Entrevista a una mujer cualquiera

 

  Luminosa mañana en Zaragoza. El sol se enrolla en el horizonte y preña mis pasos de un calorcito estupendo. Mi autobús hasta aquí ha sido una tortura, el histérico estruendo de un bebé, que más bien parecía una langosta en agua hirviendo, me ha dado ganas de abalanzarme sobre el conductor para atajar su existencia, y ya de paso la mía, en un épico accidente. Nada de eso. Aguanto estoico y frugal hasta mi cita con Nostalgia.

  Junto a la puerta del bar Juancho´s, me esperan ella y su amiga Rebeca. Recién acaban de terminar unas fotografías para el Onlyfans de Nostalgia. Pero no es su exhibicionismo de moda lo que me trae hasta esta maldita ciudad, habitualmente empapada en un viento que hoy da cuartelillo, sino su vida. Y digo, su VIDA, con todas las letras, porque haber sufrido malos tratos por parte de su novio durante tres años es algo que la perseguirá hasta el día en que se muera.

  Empezamos la entrevista por la puerta grande, como si de críos, antes de bebernos una cerveza, hubiésemos decidido tontear con la heroína. «¿Mi infancia?» dice ella resultona, clavándome la banderilla de sus falsos ojos color jade, « Pues, a ver, mi padre maltratador. Maltratado y ausente, claro, siendo maltratador, pues luego ausente. Mi madre ausente también. Figura materna, mi abuela. Yo hasta los 14 años no me pispaba de nada, lo veía normal. Pero luego, yo, todo el día frustrada porque entendía que mi padre trataba fatal a mi madre. Violencia, gritos, discusiones. Yo no quería que mi madre estuviese con mi padre, pero mi madre seguía, no me hacía caso. Y, bueno, mi padre, si le decía algo, sudando pollas… lo típico, ya sabes. Y ya, maltrato psicológico todo el día conmigo». Yo le aseguro; lo típico, precisamente, no es Nostalgia. Cómo decía mi madre, «en toda casa cuecen habas, y en la mía calderadas», pero, joder, para mí que en esta se pasaron un poco con los pimientos habaneros.

  Rebeca, chica encantadora, que está claro no dudaría en soplarte una hostia con desenvuelto desdén si le dijeses algún improperio, lleva diez minutos pidiéndole una cerveza a la camarera, pero ni puto caso. Algo le huele mal a la mesonera cuando ve una cámara sobre la mesa, una grabadora y un panoli despeinado despachando cervezas de un trago mientras escribe todo lo que le dicen dos mujeres que expiran carácter. ¿Fama, tal vez? ¿Algún asunto legal? ¿Trabajos académicos? Ninguna y todas a la vez, porque la fama le podría llegar a Nostalgia cualquier día, y su historia debería tratarse académicamente para poder emplear medios legales eficaces, evitando así que se produzca de nuevo.

  Demos un salto en el tiempo. Nostalgia tiene ahora quince años, edad de lo más tiernecita. Tras años viviendo en Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín, Nostalgia es ahora una chavala insegura, sembrada de pequeños traumas vacilones que vienen a recordarle constantemente que ella está hecha para un tipo macho, muy macho, pero que le solvente el cariño que anhela. El tío, según confirma Rebeca, hace su estelar aparición al poco de su dieciséis cumpleaños. Es un chico alto, introvertido, parece alguien especial con quien pasar tardes de peli y mantita, tumbarse a ser bañados por el sol en un parque, y sentir una poderosa experiencia sexual tallada en el sagrado mármol del amor…¡Oh!…Pues nada de eso. Le pregunto a Nostalgia por el desarrollo de los acontecimientos, mientras la posadera le sirve un pincho de tortilla y una caña. Rebeca, que se ha alejado para echarse un cigarrillo y le pide la ansiada caña, sigue siendo transparente para la buena de la mesonera. Se conoce que le ha visto cara de bruja, o de miratuertos.

