La esperanza en el exilio

"Los viajeros" por Bruno Catalano. Retrieved from Architectural Digest.

"Los viajeros" por Bruno Catalano. Retrieved from Architectural Digest.

El exilio de los venezolanos por razones políticas y sociales supone un debate en torno a la esperanza por el retorno y la mejora del país.

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma, Julio Cortázar.

«Lo último que quería era que ustedes pasaran por lo que yo pasé». Mi abuela, una mujer gallega que a los 13 años había zarpado en un barco rumbo a las Américas, lo entendía todo muy bien. El Surriento, ese antiguo trasatlántico italiano que algunos recuerdan haber visto atracado en Vigo y otros en Santa Cruz de Tenerife, llevaba miles de vidas escapando de una Europa destruida. Hoy se cumplen cuatro años de aquel abrazo de despedida en una escena ahora familiar para muchos en Caracas. Con esas palabras en el corazón, me fui al aeropuerto y dejé Venezuela para nunca más volver. Hoy el dolor es el mismo que el de aquel día porque el exilio es como la guerra; se sabe cuándo empieza, pero no cuándo termina.

Que mi abuela y yo hayamos huido de dos señores con bigote, uno europeo, el otro no tanto, ella en 1957 y yo en 2017, sirve de apólogo para entender que algunas realidades son cíclicas. A ella le sigue dando morriña su tierra, y a mí también. Me gustaría decir que pronto me reencontraré con la mía, como lo hizo ella, pero debo admitir que no soy lo suficientemente fuerte como para salvar mi país sin hundirme en el proceso. Por ahora, muchos de nosotros nos resignamos a llorar en las sombras y ser mitad agonía, mitad esperanza.

Un país que hace daño

Hace poco las redes se incendiaron con el asesinato de un venezolano en Perú, la violación de una venezolana en Argentina, y el llamado de algunos en Chile que pedían deportar venezolanos. Estos episodios son claramente vilipendiables, pero no nos equivoquemos. El país que sigue tratando peor a los venezolanos es Venezuela. La realidad es que la barahúnda de algunos, camufla la naturaleza abyecta de los que nos gobiernan. Cuando se está en el exilio, es casi un anacoluto intelectual pensar únicamente cosas positivas de un país que nos maltrató tanto. Los venezolanos extrañamos un país que ya no existe.

Regresar del exilio es imposible. Incluso si alguna vez se vuelve al lugar del que se huyó. Como dice Mario Benedetti «junto con una concreta esperanza de regreso, junto con la sensación inequívoca de que la vieja nostalgia se hace noción de patria, puede que vislumbremos que el sitio será ocupado por la contranostalgia, es decir, la nostalgia de lo que hoy tenemos y vamos a dejar; la curiosa nostalgia del exilio en plena patria». Esteramos condenados a una esquizofrenia identitaria que confutará nuestros planes de hacer vida en la tierra que nos vio nacer.

Amor, odio y esperanza

Se han negado a llamarla diáspora porque el concepto solo se aplica cuando se ha perdido un pueblo, y el nuestro sigue sólido. Mentiras. Hemos pasado años ignorantes de lo que realmente es importante. Nos hemos perdido. El odio se ha apoderado de nosotros. La semilla del desprecio hacia la otra mitad del país, esa que no piensa como nosotros, está sembrada y echando raíces. Y el que nos hayamos permitido la libertad de odiar por lo que creemos que se nos arrebató es incompatible con la restauración del país. Amamos ese territorio a orillas del Mar Caribe fruto de una providencia divina, pero odiamos a los que viven en él. Y si no hay un pueblo sólido y unido, no hay indicios de que la nación que se vuelva a levantar.

Cuando la generación que hoy ahoga a Venezuela haya desaparecido, cuando el drama haya terminado, cuando el trágico panorama de décadas haya sido retirado en harapos del escenario del mundo, nos preguntaremos de qué sirvió el amor que irradiábamos con primorosa credulidad en circunstancias mortales. El país no se reconstruye con el cariño ciego de los casi 6 millones de almas que lo dejamos. Pero esa realidad añorada suplanta la herida y consigue alejar al exilio. Ese que oprime; ese que duele. La esperanza en el devenir de un país roto mitiga las experiencias oscuras que vivimos en él, en una suerte de alivio que ciega. Solo cuando indagamos en el breve territorio de nosotros mismos, entendemos que entre lágrimas gritábamos «¡Viva Venezuela!» mientras el país nos mataba.