Como una segunda parte a Doble Cerradura, llega De Vuelta sobre el manejo de la depresión tras experiencias traumáticas.

Esperaba oír esa palabra, hace tiempo que lo sentía. Sin embargo, el hecho de bautizarlo no lo convirtió en una ceremonia alegre. La palabra depresión salió de los labios de la psicóloga y tiñó de negro todo a su alrededor. Ahora, a las puertas de la vuelta a clase, no sabe cómo hacerlo. Le cuesta concentrarse y prestar atención, realizando un esfuerzo sobrehumano, va a tratar de contar su historia.

El año pasado por estas fechas estaba en la cúspide. Había aterrizado en la Isla Esmeralda y nunca había estado tan rodeada de gente joven. Iba a ser un año para no olvidar. O eso le habían contado. Un virus la dejó atrapada y sola en un frío apartamento del que era imposible quitar cualquier  suciedad. Por si fuera poco, la nariz solo era capaz de captar un persistente olor a marihuana que quitaba la respiración. Noches y noches mirando al infinito mientras cenaba.

Todo ello acabó, pensó que al volver todo quedaría lejos, llenando una habitación vacía. Llegó a una España que atravesaba un verano fatal como ese del que hablan Cristina Rosenvinge y Nacho Vegas. (Y eso que la primavera distaba mucho de haber estado calmada en algún momento). Hubo que meter un espíritu joven en las normas de precaución, cambió de ventana desde la que mirar al mundo. Tenía miedo a dejar su ciudad, hubo que irse de vacaciones. Las vacaciones más insípidas de su vida; no deja de notar la muerte de una época.

Septiembre apareció entre las hojas del calendario, sabía que tenía que encontrar el valor para marcar el teléfono. Había mucho que poner en orden. A un periodo salvaje como un Erasmus se le había sumado una pandemia que le encerró en una jaula y se olvidó. Un Robinson Crusoe conectado a través de Internet pero sin Viernes.

No estaba bien, hacia tiempo que no había ganas de nada. No era capaz de sentir ilusión ni alegría, se había destrozado por dentro. Se había visto forzada a pasar una prueba de vida que jamás debería haber sucedido. Como los jóvenes que en el pasado se vieron obligados a ir a la guerra. Había salido herida, pero sin  horrendas amputaciones precariamente tratadas. Herida emocionalmente de una forma desconocida. Esperaba oírlo, pero eso no lo ha hecho más sencillo. Ponerle nombre para poder doblegar a la fiera y enseñarle a salir. Es una alumna rebelde y extremadamente difícil, como un animal salvaje.

A pesar de los coletazos de este estado, intenta sacar fuerzas. Si bien es cierto que la capacidad de atención no está en su funcionamiento óptimo, no queda otra. Habrá que adaptarse a un sistema que ha ido cortando lazos afectivos, en el que mirar durante horas una pantalla es la única forma de educarse. En el que la presencialidad rendirá un diario homenaje a Fray Luis de León. Decíamos en marzo pensaremos muchos en este septiembre al tiempo que nos frotamos las manos con gel hidroalcohólico.

Ha ido haciendo acopio de material escolar como lo ha hecho siempre. Ha adquirido la agenda más colorida y recargada que había en la tienda en honor a la película La Llamada. Imposible no querer empezar si tienes una estampa de sor Francisca Salas cerca. Es ir haciendo cosas como si no pasase nada, sabiendo que el miedo lo domina todo. Sabiendo que vive un momento en el que le es imposible llegar a comprender un email o una lectura densa. Quizá le ayuda ocuparse.

No será fácil, de su cajón no solo ha desparecido el mes de abril, echa de menos otras cosas. Las ganas y la ilusión se han esfumado sin dejar rastro. Posiblemente sean como los perros y recuerden el camino de vuelta a casa.

Ella, mientras tanto, procurará volver. Esta vez de verdad.

Dedicado a Nando López