  Engancho el vidrio y le arreo un poderoso trago. Se avecina tormenta. Toca escuchar las cosas que El tío le hizo a Nostalgia. El primer mes todo bonito, casitas y ensueño, un chico especial, de alma profunda y valores de película a lo Jennifer Aniston. No tarda mucho en, como Nostalgia me cuenta, «empezar a comportarse como un capullo. Me decía, «¿Ah, que tú vas a preparar la comida? ¿Crees que eres capaz de hacer dos filetes?». Siempre rebajándome, vamos. Y luego, me acuerdo un día en la cama después del sexo, pues yo me suelo poner los tangas algo subidos, por encima de las caderas, y él decirme «¿Cómo te puedes poner así los tangas?» Qué pareces una puta prostituta de mierda. Luego yo encerrarme en el baño con tajo ansiedad, y golpear él la puerta insultándome. Además allí empezó a no dejarme quedar con mi amigos, en fin, así…». Siento cierta presión al irritarme casi paternalmente con su historia. Ella, digna y divina, sólo se apena amablemente. Rebeca interviene, «También sería interesante contar que Él tío tenía fotos tuyas en su ordenador desde antes de conoceros. Las que le pillaste al año de estar juntos». ¡Uf! Me encanta. El tío es un personaje que haría las delicias de Truman Capote. A parte de maltratador- y eso que aun no he echado el solomillo Kobe en el asador de esta pieza-, un acosador estratégico, psicopático, probablemente el más goloso de los malos de película al que todo el mundo detesta.

  Pero adentrémonos en el núcleo de esta jugosa salsa de experiencias. Vayamos a más ejemplos concretos. Antes de cumplir un año, El tío se marca una función de torero con dos orejas. No es su mejor corrida, pero suficiente para que Nostalgia empiece a buscar ayuda psicológica. «Yo estaba con el móvil hablando con un amigo, como si hablo contigo, e íbamos en un autobús. Estábamos lejos, no, ¡lejísimo!, en una zona de descampados. Vio que estaba hablando con un amigo, me cogió el móvil, salió del bus, yo le seguí, y, cuando bajé y el bus se fue, me tiró el móvil al suelo y lo rompió. A mí me dio un ataque de ansiedad. Estaba paralizada. Él se acercó a mí, me dijo que era una zorra, me escupió en la cara, y se fue corriendo. Me dejó sola, allí, yo sin saber donde estaba y sin poder llamar a nadie». Vaya con el angelito… El abuso de poder es uno de los más intensos fetiches de los maltratadores. Conscientes de las debilidades de su víctima, se tiran a la yugular de sus incapacidades hinchando su orgullo con la indefensión que contemplan. Este patrón se repitió, según me cuenta, «incontables veces. ¡A lo mejor mil veces!», y aunque todos sabemos que es una exageración, seguro que a ella no le parecieron menos. Según Rebeca, «Protocolo básico. Me deja, le sigo, «no me dejes sola, no me dejes sola», él se pira, luego vuelve cuando el ataque de ansiedad está en lo más alto, y hasta queda como un héroe. Así lo hacía el cabrón». Intervengo, explico que Nostalgia y El tío tuvieron lo que Erich Fromm llamaba una unión simbiótica; él en condición de sádico que únicamente se realiza en la posesión de su pareja, y ella en condición de masoquista que sólo se realiza en su desposesión por él. Los dos salvaban la sensación de vacío de la existencia el uno con el otro, en codependencia, salvo que uno agredía, y el otro sufría. Ambas asienten. La he clavado.

  Me lanzo ahora a preguntarle por el susodicho. Al parecer, el tipejo, la fruta podrida del árbol de sus relaciones, también tuvo sus herencias. El tío arrastraba la pesada carga de un maltrato maternal, según Nostalgia, incluso mayor que el que él ejerció con ella, que seguramente lo encauzó al sadismo con el que tan reafirmado se sintió durante su romance. Resulta que la forma de desvelar sus propios secretos no fue otra que la crueldad, penetrando en Nostalgia a través de su sufrimiento y, ya de paso, exorcizándose del suyo. Una crueldad, sin duda, pero que casi parece normal, como el crio que, frustrado porque en el colegio le pegan, llega a casa y paga el pato con su madre, la más débil, la que, haga lo que haga, lo querrá siempre.

