Puede que esto sea en toda regla un acto de denuncia social. Denuncia social hacia todo lo establecido con total normalidad desde hace mucho tiempo. Pero pongámonos en situación: una familia bangladeshí cuyos miembros, la inmensa mayoría, trabajan cada día en una enorme fábrica textil de una de las grandes marcas de la actualmente tan famosa ‘fast fashion’. Dicho así, no suena tan mal, parece un trabajo como otro cualquiera; pero la realidad no es esa.

La realidad se encuentra en una posición mucho más baja en esta cadena de lujurias. Y la realidad es que esta familia no sabe si volverá a casa, a ver a sus hijos, hermanos o padres, después de una larga jornada laboral con infinitudes de peligros contantes. Pero esto no lo vemos por televisión en el informativo de las tres; esto no ocupa las portadas de la prensa sensacionalista, parece que esto no está pasando. Pero si, está ocurriendo ahora mismo.

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Mientras merodeamos los concurridos centros comerciales, fisgoneamos por las tiendas que los componen, y al fin, encontramos esa camiseta que tanto ansiábamos, y… ¡qué alegría! Solo nos costará unos tres euros, qué económico pensamos. Ahora bien, mientras todo esto sucede, ¿qué está sucediendo detrás y paralelamente al proceso? Lo que nadie nunca nos cuenta. Esa familia bangladeshí que para poder llevarse un bocado a la boca pasa 16 horas  al día trabajando entre residuos químicos y demás productos tóxicos. Tampoco se armó mucho revuelo cuando una fábrica de varios pisos de altura, que poseía una de estas grandes multinacionales que en parte controlan el mundo, se derrumbó dejando bajo sus restos más de 1000 trabajadores muertos, la catástrofe del Rana Plaza.  ¿Es esto ético?

Desde un punto de vista verde, tampoco es sostenible. ¿Sabías que hay miles de niños que nacen con malformaciones físicas y psíquicas por culpa de los vertidos tóxicos que inundan ciudades como Dhaka? Vertidos que acaban en mares y ríos, aumentando a un ritmo de vértigo los niveles de contaminación. Esta industria de la moda, aunque algunos puedan pensar que no, es la segunda más contaminante del mundo, tras la del petróleo.

Nada va bien. Pero parece que hacemos oídos sordos, seguimos fomentando el consumismo, o mejor dicho, el capitalismo del consumo, que tantos estragos está causando en el tercer mundo, la tierra más explotada pero con menos recursos vitales. ¿No deberíamos replantearnos el modelo de consumo? Quizás, pensar un poco más en lo que hay detrás de todo.

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