tan necesarias como absurdas.

Como dice Byung-Chul Han, estamos inmersos en la sociedad del cansancio y eso se debe a lo anteriormente expuesto; llenamos nuestra vida de actividades – la excedemos de positividad -, descartamos el aburrimiento y, en consecuencia, acabamos aborreciendo nuestra rutina: de hecho, este sería el proceso perfecto para convertirse en una persona que se considera a sí misma fracasada. O, en el peor de los casos, depresiva.

En tiempos de coronavirus, esta teoría se demuestra más que nunca. Antes de esto, muchos dábamos por sentada la presencia de personas de nuestro alrededor (familia, amigos, parejas, compañeros de trabajo, etc.), pero más tarde nos chocamos con la ausencia de ese estímulo; gracias a ello, la percepción del reencuentro resultará mucho más satisfactoria. Sucede a la inversa con todas esas parejas que han convivido en la cuarentena de manera permanente y han descubierto que no están dispuestas a tolerar un cansancio innecesario.

En el Ensayo sobre el cansancio, Handke habla sobre un cansancio que separa: «los dós estábamos cayendo ya, cada uno por su lado; cada uno a su cansancio más propio y particular, no al nuestro, sino al mío de aquí y al tuyo de allá». Y es ese mismo cansancio el que percibimos en las caras de aquellos que se han dejado llevar por la monotonía de una rutina ajetreada.

A nivel teórico resulta interesante – y útil – averiguar por qué hay relaciones que agotan y por qué normalizamos esa no-percepción de los estímulos; en la dimensión empírica, hay muchos otros factores que influyen, como pueden ser las responsabilidades en común con la otra persona.

Tal vez este es un buen momento, único en la historia, para ajustar nuestros umbrales y reflexionar acerca de la manera en cómo planteamos nuestras relaciones personales, olvidando los estándares y recordando que existen alternativas – como las relaciones abiertas o espontáneas – para no caer en las garras de la narcosis, en términos de la profesora Aladro. Quizás algún día comprendamos que la tendencia humana nos conduce a colocar espacios en blanco en todo lo que hacemos.

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