  Le pido tres ejemplos más. Los más heavys, esos que lo determinan todo. El primero, tal vez el más desagradable de todos, te hierve la sangre de rabia. Pero antes de narrarlo debo especificar que Nostalgia tiene un perro. Un animal sacado de un cuento de leyendas, grande como un lobo huargo, aunque manso como una vaca vieja. En fin, al tema. «Nah, un día estábamos discutiendo, ya no me acuerdo de porqué fue, y el caso es que a mí en un momento de la discusión se me fue la anchoa. Él tenía un bote de cristal con marihuana sobre la mesa y yo, pues de la mala hostia, se lo tiré al suelo. ¡Ojo!, no a él, al suelo, que lo recoges y ya está hermano. Pues a mí me dio un agobio tremendo y empecé a llorar. Entonces me agaché y empecé a recogerlo y, cuando acabé, me soltó un par de hostias en plan chill », intervengo, no hay hostias en plan chill. Ella confirma, pero lo decía en comparación con otras veces. Cierro el pico. Sigue su historia. «El caso es que me siguió pegando y yo lloraba, pero no hacía nada. No podía moverme. Y yo notaba que no le satisfacía, como que no se sentía realizado sólo con pegarme. Entonces cogió papel de cocina, bastante además, pilló una de las mierdas del perro que acababa de soltar durante la pelea, y vino así, lentamente, en plan: «mira lo que te voy a hacer», y yo en plan, no, por favor, no, y terminó restregándomela por toda la cara, el cuello, el pelo y todo maravilloso». Rebeca insiste al acabar el relato, «¡Y no es la más heavy!», y yo me lo creo, aunque esta verdaderamente me repugne.

  Las últimas dos son un pozo de goce. Da gusto escucharla narrar como El tío, no sólo la viola un día, sino que casi la mata otro. «Bueno, pues la cosa es que estábamos en mi casa y yo sentía que él me engañaba, así que le pregunté, desesperada, si estaba con otra. Él me dijo que si le preparaba la cena y le daba mi sueldo me lo contaba. Yo, loca, perdiendo la cabeza de la ansiedad, le preparé la cena (por suerte no le di el sueldo), y me lo dijo. Y, vamos, que sí. Así que yo rompí a llorar y me fui al cuarto. La cosa es que él vino, y yo le dije que se fuese, que no quería estar con él, así que no se lo ocurrió nada mejor que sacarse la polla, y hacerse una paja en mi cara. Yo le pedí que se fuese, que parase, pero él siguió y en un momento me bajó los pantalones e intentó metérmela. Pero, no sé por qué, no pudo y al final se fue. Y no porque yo hiciese nada, yo no podía hacer nada, pero se fue al sofá y al día siguiente se piró a Alicante. Pero vamos, que no llegó a ser una violación». Nostalgia, como muchas otras mujeres, sigue ciega ante lo que significa violar a alguien. Piensa que ha de existir una penetración violenta, agresiva y continuada, cuando cualquier acto sexual, del tipo que sea, perpetrado a alguien sin su consentimiento, es ya en sí mismo una forma de violación.

  La historia definitiva es, digamos, la guinda del pastel. No contento con arrearle leches cotidianamente, practicarle vejaciones regulares y tenerla comiendo de la palma de su mano como una perra apaleada, El tío, un día casi la mata. Este acto definitivo sería algo así como la cima del éxtasis de su condición de cobarde impotente, pues cuando la parálisis de la masculinidad es casi completa, el sadismo se convierte en el principal sustituto de ella.

