La economía de Pedro Castillo

Nada de lo que propone Pedro Castillo es ajeno a los latinoamericanos. La muerte de la economía es la bandera del socialismo del siglo XXI.

Todo parece indicar que Pedro Castillo, el profesor rural y dirigente sindical del norte de Perú, será el nuevo presidente de la nación inca. Ante un panorama electoral, cuando menos, complicado, el candidato ha sido capaz de ganar el apoyo popular suficiente frente a la controversial Keiko Fujimori. En este contexto de renovación política, hay quienes afirman que los peruanos tendrán un gobierno socialdemócrata sesgadito hacia la izquierda. La experiencia de Ollanta Humala, que parecía radicalmente socialista y se fue sin cumplir casi ninguna de sus promesas (o amenazas) progresistas, tranquiliza a muchos. Sin embargo, parece que esta vez las cosas sí son como parecen. La institucionalidad y la economía del Perú se ven amenazadas por las propuestas del dirigente de Perú Libre. Un hombre que apuesta por medidas económicas de lo más estatistas que nos recuerdan a una corriente ideológica que ha sembrado la zozobra desde hace unas cuantas décadas en la región.

La sombra alargada del Estado empresario

Pedro Castillo está convencido de que el llamado «Estado empresario», que plantea resucitar del cementerio ideológico de Juan Velasco, no funcionó porque el pueblo no estaba preparado. Parece que el dirigente vaticina el nacimiento de un nuevo hombre soviético; un nuevo hombre peruano. Uno que le dé las facultades al pueblo de interiorizar, controlar, fiscalizar y gestionar esa gran cartera de empresas públicas. Pero hay algo que parece que a Castillo le importa menos que nada. Al dirigente le da igual la acumulación de pérdidas dantescas de esas tenencias del Gobierno.

Esa antigua aventura de «Estado empresario», que yace afortunadamente en el pasado de Perú, dejó unas pérdidas de unos 19 mil millones de dólares; incluidas empresas nacionalizadas – y posteriormente arruinadas – así como las nacidas de esa odisea estatista. Pero, casi como intentando que la nesciencia de sus palabras supere el anacoluto intelectual inmediatamente anterior, alega que la privatización de empresas durante el fujimorismo representa pérdidas más grandes. Sorprende que al candidato le cueste entender que vender empresas ruinosas, o lo que es lo mismo, que el Estado se deshaga de deuda, es intrínsecamente más positivo que el que atesore ruina. Si al presidente no le cabe en la cabeza algo tan obvio, ¿Quién nos garantiza que este nuevo Estado no será una segunda edición de las tragedias pretéritas? No es que el campesino no haya entendido la lección del pasado, es que ni siquiera sabe que había una lección que aprender.

Hachazo fiscal a las empresas internacionales

Siendo los beneficios la base imponible sobre la cual el Estado recauda dinero para «el bien común», se pensaría que mientras más beneficios tengan las empresas mejor para un líder social demócrata, ¿o no? Algunos hemos pecado de darle a Castillo el inocente beneficio de la duda izquierdista, ese que nos hace negarnos a llamar a alguien socialista por miedo a que su popularidad nos confirme lo peor. A este punto ya no queda más que otorgarle la medalla junior por pasar con honores a la cinta amarilla del marxismo-leninismo. Y es que al dirigente le da igual que las empresas, y por consiguiente el «bien común», estén mejor en otras manos. Lo que Castillo quiere es ostentar todo el poder que el pueblo – y él mismo – puedan otorgarle. Porque absolutamente todo el que gane dinero, y no sea el Estado, es, según él, un monopolio.

El peruano hace malabares para explicar por qué hay que gravar más severamente a las empresas internacionales. Sería gracioso, por lo ridículo de los argumentos y la vacilación, de no ser porque hablamos del futuro económico de un país iberoamericano. Castillo quiere recaudar sobre las ventas de las empresas transnacionales, o eso dice, pero no sabe que todos los Estados tributan el impuesto de sociedades sobre las utilidades, sobre los beneficios. «¿Y quién se lleva todo lo demás?» se pregunta desconcertado ignorando el despropósito que supone gravar con más del 30% de recaudación bruta a la renta. Pondremos nuestras últimas esperanzas en que alguien le explique al presidente que el chiste de hacer un negocio es ganar dinero con él. Y que para ganar dinero hay que ejecutar una serie de gastos que ya desangran a la empresa.

Impuestos para todos

Pero no creamos que Castillo relega el hachazo fiscal únicamente a los más ricos. En consonancia con la tesis de querer alcanzar un poder desmedido e inagotable, el candidato plantea engordar el Estado de la manera más vil. Sin vacilaciones, afirma que a las rentas más bajas, ahora exentas de tributar, se les sea gravado un tipo impositivo que las lastime aún más. Diría que tengo la esperanza de que a la sociedad peruana le indigne la propuesta lo suficiente como para arrepentirse, como mínimo, de su elección frente al Fujimorismo.

Pero nada de esto le es ajeno a los latinoamericanos. La ira contra los beneficios económicos, de quien sea, es la bandera del socialismo del siglo XXI. A todas estas incongruencias se suman sus afirmaciones sobre el modelo de Singapur o aquel despropósito sobre la deuda externa frente al periodista Diego Acuña. Pero ojalá Castillo se quedara únicamente en la ignorancia económica. Sus desafortunadas declaraciones contra la comunidad LGBTI y el aborto representan lo peor de la región. Que al próximo presidente de Perú lo rodeen buenos asesores económicos es importante. Que lo rodeen buenos asesores discursivos e ideológicos es de vida o muerte.