Cuestión de principios

Fuente: @Zaragoza_Plan. Restaurante Bodegón de Azoque, Zaragoza

Fuente: @Zaragoza_Plan. Restaurante Bodegón de Azoque, Zaragoza

Como muchos sabréis, este fin de semana he tomado la decisión de dejar el partido en el que he militado los -casi- últimos tres años. No ha sido una decisión fácil, ni mucho menos una decisión improvisada, sino una mera cuestión de principios, y de coherencia. Siempre me he considerado una persona de corte progresista -republicano, ateo, abierto a la conquista de nuevos derechos fundamentales de algunas minorías…- pero también me considero en gran medida socioliberal y, sobre todo, defensor de la buena gestión de lo público.

Estos últimos meses han resultado demoledores para una inmensa mayoría de la sociedad; una pandemia catastrófica ha dejado tiritando al mundo tal y como lo conocemos. Y en medio de este caos, la política no ha sabido estar a la altura. Los políticos no han sabido estar a la altura. Independientemente de su ideología o signo político, durante los meses pasados en España hemos asistido únicamente a un continuo “tira y afloja” por la consecución de intereses particulares, obviando en muchos casos las mejores soluciones para España. El mundo llegó tarde a la detección temprana de la pandemia, y en España lo pagamos con creces. Por otra parte, ni en las novelas más surrealistas podíamos prever tal catástrofe, por lo que siempre me ha parecido cainita y destructivo emplear esto como argumento político.

Desde el comienzo de la pandemia, los errores de gestión han sido la tónica habitual, y esto sí que no tiene un pase. Ante el descontrol inicial de la pandemia, la saturación hospitalaria, la presión de la oposición y el miedo general el Gobierno optó por un confinamiento domiciliario que muchos consideramos una suerte de encarcelamiento. Probablemente tampoco les quedó otra opción, pero tener a personalidades como Iván Redondo dirigiendo el país y gobernando a golpe de encuesta demoscópica tampoco permite establecer estrategias a largo plazo sino meras acciones cortoplacistas. Por si esto fuera poco, la presión política de una oposición interesada en tumbar rápido el Gobierno y una situación sanitaria deplorable llevo al Gobierno a promover un cierre patronal. Las encuestas invitaban a tomar la decisión en Moncloa. Porque claro, “la salud está por encima de la economía”, aunque con la medida solo contribuyas a destruir la economía sin mejorar la salud, y a generar pobreza que, en el largo plazo, solo redunda en una peor salud de los que sobreviven. Esta fue, desde mi punto de vista, la primera gran “cagada”. Quince días nocivos que destruyeron de un plumazo casi la quinta parte del PIB trimestral sin que esto sirviera para salvar vidas. En abril y mayo, seguían muriendo los mismos.

Mientras tanto, el sistema sanitario colapsaba, las residencias de ancianos estaban fuera de control, y la policía y el ejército solo servían para controlar los movimientos de la gente. La movilización de recursos y personal sanitario fue tardía y estuvo mal gestionada. Por si fuera poco, algunas Comunidades -competentes en la materia- sólo se preocupaban de hacer oposición al Gobierno Central al mismo tiempo que morían ochocientas personas al día.

Llegó el verano, y ante la ruina que se avecinaba, el Gobierno abrió el país. Había que reactivar el país para que la pobreza no asolara las ciudades y, por otra parte, ya era hora de poder salir a la calle después de tres meses de prisión domiciliaria. A todos esos “expertos” desgraciados que dicen que desconfinamos rápido, habría que haberlos metido en un bajo interior de cuarenta metros cuadrados de esos que se estilan en Madrid. La cuestión no fue que desconfináramos rápido, sino que desconfinamos mal. En mi caso, aún no podía volver a Zaragoza a visitar a mi familia pero ya podía ir de discotecas por la noche. Aún no podía cambiar de provincia pero ya podían venir “guiris” de Alemania a tomar el Sol a Baleares. “¿A qué se va a una discoteca?”, preguntaba yo a mis amigos. “A ligar y a follar”, les respondía. Señoría, no hay más preguntas. Seamos responsables pero permitamos las actividades más nocivas y fomentemos el uso masificado del transporte público.

Desconfinábamos, pero el transporte urbano no mejoraba las frecuencias para evitar los contagios en la masificación y Renfe reducía sus servicios a la mitad respecto a antes de la pandemia. Era muy peligroso ir de Madrid a un pueblo remoto de la Meseta pero ir de Madrid a Getafe en un Cercanías de Renfe masificado estaba de puta madre. Claro, pagaba Ábalos.

Paralelamente, y en la dirección de corresponsabilizar a las diferentes administraciones en la gestión de la pandemia, el Gobierno Central transfirió -en mi opinión acertadamente- la capacidad de solicitar el estado de alarma y otras medidas de apoyo a las autoridades sanitarias competentes: las Comunidades Autónomas. Y estas, como era de esperar, tampoco lo supieron hacer mejor. Durante el verano vimos un reguero de acciones de lo más variopinto: Desde el alarmismo inicial de la Generalitat de Cataluña, a quien se le escapó la pandemia por donde menos se esperaba -los temporeros de Lleida- hasta la inacción de la Comunidad de Madrid a quien solo le importaba seguir gastando poco en la Sanidad Pública -con excepción de los ladrillos del hospital de pandemias sin médicos de Valdebebas- y que la burbuja madrileña no se desinflara, tratando de reactivar sin éxito un modelo de ciudad que se ha demostrado caduco e insostenible. Mientras tanto, otros gobiernos como el de Aragón, hacían como que hacían aunque lo único que supieran hacer era confinar municipios en lo que los tribunales -acertadamente- les quitaban la razón por no saber tomar otro tipo de medidas sanitarias menos restrictivas de derechos fundamentales.

