La nueva normalidad más anormal

Para algunos los tiempos de pandemia y confinamiento han quedado lejanos, como si no hubiésemos estado casi tres meses encerrados en casa. En un principio pensaba que de ésta situación saldríamos siendo mejores personas; y no es para menos, la ciudadanía se unió con una solidaridad que jamás había visto en mis diecisiete años de vida. Pero, lejos de esas muestras de respaldo, volvimos a ser lo que éramos. Y supongo que de eso trataba «la nueva normalidad», de volver al egoísmo que reinaba nuestras vidas.

Una estatua con mascarilla en Córdoba

El día en el que estoy escribiendo este artículo es sábado. Bueno, ya es domingo. Madrugada de domingo. Las personas que me conocen de verdad saben afinadamente que normalmente opto por trabajar [escribir] de noche, de madrugada más bien. No sé fielmente que tiene la noche, pero es el momento en el que más concentración almacena mi mente. Cabe destacar que ya es domingo, pero no es un domingo normal. Hoy iniciamos en España «la nueva normalidad». Esto no significa más que el estado de alarma ha llegado a su fin. Y, sobretodo, que partir de ahora volveremos a tener nuestro derecho constitucional de movilidad. El proceso de desescalada seguirá siendo obligatorio —algo lógico después de semejante pandemia— pero será por cortesía de las comunidades autónomas. Cada una irá proporcionando a sus ciudadanos una serie de normas que, por el bien de la comunidad, deberán ser cumplidas.

De la solidaridad al egoísmo

Para algunos los tiempos de pandemia y confinamiento han quedado lejanos, como si no hubiésemos estado casi tres meses encerrados en casa. Y con esto me traslado a una pregunta que escuché en “El Cuarto Programa”, una emisión radiofónica de la emisora de la Universidad Complutense de Madrid. Ésta es presentada por Carlos Padilla, un excepcional estudiante de periodismo. La pregunta expresaba: «¿crees que de ésta saldremos mejor o peor?». Mando un abrazo desde mis palabras a Carlos y le solicito permiso para responder a la pregunta en cuestión; sin duda, en un principio, hubiera respondido que sí. Y no es para menos, la ciudadanía se unió con una solidaridad que jamás había visto en mis diecisiete años de vida. También hay que tener en cuenta que todos estábamos mal, todos sufríamos lo mismo. Ese fue el desencadenante de una ayuda inédita en nuestra sociedad.

Pero, lejos de esas muestras de respaldo, volvimos a ser lo que éramos. Y supongo que de eso trataba «la nueva normalidad», de volver al egoísmo que reinaba nuestras vidas. Y eso se ha visto también en tiempos de pandemia. Sin duda por culpa de la polarización política que sacude nuestro país en estos tiempos, acompañada del aprovechamiento político que le han sacado algunos a una pandemia que ha afectado mundialmente de forma feroz. Y no digo que el gobierno de nuestro país no se haya equivocado —no me confundan con uno de esos—, pero a algunos les da igual completamente las muertes, el coronavirus, las UCI y los médicos: solo tratan de sacar ganancias.

Convivir con el virus y con nuestra vehemencia 

Y retomando entonces la pregunta, ahora mismo tengo claro que saldremos peor de ésta, si es que de esa forma no hemos salido ya. La gente olvida muy a la ligera, y aunque son muchos los que están sensibilizados con la situación y con una posible recaída, son mayoría esos que ya actúan de forma vehemente ante la posibilidad de volver a tomar sus vidas anteriores. Y creo vigorosamente que están leyendo a una persona optimista, pero ya me equivoqué una vez pensando que ésto era una gripe y no pienso volver a equivocarme ahora que se están viendo casos de rebrotes. Ojo, que «la nueva normalidad» puede convertirse en «la nueva pesadilla».

Por eso, al menos desde mi perspectiva, seguiría teniendo un respeto riguroso al virus. “Convivir con él”, mencionan algunos. Y sinceramente creo que eso es lo que nos toca vivir en los siguientes meses, pues a pesar de tener a la comunidad científica investigando en una vacuna —con intereses económicos detrás, obviamente—, aún no tenemos muy claro para cuando la tendremos disponible. Eso me hace pensar que deberíamos dejar de pensar en esa posibilidad a corto plazo: hasta que no se presente una, no deberíamos celebrar nada.

Todo lo anteriormente mencionado no significa que debamos sentirnos mal por reactivar la economía, por volver a intentar tener la vida de antes y ser personas que socializan en las calles —o incluso por volver a viajar—, pero lo que si debe permanecer entre nosotros es el hábito de responsabilidad.  El saber que hay posibilidades, que no estamos exentos. El ser cuidadosos, y como no: el uso de la mascarilla, el lavado de manos y todas esas cosas que se llevan repitiendo tres meses y que no hace falta que yo repita ahora. Lo más importante, no relajarse. Eso es, sin ninguna duda, lo más anormal de «la nueva normalidad»: el hecho de que no estamos ante algo normal.

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