  «Una vez hicimos un trío con una amiga. Un trío que fue un desastre, y yo se lo conté a Rebeca. Él, que me miraba el móvil a veces, vio los mensajes y se cabreó. Me dijo que por qué iba a tener que saber nadie que él no lo había hecho bien, que por qué lo tenía que dejar de inseguro, vamos, gilipolleces. Pero se lo tomó a lo loco, agarró una silla y me dijo: «siéntate que te voy a dar de hostias». Yo, acojonada, me senté, rollo papi…» Resulta inspirador que Nostalgia cuente esto con una sonrisa, casi como si fuese un chiste de humor negro. «Madre mía…Entonces me pegó. Yo lo hacía muchas veces del palo, «que me pegue y que se acabe ya», ¿por qué iba a decir que no, si iba a pasar de todas formas? Luego, no sé, el momento se me colapsa mucho en la cabeza. Yo me fui al baño, y me cambié, y en una de estas que me pilló en mitad del pasillo, me tumbó, me tapó la boca hasta casi ahogarme del todo, creo que no me mató porque conseguí darle un rodillazo, y me fui corriendo a la calle en bragas y camiseta. Él me siguió, pero la gente lo vio, llamó a la poli y él se fue». Nostalgia tiene el resto difuso. Pero de algo está segura, a los pocos días volvía a estar con él. Ella era consciente de todo. Tres años yendo a la psicóloga a hablarle de los malos tratos que sufría. La psicóloga, a todas luces una inútil del tamaño de Rafa Mora, no resolvió nada. Nostalgia volvía con él compulsivamente. Tenía un mono incombustible, lo que podríamos llamar un síndrome de abstinencia emocional. El tío la estaba matando, pero no podía vivir sin él.

  Durante este periodo Nostalgia se alejó del mundo. Nadie entendía la pureza de su relación. El campo de ojos morados y lloros que él sembraba, eran para ella prueba de sus incapacidades como mujer y muestras su pasión como hombre. Y es que el amor, más que ciego, lo distorsiona todo, y, si uno es débil o cobarde, las capas de sentimentalismo romántico pasan a transformarse en pastosas mantas de celos, dependencia y desprecio. Por eso Nostalgia me confirma que, aun siendo consciente de que El tío era un maltratador, un cabrón inmaduro y cruel, «me podía más el hecho de que no se fuese y estar con él, que todo el maltrato sufrido».

  La cosa termina meses antes de la cuarentena. Él se ha largado, abandonándola, como tiempo atrás sintió que hacía su padre, y Nostalgia afligida se refugia en Rebeca. Poco a poco, Nostalgia cambia de amistades, de relaciones, se olvida de él, a pesar de que el tipo insiste en mensajes y llamadas. Se llega a personar en su casa. Su presencia amenaza con destruir todo lo que ha construido. Vuelven las palizas, los insultos. Él vuelve a desaparecer, y esta parece la campana definitiva que marca el final de este sangriento combate. Nostalgia, abrigada por la cuarentena, consigue apartarse del todo. Rebeca entra en la conversación, «a veces no sé quién lo pasaba peor cuando volvía, si ella o yo…de verdad». Pero que el final de una pesadilla llegue, no implica que desaparezcan sus huellas. Nostalgia sigue sufriendo ensueños, esporádicas expresiones subconscientes motivo de los traumas vividos. Padece un menosprecio hacía sí misma regular. El sexo durante mucho tiempo fue un tabú, como ella misma dice: «algo inviable», cosa terrible pues le gusta disfrutar de él. En cuanto a las personas, Nostalgia confiesa padecer paranoillas excluyentes. Para ella, todo atisbo de abandono, mal gesto o silencio prolongado, puede provocar un huracán de emociones, frustración y ansiedad. Todo esto le hace afirmar, contundentemente, «una mujer puede estar maltratada sólo psicológicamente, y es muchísimo peor. Los golpes se curan, lo demás no desaparece».