Se acabó la malograda temporada de verano y, entonces, todo colapsó. Los negocios cayendo por docquier, como nuestro clásico zaragozano “Casa Pascualillo», pero el sistema sanitario seguía igual. Las residencias seguían siendo lugares donde fallecían muchos ancianos, y seguían sin ser medicalizadas. La atención primaria estaba colapsada, pero los señores funcionarios del Estado seguían trabajando sus siete horitas de ocho a tres. No vaya a ser que en una situación excepcional tuvieran que “currar” diez horas al día, por la mañana y por la tarde -evidentemente, de manera retribuida-. Y las UCIs continuaban sin ampliar sustancialmente el número de camas respecto a primavera cuando lo que está sucediendo era, simplemente, más que previsible.

Llegó octubre, y como la situación empeoraba, comenzaron las medidas creativas. La vuelta al cole sí, pero con las ventanas abiertas. En serio, un inciso, ¿quién es el subnormal profundo que pensó que dar clase en invierno con las ventanas abiertas era una buena idea? No morirán de COVID pero ya los mataremos, si no, de una neumonía. La hostelería se convirtió en el gran objetivo de las medidas. Aforos del 75, del 50, del 25%, terrazas sí, interiores no, bares sí pero solo durante el día… Hasta el cierre total en algunos sitios como Aragón, Navarra o Cataluña. Debe de ser que el virus trabajaba ahora en el turno de noche. Personalmente, nunca me he creído que en un restaurante te contagiaras más que en otros ámbitos de tu vida. De hecho, dentro de unos años nos enteraremos de que la mayoría de contagios se produjeron en el ámbito doméstico porque el gran problema de España sigue siendo el mismo que hace décadas, incluso para esta situación: La vivienda.

No se tomaban medidas sanitarias, y eso es justo lo primero que habría que haber hecho: Haber reforzado la atención primaria con mayores jornadas de trabajo de sus profesionales, mejores retribuciones, y todas las nuevas contrataciones que el mercado laboral permitiera. Por cierto, creo que nos vamos enterando ya el gran error que ha sido permitir durante años y años restringir tanto los números clausus de las Facultades de Medicina como de las plazas MIR en pro de un mayor corporativismo de sus profesionales.

Los hoteles vacíos, que podrían haber servido de segundas residencias para aquellos domicilios donde los ancianos viven hacinados con sus nietos coronavíricos seguían sin uso. La policía se paseaba “quemando diésel” que daba gusto por las ciudades, vigilando terrazas, mascarillas y horas de cierre sin hacer nada útil como prestar asistencia domiciliaria a todas aquellas personas que lo precisaran.  Surgían fiestas clandestinas, bares que se saltaban las normas de aforo, personas que se saltaban la cuarentena, pero pagaban justos por pecadores.

Y en medio de esto, Madrid seguía sin reforzar su sistema sanitario y provocando el caos en toda España. Aquí es donde se demuestra la valía de un gobernante, y Moncloa no estuvo tampoco a la altura. Era necesario intervenir Madrid, con un 155 incluso, pero no para confinar. No para encarcelar, sino para intervenir la Consejería de Sanidad y ponerla al servicio del interés general de la ciudadanía, haciendo lo que a Ayuso no le daba la gana hacer. No supieron o no quisieron hacerlo. Tal vez porque tampoco habrían sido capaces de hacerlo mejor.

Y llegamos a este fin de semana. Un Estado de Alarma que, todavía, no es como el de marzo, pero que ya nos ha dejado sin Navidad y sin Semana Santa, y que faculta a los Presidentes Autonómicos a cerrar sus Comunidades Autónomas como si esta medida por sí sola fuera útil para algo.

¿Que por qué me voy? Es una cuestión de coherencia, es una cuestión de principios. Para quienes no nos dedicamos a la política más que por principios y no somos parásitos del sistema, los últimos seis meses son el mayor esperpento que ha visto la historia democrática de España. Por culpa de todos. Hace tres años la ilusión de impulsar algo nuevo en medio de tanta desigualdad, tanta precariedad y un futuro tan complicado para los jóvenes me llevó a dar el paso. Hoy creo que es momento de dar un paso atrás.

Por otra parte, la vida en las Agrupaciones locales ha demostrado ser una gran decepción. Las mismas son, en muchos casos, un fiel reflejo de lo peor de la Sociedad, plagadas de mediocres sin oficio ni beneficio que solo buscan ocupar su puesto en el Partido como forma de subsistencia y agencia de colocación laboral. La política no puede ni debe ser una profesión. Para ello, las tácticas caciquiles siguen estando a la orden del día.

Ojalá, algún día, la política española esté abierta a colaborar desde una perspectiva constructiva para todos aquellos perfiles técnicos, independientes, profesionales, que con su ideología claramente definida no buscan participar de una guerra de trincheras que, afortunadamente, hace muchos años que quedó atrás. La Sociedad no puede estar al servicio de los Partidos Políticos ni mucho menos de sus dirigentes e intereses particulares. Están aquí para servir con acierto, para ello cobran y por ello se les elige.  La crisis que hemos provocado no va a dejar otra opción, pero mañana puede ser ya demasiado tarde. Nuestro futuro lo estamos construyendo ya.