La empatía es el rey del cotarro

Las personas solemos recurrir a principios indestructibles en los que escudarnos, que sirvan de fundamento para guiar nuestros pasos durante todo el camino, y también de consuelo si algo sale mal.

Dice la Real Academia Española que principio es la «base, origen, razón fundamental sobre la cual se procede discurriendo en cualquier materia». También lo es «la norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta».

Hasta aquí, todo entendido: los seres humanos nos guiamos por unas máximas que consideramos relativamente inteligentes, para que dirijan nuestras vidas.

¿Dónde nacen entonces los problemas?

Bueno, lo primero es que no todos somos igual de inteligentes, ni podemos elegir las mismas variables para dominarnos. No obstante, más allá de la capacidad intelectual de cada uno, el problema reside en la distinta manera que tenemos de priorizar o categorizar estos principios.

Más allá de toda la lista de valores que podamos redactar ahora mismo, para mi hay un principio que puede a todos los demás y que muchas veces es olvidado. Hablo de la empatía. Creo que todos los demás, tienen que ser entendidos en un contexto de empatía reinando ante todos.

En otros términos, la empatía es el rey de los siete reinos de Juego de Tronos (sin spoilers).

Si todos tuviésemos este vocablo en mente cuando fuésemos a tomar una decisión, o a hacer algo; por insignificante que fuese, ahorraríamos innumerables disputas sin sentido a las que solemos hacer frente en nuestro día a día.

Y ya no solo disputas, también dejaríamos de generar tristeza a nuestro alrededor o, incluso a evitar situaciones incómodas.

La empatía es la capacidad que tenemos de ponernos en el lugar de alguien, identificarnos y compartir sus sentimientos. Consecuentemente, también a actuar acorde a ello. Típico no hagas lo que no te gustaría que te hiciesen a ti.

Para mí, la inteligencia de una persona no se mide en cuantas carreras tiene, cuantos millones de euros gana al año, o cuantos seguidores tiene en las redes. El éxito de una persona debería medirse por el grado de empatía con el que rige su vida.

Os voy a poner ejemplos porque, de otra manera, es muy ambiguo. Lo sé.

Vayamos a una situación absolutamente cotidiana. Una conversación cualquiera entre dos personas.

Si una de ellas, mientras la otra habla, se pone a mirar el móvil o a bostezar, no se da cuenta de que la otra persona está dedicando su tiempo a contar algo para que ella le escuche. Si esta persona fuera empática, entendería que es muestra de educación no bostezar mientras te hablan, o no ignorar y asentir como si estuvieras escuchando cuando es obvio que no lo estás haciendo.

También en esa conversación nos podemos poner en el lado del que habla: cuenta solo cosas que vayan a interesar a los demás, tal cual no te gustaría a ti que te hablasen de algo que te… «da igual».

Entonces nos encontraríamos en una situación ideal. La conversación utópica con la que todos soñamos. Hablamos y nos escuchan con interés. En el otro lado, nos hablan y escuchamos con pasión porque sentimos que verdaderamente nos interesa.

En este aspecto voy a destacar que nunca deberíamos romper el silencio si no es para mejorarlo. Por favor, tenedlo en cuenta a futuro. Hay muchas personas que se esfuerzan por salvar, lo que denominan, «silencios incómodos» y no se dan cuenta de que si el silencio existe, es por algo. Hagan caso.

Incluso aquí, habrá divergencias: yo no soporto tener que escuchar algo que me da igual mientras que, hay gente que prefiere escuchar monólogos absurdos a estar en silencio.

Desde esta simple situación, podemos ir haciendo más gorda la bola, hasta llegar a casos de controversias más graves, incluso bélicas.

¿Por qué debe primar la empatía a otros principios? Porque no somos todos iguales. Vayámonos ahora al caso de un cotilleo que nos llega de una persona de nuestro entorno.

Esa persona, en base a su vida y forma de ser, puede que prefiera mantenerse en la ignorancia a conocer la verdad. Puede que el daño que le va a generar enterarse del cotilleo, no compense el hecho de cumplir el principio de la sinceridad y honestidad. No obstante, es posible que sea al revés, y esa persona esté deseando que alguien le cuente la verdad y, en su caso, si que compense priorizar el otro principio.

Por ello, es importante ponerse en la piel de la otra parte, y entender que es lo que conviene en cada momento y en cada caso concreto. Por supuesto, siempre respetando dicha elección.

En cualquier caso, no podemos comportarnos del mismo modo con todos. Hay gente más sensible que no le sienta bien la brusquedad, gente más rápida que le cuesta lidiar con la lentitud, más dinámica que no puede con la parsimonia, más fiestera que no cuadra con los apalancamientos, más orgullosa que no se atreve con las iniciativas … Y así, hasta el infinito.

Está exclusivamente en nosotros mismos ponernos en la piel de los demás. Ponernos en esa situación concreta, y entender qué es lo mejor para cumplir el que debería ser, nuestro objetivo principal: intentar terminar el día con el menor número de heridos posible.

No es fácil, como no lo es nada en esta vida que requiera un poco más de esfuerzo. No obstante, haced en vuestros ratos libres un ejercicio reflexivo en el que valoréis si sois personas empáticas, y si todas vuestras conversaciones acaban en éxito. Valorad también si respetáis a los demás como ellos os respetan a vosotros.

Y, una vez más, seamos empáticos con quienes lo son con nosotros. Con los que no… ni agua, por decir algo.

A partir de aquí, veréis como vuestras vidas mejoran, vuestras relaciones se vuelven más sólidas y profundas y, como no, todo va viento en popa.

 

 

1 pensamiento sobre “La empatía es el rey del cotarro

  1. Muy interesante!!! Si tuviéramos más empatía, si supiéramos ponernos más en lugar del otro cuántos conflictos se evitarían. Pero somos orgullosos y queremos siempre tener razón

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