Cuando la vida se para, empecemos a pensar

Fuente: Pixbay
La cuarentena nos ha obligado a parar, a detener nuestra agenda, a no tocar, abrazar o besar. Pero, sobre todo, nos ha obligado a pensar.

El confinamiento ha dado un giro a nuestra vida, ¿es la oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos?

Cuando vas a 180 km/h, un frenazo brusco puede acarrear las peores consecuencias. En un mundo
en el que se lleva la prisa por bandera y donde mantenernos ocupados se ha convertido en una
premisa social, toparnos de bruces con la realidad puede hacernos parar de una forma que hasta
entonces no habíamos experimentado.

Decía Flaubert que “el alma es una bestia feroz que siempre está hambrienta y que hay que
atiborrarla para que no nos embista”. Una concepción que ahonda en el sentido de nuestra
naturaleza como seres temerarios al vacío existencial. Ese horror vacui del arte, el temor a la hoja
en blanco, el miedo a la nada que inunda nuestras vidas cuando estas dejan de rezarle a una
productividad autoimpuesta.

La cuarentena nos ha obligado a parar, a detener nuestra agenda, a no tocar, abrazar o besar. Pero,
sobre todo, nos ha obligado a pensar. Qué es el pensamiento sino otra forma de dar vueltas a la
vida cuando no podemos girar a su alrededor. Estas cuatro paredes que encierran ahora nuestra
libertad no son las únicas que amordazan nuestra existencia. Sin embargo, son las primeras que
nos hacen reflexionar sobre ella y por eso nos angustia. Porque los problemas son mucho mayores
si los miramos desde dentro, en lugar de verlos pasar en la vorágine engañosa en la que se
constituía nuestra vida.

Nos movíamos como cuerpos en suspensión, dentro un torrente continuo de personas y de
actividad, como meros autómatas que seguían las instrucciones de la rutina. Pero cuando esta
para, ¿qué nos queda sino vacío? Ese que intentamos llenar a toda costa, con y sin motivo, para
no volver la vista a nuestro alrededor, para no ver la realidad. El descanso que pedíamos a gritos
es ahora nuestra prisión, pues nada duele más que el deseo que se transforma en obligación y nos
encierra.

Pedimos al tiempo que nos regalara más horas, pero toda demanda tiene un precio. A cambio nos
arrebató la libertad. Qué paradoja pensar que cuando tenemos ocupaciones nos falta tiempo y que
cuando tenemos tiempo no sabemos en qué emplearlo. Hemos sido educados en la cultura de la
prisa, somos expertos en “multitasking” y actuamos en base a los cientos de estímulos que nos
llegan cada día por la televisión o por nuestras alabadas redes sociales. De esta manera, nos
mantenemos tan ocupados que no podemos pensar. El saber no ocupa lugar, pero el pensamiento
parece que demasiado.

En un mundo en el que la palabra “aburrimiento” se ha borrado de nuestro vocabulario, hoy es
nuestra condena, ¿o acaso un regalo? En estos días tenemos la oportunidad de reflexionar y
recrearnos en nuestros pensamientos, de decidir si queremos hacer un cambio o, simplemente, de
darnos cuenta de qué y a quiénes tenemos a nuestro lado. Quizás sea hora de aceptar que no
podemos ir por la vida con los ojos vendados, presos del hábito, y ajenos a lo que tenemos a un
palmo de nuestra mano. Quizás sea hora de pararnos, de pararnos a pensar.