El mejor viaje posible

Somos muy pocos los que preferimos enfrascarnos en una aventura emocionante, somos muy pocos los que elegimos imaginar una historia en nuestra mente que verla en una gran pantalla, somos muy pocos los que sabemos apreciar el valor de un libro recién comprado, somos muy pocos los que asaltamos las librerías cuando esperamos al lanzamiento de un libro. En definitiva… somos muy pocos. Y ese es el problema.

En una sociedad con iPads, iPods, programas absurdos de televisión y alguno que merece la pena (sí, alguno hay), videojuegos, videoconsolas de todas las marcas, colores y tamaños, ordenadores, móviles en los que puedes encontrar de todo (whatsapp, facebook, twitter, juegos de todo tipo, mensajes de texto y de voz, cámara de fotos y de vídeo, internet… e incluso alguna llamada), etc…, somos muy pocos los osados que encontramos atractivo en un libro.

Somos muy pocos los que preferimos enfrascarnos en una aventura emocionante, somos muy pocos los que elegimos imaginar una historia en nuestra mente que verla en una gran pantalla, somos muy pocos los que sabemos apreciar el valor de un libro recién comprado, somos muy pocos los que asaltamos las librerías cuando esperamos al lanzamiento de un libro. En definitiva… somos muy pocos. Y ese es el problema.

La lectura forma parte de educar en valores. Leer fomenta la imaginación, la creatividad, la fantasía y aumenta la capacidad crítica, así como la mejora de la concentración y atención, mejora la comprensión de relaciones entre las cosas y la formación de conceptos. Algunos libros ayudan al cambio de actitudes. Leer ayuda a soñar, a viajar, crear y pensar, incluso reír, porque hay niños que mientras leen, se ríen a carcajadas.

Yo comencé a leer a muy pronta edad (a los 3 años, según mi madre) y desde entonces no he parado. Por mi mano han pasado decenas y decenas de libros; desde los obligatorios en el Colegio hasta los que me han regalado y he comenzado a leer por compromiso (de éstos no he acabado ninguno). Pero yo me quedo con todos los que me he comprado, con los que esperado impacientemente a que vieran la luz y que he estado leyendo hasta altas horas de la madrugada. Y en este capítulo, merece una mención a parte JK Rowling.

Una mención de agradecimiento, como no puede ser de otra forma. Gracias a Harry Potter cuando verdaderamente amé la lectura. Tengo extraordinarios recuerdos de mi infancia y mi adolescencia junto a esos libros. Y si hay algo por lo que siempre estaré agradecido a JK Rowling es todo lo que me enseñó cada personaje de la saga.

Hermione me enseñó que la lectura puede salvarte la vida. Luna Lovegood me enseñó valores como la tolerancia y el respeto al diferente. George y Fred me enseñaron el asombroso poder que tiene la risa. Snape me enseñó que no todos los héroes llevan capa. Hedwig me enseñó el amor a los animales y el dolor de la pérdida de nuestros seres queridos. Ron me enseñó que la falta de confianza se puede superar si crees en ti mismo. Hagrid me enseñó que nunca hay que juzgar un libro por su portada. Neville me enseñó que sólo las grandes adversidades revelan tu verdadero “yo”. Lilly Potter me enseñó que no hay nada más poderoso que el amor de una madre. Voldemort me enseñó que no merece la pena vivir sin amor. Harry me enseñó que hay causas por las que merece la pena morir, pero no matar. Y Sirius me enseñó que aquellos que nos quieren, nunca nos abandonan.

Recuerdo con especial nostalgia la sensación que tuve cuando terminé el último libro de la saga, hace ya más de siete años… Esa sensación de vacío, de pensar que ya había terminado todo… esa sensación sólo se adquiere leyendo con avidez y queriendo a un personaje que no existe más allá de las páginas de un libro.

Gracias, JK. Gracias por el mejor viaje posible.

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