A veces, vemos la vida pasar, como quien observa llover tras una ventana y juega a hacer carreras con las gotas sobre el cristal; como quien pasa las páginas de un libro solo por conocer el final.

Sin embargo, inmersos en la rutina, no siempre somos conscientes de la rapidez infernal en la que se desarrolla nuestra existencia, sometida al influjo de una variable única: el tiempo. Vivimos momentos en los que el transcurrir de los días no es más que el tachar de un mero número en calendario al que le faltan meses y le sobran horas; le falta vida, pero también personas.

Caminamos obnubilados en el hastío vital de los románticos, en un nuevo “mal del siglo” de Sainte-Beuve, donde vemos el suicidio de las horas, bajo la letanía del vacío. Sentados y aburridos esperamos a que pase algo, pero lo único que pasa es el tiempo.

Olvidamos que somos seres finitos, con principio y final, y encadenamos nuestros pasos a lo que un día nos cuestionaremos si mereció la pena. No cabe duda sobre la importancia de las obligaciones mundanas que someten nuestra realidad, pero, en ocasiones, restan más que suman en una ecuación que seguimos sin saber despejar. No hay más vidas de las que disfrutar, mas en la ignorancia perdemos la nuestra sin saber dónde está la meta.

Tempus fugit, el tiempo vuela, y como no hay manera de detener nuestro reloj de arena, tan solo nos queda aprovechar cada minuto del mismo. En una secuencia de «El Club de los Poetas Muertos», el protagonista, el Sr. Keating, dice a sus alumnos lo siguiente, mientras observan una antiquísima fotografía de estudiantes:

¿Creen que quizá esperaron hasta que ya fue tarde para hacer de su vida un mínimo de lo que eran capaces? Porque estos muchachos están ahora criando malvas. Pero si escuchan con atención, podrán oír cómo les susurran su legado. Acérquense, escuchen. ¿Lo oyen? ‘Carpe diem’, aprovechad el momento. Haced que vuestra vida sea extraordinaria

¡Oh capitán, mi capitán! Desde hace meses vivimos del recuerdo, amordazados por una incógnita vital, condenando nuestro presente a un pasado extinto que no volverá. Mártires de sueños de perdidos, y con el alma en cuarentena, nos recreamos en lamento de pensar como Manrique que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No obstante, aun cuando el sentido de las horas se ha tornado difuso ante la inexplicable realidad, las manecillas del reloj siguen girando con la misma velocidad.

Aprovechemos el momento como una necesidad, aunque sea entre cuatro paredes, bajo el anhelo de libertad; que estos días, por suerte o por desgracia, nunca volverán. Dejemos el rol de espectadores de nuestra propia fugacidad y comencemos a crear dentro de ella.

“Todo pasa y todo queda”, versa Machado y canta Serrat, mas si confinamos la eternidad de nuestra efímera existencia, recreándonos en el humano placer de esperar, ¿qué pasará si no viene a nosotros aquello que tanto anhelamos? Habremos perdido nuestro único intento de inmortalidad aguardando algo extraordinario.

No pasemos por la vida, como almas que buscan encontrar, aprovechemos el momento pues como Manrique recogía en sus versos:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando.

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