Matar la muerte indigna

Todos tenemos nuestro momento. Ni más ni menos que nuestro momento. Esa certeza puede calmar: nada mata menos que la muerte. O puede magnificar el sueño del poeta, que sin embargo se desdecía: “nacer es empezar a morir”. El tiempo pasa y uno va muriendo con él. Cada segundo se muere en vida, pero, cuando deja de haber segundos, vivir se conjuga en un impensable participio pluscuamperfecto. Existido inexistente. Se muere y por primera vez en la vida se deja de morir. Y hay quienes están cansados de morir.

Hay quienes viven obligados a seguir muriendo cada día. Si Federico volviera a recitar con gracia tantas verdades. “Como no me he preocupado por nacer, no me preocupo de morir”. Si fuese tan sencillo conciliar la conciencia con el pragmatismo. Si quisiéramos dejar hablar a la razón con permiso del corazón. Si hiciéramos dignificar el sentido de la dignidad. De cada cosa, pregúntate qué es; de cada principio, conoce su esencia; el estoicismo más aureliano no quería ser ajeno a una realidad tan absoluta. Hasta el final y sus últimas consecuencias, malinterpretaron algunos. Salvando los tiempos, ni Marco Aurelio ni Cicerón ni Séneca ni Sócrates conocieron la sombra de su propia majestad: al revés, conocieron la dignidad hasta la última consecuencia. La esperanza sabe considerar su propia espera: nos habla de un tiempo que nunca llega a condenarnos. Nos habla de la posibilidad de hacer eterna nuestra existencia: la elección.

Ni el existencialismo más sórdido puede aseverar que el absurdo nos someta a aceptar la derrota de la dignidad frente a sí mismo. Eso solo lo hacen morales tan privilegiadas que asustan con su dictadura del terror. Eso solo lo hacen los fanáticos y algún filósofo que nunca deja de aprender a pensar.

¿A dónde vamos? ¿Cómo podemos condenar a la vida a quien ha tomado la decisión personal de adelantar su desafío final porque está sufriendo? Estampar el sello a su cursus honorum. La gloria al alcance de la mano. La espada del berserker acunado por el canto de las valkirias. ¿Quién puede negarle el honor a su semejante? ¿Quién puede imponer su concepto de dignidad a todos los demás?

Cuando por principios se enfrentan las gentes, el Derecho impone el orden. La dignidad es un presupuesto ontológico del ordenamiento jurídico. Desde esa premisa, no puede concebirse que desde el plano de lo político nadie imponga por ley la vida a nadie. Por favor, esto no es una maldita teocracia. ¿Se da cuenta de lo nauseabundo de su propuesta? Con usted Sartre se replantearía su carrera. Hablamos de voluntad tenaz, hablamos de conciencia, hablamos de evitación de un sufrimiento inasumible. Por usted y por mí: hablamos de libertad.

Si acaso alguna vez tiene la mala fortuna pero el valor de mirar a los ojos a la persona por la que profese amor y esta le rogara terminar cuanto antes, mal llevaría eternamente su llanto habiéndole negado su voluntad. Y egoísta sería si su único argumento para acercarnos a un entendimiento fuera ponerse en la tesitura de que a usted pudiera pasarle algún día.

Conozco cobardes más nobles.

No se equivoque. La eutanasia no es un remedio inaceptable. La eutanasia es el menor de los males para una consecuencia que usted no acepta.

Y aquí, con distancia y en una reconducción de mi discurso, le confieso un secreto, una debilidad muy íntima: creo tener la rara virtud de no existir por completo sino en el momento oportuno. Cien años de soledad, ahí es poco. Cruel muerte digna algunas soledades.

“Nacer es empezar a morir”, decía el poeta. Cuestión de un verbo conjugado en un presente que se desentiende de infinitivos pero los acepta. Igual que la vida.