Estamos en continua evaluación, pero ¿nos lo merecemos?

La educación está empobreciendo y no sólo a nivel económico, también a nivel moral.

Todos hemos pasado por evaluaciones absolutamente en cualquier ámbito de nuestra vida: en el colegio, instituto, selectividad… Aunque ya no sólo en el ámbito de la educación. La sociedad nos examina continuamente, en una entrevista, en una función de baile; hasta cuando conocemos a alguien lo primero que hacemos es un escáner que nos de la primera impresión del sujeto en cuestión.

Pero centrándonos en el ámbito educativo, muchos estudiantes definen el instituto o la universidad con una idea concreta: estrés y ansiedad.

Todos nos hemos sentido así. La perspectiva general de los estudios se basa en miedo y ganas de llorar en vez de ganas de aprender ¿Es así como nos debemos de sentir?

Hasta niños de 9 y 10 años tienen un sistema de evaluación continua en la que tienen una semana repleta de exámenes cada 15 días. Mi hermano pequeño, de 10 años, tiene una mínima de estudio diaria de unas 2 horas y media. Diez años sí. Hace 8 años a su edad a mi me bastaba con 1 hora como mucho. Un programa educativo en el que en 5º de Primaria ya tienen que saber todas las capitales y el mapa geográfico del mundo. ¿Qué les van a enseñar cuando estén en 4º de la ESO? ¿Un proyecto basado en el experimento científico de células madre?

Esto se debe a que el programa de educación (al menos el español) se centra en las calificaciones. Basa la enseñanza en memorizar cientos de temas que irán examinando con frecuencia; que después se olvidarán tres días después del examen en cuestión. Examinan la capacidad memorística de los estudiantes; dejando de lado ámbitos básicos en la enseñanza, como la comprensión o la lógica.

Cada vez se quiere formar más a los jóvenes, hacerles competitivos, tanto, que dan materia de Bachillerato en Primaria. No hay más que ver que hoy en día tener una carrera es tan normal como tener dos piernas, y si no tienes un máster no eres nadie en el mundo profesional.

Imaginad el nivel de competitividad: presentan nuestras calificaciones en rankings de centros educativos locales, provinciales e incluso mundiales para ver qué institución es mejor. Ha decaído la enseñanza en que el alumnado sea un mero objeto de competición; desechando a los “malos estudiantes” que pueden bajar la prestigiada media de la escuela.

La duda que os debéis hacer es ¿Merecemos una educación así? Yo os digo la respuesta: NO. Y está en nuestra mano cambiarla.