Hostelería: crónica de una muerte anunciada

La situación actual de la hostelería es prácticamente insostenible. Un sector que aún no ha muerto pero que desde hace meses agoniza tras verse fuertemente afectado por la pandemia del coronavirus.

La situación actual de la hostelería es prácticamente insostenible. Un sector que aún no ha muerto pero que desde hace meses agoniza tras verse fuertemente afectado por la pandemia del coronavirus. Al sector de la restauración, el ocio nocturno y los alojamientos cada vez le queda menos oxígeno que poder respirar. Un veinte por ciento de los locales no han vuelto a abrir después de ‘echar el cierre’ por la crisis epidemiológica que se vive. Pero no sucumben ahí los problemas, pues se aproxima una gran oleada de cierres que podrían ahogar a un sector que está a un pequeño empujón de caer en la desdicha.

Turistas nacionales como salvación

Lo que se está viviendo dentro de los hoteles es tristemente preocupante. Desde hace una semana, me alojo en uno —mejor definido con la palabra inglesa resort— perteneciente a una gran empresa española que cuenta con numerosos hoteles de este tipo. La conclusión es clara: los locales estamos salvando los puestos de trabajo de personas que mantienen familias enteras con su sueldo. El noventa por ciento de los alojados en el hotel son españoles. En su mayoría —y algo normal teniendo en cuenta que el complejo se encuentra en la isla de Fuerteventura— son canarios. La pregunta es, ¿hasta cuándo se podrá sostener esto? La respuesta no está muy clara, pero no presta mucha positividad.

Los nacionales solemos terminar nuestras jornadas vacacionales en el mes de septiembre, mientras que la hostelería canaria encuentra en los meses de otoño e invierno su temporada más alta. Meses en los que se nutren, en una aplastante mayoría, de turismo extranjero que huye del frío y se refugia en el clima cálido de las islas. Huelga decir que en Canarias el turismo tiene una importancia extrema. Da de comer a muchas más personas de las que los propios hoteles tienen en nómina: «Ahora mismo, este hotel es el único abierto de los cuatro que tiene la cadena en la isla de Fuerteventura. Es realmente preocupante, ya no solo por los propios trabajadores; si nosotros cerramos, dejamos de comprarle el queso al quesero que lo produce y así con infinidad de productos locales que aquí adquirimos» —confesaba un trabajador de la dirección del hotel.

Un pie fuera y otro dentro del hotel

Todo esto repercute y es notorio en los propios empleados del complejo hotelero, a los que no solamente no se les ve motivados, sino que tampoco se les oye hablar de otra cosa que no esté relacionada con sus puestos de trabajo. «El hotel que tenemos aquí al lado, y que está frente a la playa [hotel enorme y de una prestigiosa cadena española], solamente tiene veinticinco huéspedes. Mañana cierran. Lo mismo pasó con un hotel que tenemos a ochocientos metros y que es de nuestra misma cadena. Los pocos huéspedes que había los trasladaron aquí y lo cerraron. Todos sus trabajadores han vuelto a ERTE» —explicaba Javier [nombre ficticio] mientras me servía un cóctel de zumo de piña, naranja y maracuyá.

Trabajan como pueden a sabiendas de que el próximo mes pueden encontrarse en casa sin trabajo. Y esto es trágico de por sí, cuesta aún más pensarlo sin saber exactamente la vida de cada persona. ¿Y si de ese puesto de trabajo sirviendo cócteles dependieran dos niños pequeños? Esa posibilidad se da en los ojos apenados con los que Javier comentaba que sin turismo nacional se iban todos a la calle. Y es que el turismo internacional, aquel que tanto dinero deja en España, es prácticamente inexistente. Aún más con los vetos de Alemania e Inglaterra, quienes razones tienen de sobra para no recomendar —e incluso restringir— que sus habitantes vengan. «Tenemos la pequeña suerte de trabajar mucho el turismo nacional y, dentro del internacional, nuestro principal mercado en este hotel es el italiano» —glosaba el socorrista siguiendo la misma tónica que sus compañeros.

Un problema de todos

Y es que es ese contrato con una tour-operadora italiana la que consigue algo de turistas del país transalpino. Aun así, ningún trabajador se ve optimista. En su lugar, se dedican a desear que esto acabe y que por fin vuelva esa normalidad basada en tener ocupación completa y trabajo para todos. Es imposible no empatizar con ellos después de haberlos escuchado durante una semana, mientras me servían algo o caminaban hacia la planta del personal para un descanso. Con una de las que mejor conexión tuve fue con Raquel [nombre ficticio], la chica que servía en el café del hotel. Una cafetería al estilo de ‘Starbucks’ con cafés y dulces de todos los tipos. Al tercer día, Raquel siempre sabía que  le iba a pedir un capuchino helado. Pero en los últimos dos días no ha habido rastro de ella. En otras condiciones hablaríamos de días libres. En las actuales y después de saber que la cafetería del hotel cierra por falta de personal, hablamos de un número más en ERTE.

Es ahora nuestro deber reflexionar acerca de la importancia de la hostelería ‘marca España’. Hemos explotado al máximo nuestro sol y nuestras temperaturas para crear negocios que difícilmente han registrado pérdidas en las últimas décadas. Al igual que sucedió con la crisis del ladrillo, una crisis en el sector hotelero repercutirá arduamente en la economía española. El conjunto de la hostelería española facturó 123.000 millones de euros y representó un 6,2% del PIB nacional en 2018. Sus 314.311 establecimientos emplearon, además, a 1,7 millones de trabajadores. Y la realidad puede ser aún más cruda: las grandes hoteleras deben 3.500 millones de euros a la banca en pleno apocalipsis del turismo. Unos préstamos que se remontan a antes del estallido de la crisis del coronavirus y que, ahora, con lo peor todavía por venir, se intuyen como un autentico infierno.