Muchos son los españoles que han vivido fuera de España durante un periodo de tiempo de su vida. E incluso indefinidamente, en algunos casos. Y todos ellos han notado una gran diferencia existente en cuanto a la convivencia del día a día en un país diferente al nuestro. Se trata de una experiencia que cambia a todos los que se atreven a ello.

Muchos se van por trabajo, otros por estudios, otros por cambiar de aires. Yo tengo la suerte de decir que me fui por las tres cosas. Y el lugar donde me establecí por un tiempo fue nada más y nada menos que Irlanda.

Todo el mundo ha oído hablar de Irlanda. La isla esmeralda, con hermosos paisajes verdes, pelirrojos bajitos como Leprechauns (el típico duende pequeño con un traje verde, de origen irlandés), y continuas noches de juerga y diversión en los pubs. Con una buena Guinness, por supuesto.

Nada más lejos de la realidad. Con la experiencia de viajar al extranjero, uno aprende muchas lecciones. Una de ellas es que las cosas no son lo que aparentan realmente.

Yo me fui con una idea de Irlanda en la cabeza, totalmente distinta a la que tuve a la vuelta, año y medio después. No digo que sintiera decepción por lo que me encontré allí. Simplemente viví una experiencia que, sinceramente, creí que la viviría de otra manera.

Y es que realmente, a uno le cambia la vida y la actitud en cuanto a ella con experiencias como éstas. Recuerdo aquel viaje, en el avión, pensando en las futuras y numerosas noches de juergas y bailes con una jarra de cerveza en la mano. Tardes tranquilas para dar paseos y disfrutar de lo que te ofrece el país anglosajón. Quedadas con amigos nuevos, diferentes a ti, descubrir una subcultura diferente dentro de la cultura occidental europea.

Pero lo que me encontré fue un país frío, tranquilo. Con una actitud y un estilo de vida calmado, similar al británico. Sigo pensando que ese fue el motivo por el que lo pasé muy mal los primeros meses. Y es que siendo yo español, con un estilo de vida más activo, acostumbrado a la comida mediterránea y a rodearme de gente calurosa, el hecho de que fueran todo lo contrario a ello me hizo sentirme sólo, triste. Incomprendido. La comida, muy diferente. -Muy poco variada, y no demasiada buena-, pensaba yo por entonces.

Aunque la más difícil fue el inglés. No se si es por mi capacidad nula, o porque no le puse ganas en su momento, pero realmente no conseguía alcanzar una mejoría notable en cuanto al idioma. De hecho, sigo sin dominarlo. A causa de ello, no hice muchos amigos irlandeses. De hecho, me juntaba por españoles.

Un desastre que se muda a otro país para convertirse en un desastre desorientado. Así me sentía yo. No disfrutaba de la experiencia.

Sin embargo, con el paso del tiempo la cosa iba mejorando. Empecé a comer mejor, probando comidas que antes aborrecía y que ahora me encantan (véase la patata dulce, o el tomate).

Comencé a acostumbrarme al modo de vida. No daba paseos por la tarde como dije en un primer momento. Pero empecé a salir a correr, a ver el centro (bien abrigado, hace un poquito de frío allí, sinceramente). Desayunaba a las 8, comía a las 12 (ellos la hora de la comida se la saltan, simplemente «almuerzan»). Cenaba a las 6 de la tarde. Y a las 9-10 de la noche, a la cama. Un hábito que cogí con bastante facilidad, para mi sorpresa.

Y me atreví a ir al cine en versión original. Con miedo, pues como cinéfilo declarado que soy, salir de una sala de cine sin haber entendido nada es como ver a un hincha saliendo del estadio después de ver a su equipo perder. Una sensación de decepción, pensaba yo. Y al principio fue así, y poco a poco fui empezando a entender palabras, frases, conversaciones, escenas completas, y así hasta conseguir comprender la película en su totalidad. Con ello gané no sólo un mejora de mi inglés, sino también una sensación de superación personal.

Dicha sensación me otorgó fuerzas para abrirme a los irlandeses, acercarme a ellos. Y descubrí lo maravilloso de un país que comencé odiando. Lo distintos que son los irlandeses, su humor sarcástico y seco pero eficiente, sus gustos musicales… Y como consecuencia descubrí la fiesta irlandesa. Resumiendo, es como salir de copazos por Malasaña hasta las 3, pero con música en directo, bailes y cánticos al unísono y los famosos choques de jarras que vemos por la tele. Sí, desde luego, la fiesta es lo único de Irlanda que es como yo me lo imaginaba. Y sinceramente, el descubrir un modo de divertirse distinto al copeo-disco español, es curioso y divertido.

Con todo ello, y después de haber pasado dos años allí, me dí cuenta de que echaba de menos España, su forma de vida, su comida, su clima. Pero al mismo tiempo quería quedarme, me sentía cómodo. Me había empezado a acostumbrar.

Y es que para todo el mundo, adaptarse a un país tan distinto al tuyo puede ser complicado, difícil. Pero con el tiempo todo mejora, y lo que te da esta experiencia es algo increíble.

No sólo te quedas con «he visto los Cliffs of Moher» (los famosos acantilados, una de las maravillas naturales del mundo), o Dublín, o Galway (mi ciudad), o Connemara. Te quedas con eso que antes he llamado superación personal. Te quedas con las ganas de vivir otra aventura, de conocer otro sitio, de descubrir mundo y de valorar lo que tienes.

Puede que Irlanda sea un país con una convivencia difícil para un español, pero, en mi opinión, vale la pena intentarlo. No pierdes nada, y siempre ganas algo.

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