La ‘super’ telebasura: un mundo paradisíaco de ensueño

Los realities shows televisivos y la versión Disney de Alicia en el País de las maravillas guardan similitudes. Todos deben sobrevivir

La dinámica de los programas telebasura me recuerdan a la versión de Disney de Alicia en el país de las maravillas; un terreno de arenas movedizas donde reina el disparate. El invitado de turno se encarnaría en esa niña rubia de aparente inocencia pero de actitud rebelde. Alicia muestra un rechazo por aprender y formarse, soñando con vivir en un mundo en el que la locura es la protagonista –creyendo que en ese planeta será feliz–. Del mismo modo que el protagonista de un cotilleo busca unas ganancias económicas en estos espacios de la televisión.

Sin embargo, pueden tropezar entre los rosales parlanchines de estos jardines. Saben cómo empieza su viaje pero no cómo derivará —que se lo digan a los náufragos VIP— y los colaboradores en un intento por escudriñar el chismorreo llegan a cambiar completamente la versión inicial. Estos soldados de la dirección del programa son como la baraja de cartas de la reina de corazones… Y a esa mujer hay que tenerla contenta… ¡O mandará que les corten la cabeza! El buen humor de la dirección, a fin de cuentas, se logra a través de una buena audiencia, ¿y qué hacen estos programas telebasura para captar la atención de su público? Algunas de sus estrategias son tergiversar, mentir u ofender al invitado.

Parece que, como en el amor y en la guerra, todo vale en la telebasura. Durante su intervención, cabe la posibilidad de que Alicia se encuentre en el plató con otros personajes repletos de contradicciones –propio del sombrero loco y su fiel compañera, la liebre-, líos –característico del Gato de Cheshire–, reproches, calumnias e insultos. Así, mientras trata de deshacerse de esos nudos gordianos, el presentador interviene preocupado por el tiempo —llega la publicidad— como el conejo blanco, sin dejar que la niña rubia se explique todo lo que le gustaría; causando un vacío informativo y una oportunidad para darle la vuelta a la tortilla. Al invitado, la situación le acaba sobrepasando hasta el punto de la saturación. No creía que ese hueco entre las margaritas fuese tan profundo, tanto, que no le permitiera ver la luz.

No obstante, es tarde para el arrepentimiento y la historia debe continuar. Ha llegado el momento del juicio de la audiencia tras los acontecimientos —manipulados en gran parte por la Reina de corazones—. Pero los invitados y participantes de realities no son como los gatos… no siempre caen de pie —bien—. Ante tanta insensatez, el público se vuelve susceptible a todo argumento y se produce la persecución del protagonista. Ahora le toca huir estrepitosamente y salir por la puerta pequeña para volver a su día a día fuera de las cámaras.

De vuelta a la realidad, pienso en la aparente vorágine en la que se desarrolla la telebasura. En cambio, ese caos está tan controlado por la dirección de los programas en cuestión, así como lo está su audiencia. No se deje engañar: todo lo que aparece en la pantalla, no siempre es cierto. Los personajes televisivos de esta índole están interpretando un cuento y su visionado es una decisión de ustedes; los espectadores. Cada individuo decide con qué entretenerse. Además, recuerde el rasgo cotilla o curioso inherente a la condición humana —aun sabiendo que lo que le están contando es mentira—.

Es su elección si desea consumir contenidos zafios y vulgares, tal y como lo define la Real Academia Española. No me corresponde juzgar: soy periodista. No obstante, señor espectador, no se olvide de diferenciar el mundo real del ficticio. El espectáculo que le pueda ofrecer este tipo de contenidos no debería presentarse como su referente de valores o estilo de vida. Con esto no quiero decir que lo haga… solo téngalo en cuenta. Quien aconseja, no paga.

Aquel que decide adentrarse en este mundillo, sabe a lo que se atiene, o quizás no. Esa frase tan manida de «va al dinero fácil» no es tan sencilla. Debe aguantar la exposición pública, la presión, las ofensas, los insultos, los juicios, y en el caso de Supervivientes: el hambre. Aunque es cierto: todos contamos con distintas direcciones para elegir, como las que el Gato de Cheshire le ofreció a la perdida Alicia. Y hablando de posibles caminos… ¿Qué finalista de la isla de los famosos llegará hasta el maletín mañana por la noche?