La violencia de los pobres

Los principales medios de comunicación señalan a los ciudadanos que se rebelan contra el statu quo, pero quizás no deberíamos usar su mismo lenguaje sobre la violencia, sino ver la injsuticia en aquella que es sistemática.

La televisión siempre está hablando sobre la violencia, pero ¿de quién contra quién?

Durante los últimos meses, los medios nacionales parecen estar intentando convencernos de que una segunda guerra civil está a punto de acaecer en España. Esa es, al menos, la sensación que las principales cadenas de televisión provocan a cualquiera que se atreva a encender el dichoso aparato. Sabemos que los medios tradicionales manipulan y exageran a su antojo cualquier conflicto local o nacional, que hacen del mal comportamiento de uno el prejuicio contra todos y que llevan blanqueando a la extrema derecha desde hace más de un año (y que por lo tanto son en gran parte responsables de su auge).

No es necesario mentir para faltar a la verdad. A veces basta con no utilizar las palabras adecuadas, con pecar de tibieza para tener a todo el mundo contento. Desde elatril de focos e intereses financiados por millonarios es fácil señalar y, por tanto, dividir. De pronto, todo lo que viene desde abajo es una agresión y un acto de desobediencia inadmisible, y les importan más los contenedores quemados que la injusticia judicial y social. Okupar un edificio vacío es violencia; echar del Orgullo a un partido que de boquilla es aliado y en la práctica LGTBfobo, como Ciudadanos, es violencia; la defensa propia contra un nazi es violencia; la protección de niños vulnerables es violencia; el derecho a manifestarse es violencia. Toda nuestra resistencia se condena, como si el remedio fuese peor que la enfermedad.

La verdadera violencia es la sistemática, la que utilizan los poderes del Estado y mediáticos contra la clase obrera y sus grupos más vulnerables, la que utilizan aquellos que se llenan los bolsillos a nuestra costa. Un Estado (con sus correspondientes ayuntamientos) que hasta ahora ha permitido que haya casas vacías mientras enviaba a sus fuerzas del orden a desahuciar a familias con niños y miraba para otro lado ante las altas cifras de suicidios. Los bancos que no perdonan un recibo pero no devuelven el dinero (de todos) del rescate e invierten nuestros ahorros en financiar guerras en el extranjero. Las multiplicidad de las casas de apuestas en barrios obreros y en las proximidades de centros educativos. Los malabares que tienen que hacer los pensionistas para poder vivir dignamente tras trabajar toda una vida y la brecha de género en estas mismas pensiones. La explotación de limpiadoras del hogar y cuidadoras. La Ley de Extranjería que condena a la manta a cientos de personas. Los recortes en los servicios públicos. La forma en la que se han lucrado algunas empresas con falsos autónomos. La brutalidad policial en manifestaciones pacíficas. La falta de derechos, el paro masivo y los obstáculos administrativos del colectivo trans. La subida de precios sin que ocurra lo mismo con la calidad de vida. La falta de ayudas a personas dependientes o discapacitadas. El mantenimiento de la monarquía. El uso sustantivado de las siglas ‘MENA’ para deshumanizar a niños extranjeros huérfanos. La imputación de delitos por chistes políticos. La expulsión de las personas que okuparon un edificio abandonado por una entidad privada y lo convirtieron en un centro social y cultural público como La Ingobernable. Las mujeres asesinadas y maltratadas a las que no se ha protegido. La falta de oportunidades laborales. Los estragos del plan Bolonia. Y ya no hablemos, por supuesto, de todas las personas a las que les cuesta llegar a fin de mes mientras los ricos se hacen más ricos que nunca a nuestra costa.

Ante las situaciones permitidas de injusticia que vivimos, ¿no deberíamos dejar de utilizar el lenguaje de los de arriba, que solo nos señala y criminaliza? La violencia es el desahucio, no impedirlo. O quizás es justo esto lo que deberíamos aceptar: cuando nos lo quieren arrebatar todo, entonces solo nos queda recurrir al fuego y a la autodefensa más férrea. Y, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre sin dejar que otros mientan sobre nuestras realidades.

A veces sí debemos mirar al dueño del dedo y no la luna.

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