  Ella sigue sonriendo como un adolescente al que le hacen su primera paja. Tal vez sea ese su problema; sonreír, sonreír para disipar el miedo y el asco que la acompañarán siempre. Su risa, inquieta y sincera, es la misma que debió haber detrás cuando policías y psicólogos le insistieron en que no exagerase, que lo suyo no era maltrato, sino un malentendido. Los cerdos, de tanto revolcarse en mierda, olvidan el olor de alguien que está empapado en ella, y acaban por darle poca importancia. «Sí, claro que denuncié, cuando ya vi que podía enfrentarme al tema, y que no tenía ninguna culpa. Lo hice más que nada por otras mujeres, para que  este tío no les joda la vida como me lo ha hecho a mí. Ahora estamos con un juicio. Pedí una orden de alejamiento, pero no me la dieron. ¡Y eso que tenía las fotos de lo que me hizo!». Rebeca interviene excitada, le toca de cerca. «No, pero es que fuimos a pedir la orden porque yo le dije que El tío iba a aparecer. Los muy inútiles no se la dieron y, ¿adivina?, a la semana y media el cabrón estaba esperándola en la puerta de su casa, y menos mal que estaba yo. Llamamos a la policía, la nacional tardó más de media hora, y nos dijeron que no podían hacer nada porque no había una orden de alejamiento. A todo esto, él ha seguido llamando en número oculto y se pasea por casa de Nostalgia bastante. Así que nos hemos hecho ya escoltas de Nostalgia, pasando a buscarla a casa y dejándola por si acaso». Como ya he dicho, despertar de una pesadilla no significa poder abandonar el miedo al baile de sombras de la oscura habitación donde se vivió.

  En resumen, ahora Nostalgia se encuentra; «con secuelas, pero de puta madre». Su pareja es un chaval rudo, pero encantador, que la trata como se merece. Disfruta de amistades y nuevos proyectos. El más sonado, su cuenta en Onlyfans, con la que se ha podido permitir alejarse de la precariedad y de la sombra dependiente de su padre, al que prefiere tratar de lejos. Le pregunto por sus inseguridades. Dice que no le afectan en la ficción de sus fotografías, siempre ha sido algo exhibicionista, incluso antes de existir esta red. Me enseña algunas. Que gasta un cuerpo espectacular es una obviedad -bendita tortura sostenida en un cuidado físico de bailarina reggaetonera-  pero es que sus fotografías también exhalan creatividad, esfuerzo y visión, elementos que las acercan, al margen de las más obvias destinadas a masturbadores básicos con sobredosis de Pornhub y Xvideos, a la condición artística. Nostalgia saca partido de esta sociedad hipersexualizada, ¿o es al contrario? Cabe pensar que ella no es más que el síntoma de una adicción. La expresión más cruda de una sociedad que se odia tanto a sí misma, como para no poder dejar de insistir a cada instante en la explotación de sus placeres. Luego, en la intimidad, en el tímido calor del hogar y los secretos, llegan las hostias, como las de El tío, que saben a redención por un pecado del que no se tiene constancia. Pero Nostalgia sabe lo que hace, lo disfruta, «A mí me gusta enseñar mi cuerpo. Me gusta currarme una buena imagen, una buena foto, y si encima puedo sacar dinero de ello, creando arte, y poniendo de paso a alguien cachondo, pues premio». Poco más que añadir.

  Terminamos la entrevista y abandonamos el Juancho´s. A Rebeca sólo le han servido una de las muchas cervezas que ha pedido. La mesonera se alegra de nuestra partida…creo que la bruja es ella. Un par de choques de puño con cada una después, camino hacía una siesta reparadora. El sol de Zaragoza me raspa la nuca, que gustito. Pienso en la turra de artículo que me va a salir, no puedo, como en otras piezas, dejar en el tintero casi nada. ¡Vaya! He olvidado una pregunta clásica, previsible pero indispensable de este tipo de entrevistas. Saco el móvil. Abro el WhatsApp. Escribo: «Nostalgia, ¿qué le dirías a las mujeres que están pasando por algo similar?», cito textualmente: «Yo les diría que nada de lo que su mente está pensando es culpa suya, que el único culpable y responsable de sus actos es él. Que aún que se sientan solas, o tengan miedo, es algo que se pasa, y que después de salir de un maltratador la vida te regala cosas, personas y experiencias maravillosas. Y que no duden en buscar ayuda psicológica, aun estando con él, para ser conscientes y salir de ahí. ¡Y que son fuertes y valientes, por estar viviendo eso y por todo lo que vendrá después!» El eco de mujer empoderada que destila Nostalgia nos recuerda algo al alcance de todas las mujeres; consciencia de su realidad, y nos dice igualmente que los fulleros maltratadores que disfrutan con la sumisión son productos de una sociedad rencorosa y que, antes o después, reciben su merecido, aunque muchas veces el castigo llegue demasiado tarde.