De las Torres Gemelas al tren de aterrizaje de un avión en Afganistán

Entre el atentado del 11-S y la huida de Estados Unidos de Afganistán distan casi 20 años. Un tiempo que parece perdido tras la toma del país afgano por parte de los talibán. Ambos acontecimientos han dejado la misma imagen que ya queda impregnada en nuestras retinas: Desesperación que acaba culminando en personas cayendo a la nada.

Esta semana hemos tenido que ver una de esas imágenes que no se olvidan nunca. Personas buscando huir del terror talibán y cayendo al vacío de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul desde el tren de aterrizaje de uno de los aviones enviados por Estados Unidos. Imágenes que recuerdan a las vistas tras el ataque terrorista del 11-S, personas desesperadas que caían en pleno centro de Nueva York tras el impacto de los aviones. Es desolador que esta guerra empiece y acabe con la misma representación que evoca tragedia, angustia y desesperanza.

El papel de Estados Unidos

Biden ha querido poner fin a la guerra más larga de la historia de los Estados Unidos de América. El plan llevado a cabo para ello es claramente una derrota geopolítica que ha dado alas a China. Todo esto ha dejado en evidencia los puntos flacos de la política exterior americana y de occidente al no ser capaz de ver el rápido avance talibán. Pero esa no es la cuestión, sino si realmente era necesario permanecer en Afganistán tras haber culminado el objetivo principal con el que se llegó: Acabar con Al-Qaeda.

No es la primera vez que Biden nos hace pensar que era hora de finalizar, o al menos de no seguir incrementando la inversión en la guerra. En 2009, mientras ejercía de vicepresidente de la administración Obama, dejó claro que no era necesario aumentar el número de tropas allí. Para Obama, esto era una guerra de necesidad en busca de dotar a Afganistán de unos valores democráticos y en libertad. Pensábamos que todo volvía a girar bajo el papel americano de liberador de países y garante de la democracia mundial, pero el propio Biden lo rechazó hace unos días en una declaración tras la toma de Kabul: “Nuestra misión en Afganistán nunca fue construir un país unido y democrático. Nuestro único objetivo permanece igual que desde el principio: evitar un ataque terrorista en los Estados Unidos”. Como digo, no es lo mismo que defendía Obama.

Por esto, la situación actual no es sólo culpa de Biden, también lo es de Trump, Obama y Bush. Pero sobre todo del pensamiento imperialista político militar que tradicionalmente rodea a los Estados Unidos. Ahora ha sido Afganistán, pero la lista en la que EE.UU. ha querido ejecutar este «nation building» es muy larga. Japón o Alemania fueron ejemplos satisfactorios. Vietnam, Somalia, Haití o Bosnia, dicen lo contrario, y es que la mayoría de las veces que se intenta este proceso, acaba siendo muy poco exitoso.

Crisis de exiliados

Volvemos a estar en la casilla de salida. El mundo tiene la sensación de que todos los esfuerzos humanos y financieros no han servido para nada. Estados Unidos y Europa dejan abandonados a la población afgana. A la gente que creyó en ellos y en sus promesas de hacer un Estado democrático. Se prevé ahora una nueva ola de refugiados hacia Europa con la memoria puesta aún en la producida por los ciudadanos sirios en 2015. Mientras Afganistán sea el centro de la actualidad la mayoría de los países europeos muestran su predisposición de ayuda en mayor o menor medida, pero ¿Qué pasará cuando esto no ocupe las portadas de los periódicos?

Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa, guiña a la derecha a la vista de elecciones en el país galo y avisa: “La desestabilización de Afganistán supone un riesgo de inmigración irregular hacia Europa. Pondremos todo de nuestra parte, pero Europa no puede ser la que afronte las consecuencias de la situación actual». Muchos exiliados se quedarán en los países limítrofes como Irán o Pakistán, pero es previsible que estos llegarán al viejo continente. Europa tiene una responsabilidad que asumir después de la guerra y es acoger de la mejor forma posible a las personas que lleguen desde Afganistán.

Aquí acaba una partida de ajedrez. Estados Unidos ha recibido jaque mate y su jugada muestra que apostó por una acción geopolítica imperial antes que una de colaboración y creación. Como comentó Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, “Para los que defendemos los valores democráticos y los derechos humanos en el mundo, estas imágenes tienen que obligarnos a reflexionar cómo podemos hacerlo mejor». Lo que ha acontecido en Afganistán es una derrota de occidente que hay que reconocer y analizar. Hay que mirar las causas y las consecuencias que nos han hecho llegar hasta aquí. Todo por evitar las tristes imágenes de personas volviendo a caer al vacío, ya sea desde un edificio que está siendo atacado, o desde un avión que está huyendo de un país.