Un fin de semana en la Villa y Corte de los Mandriles

Madrid y sus chulapos

 

 

¿Dónde andan aquellos que dicen que Madrid está cada vez más caro?


Hace ya un par de años que no vivo en Madrid e ir a pasar el fin de semana a la capital es uno de los planes que más me ilusiona. El reencuentro con los amigos, con la familia, pasear por el centro, las cervecitas bien tiradas y con tapa, las terrazas, el murmullo de las plazas, el acento chulapo (dulce y brusco al mismo tiempo, como el pediatra que te mete un supositorio por el culo), el ejque…todo ello me sume en un estado de meloso éxtasis. Madrid es mi lugar favorito del mundo y volver a ella es como volver al útero de mi madre (en un sentido figurado; físicamente creo que sería algo más complicado, aunque todo es intentarlo). De hecho, en cuanto me apoltrono en el asiento del AVE, me deleito recreando lo que voy a hacer durante mi estancia en los Madriles:

“Nada más llegar a Atocha, quiero ir caminando hasta Lavapiés para ver a mi primo, buscar alguna terraza por la zona y tomarnos una cervecita tranquilamente mientras nos ponemos al día. Luego irme a casa relativamente pronto, ver a mi padre, cenar con él y, cuando se vaya a dormir, ponerme alguna peli buena en el salón, algo de Kurosawa o de Fellini, disfrutar del cine y de la comodidad de la combinación ganadora sofá-tele (hace tiempo que no tengo televisión, ya que vivo en un cochambroso piso de estudiantes). El sábado, levantarme pronto, ir a la churrería de enfrente a por un par de porras, saludar al José… ¡Quedar con los colegas del barrio para echar el aperitivo en el Casa Pepe! Luego ir a comer a casa de los abuelos, ¡qué monos que son! y bajar la comida paseando por el centro. Quizá entrar en alguna librería, ir al teatro, ¡birras con los colegas de toda la vida por Malasaña o La Latina! ¡Dios, qué guapo! Y volverme a una hora prudente porque, el domingo, cómo no, quiero ir al Rastro. ¡Obligatorio! Recorrérmelo de arriba abajo, zamparme un bocata de calamares del Casa Rúa o una tosta en El Extremeño, y comer un curry con un colega en el Shapla 2 antes de cogerme el tren de vuelta. Joder, vaya planazo…”.

De pronto, me sacó de mi ensimismamiento un rebuzno.

             —¡Hola, Loli, guapa! ¿Cómo estás? Mira, que estoy aquí en el tren yendo para Madrid y me preguntaba si me podías venir a buscar. Es que voy cargado y no veas como pesan los regalos que traigo y…

 

La madre que lo parió, siempre tiene que haber un imbécil hablando por teléfono en el tren. Así todo el viaje. Llegamos a Atocha a la hora prevista, pero mi primo me tuvo esperando en su portal unos quince minutos porque se había quedado sin aguacates. Conseguido el fruto tropical, nos dirigimos al centro neurálgico de Lavapiés (véase la calle Argumosa) para conseguir una mesa. Ni Tom Cruise lo hubiese logrado. Estaba todo ocupadísimo. Después de esperar durante cuarenta y cinco minutos, de pelearnos con unos fornidos guiris, a quienes les había cegado el ansía de beber sangría Don Simón, y de jugar al veo veo hasta la saciedad, acabamos por aceptar la derrota y nos tomamos unas latas calientes de Mahou Clásica en los bancos de la plaza.

Para cuando llegué a casa, mi padre estaba ya acostado, me había dejado un plato de macarrones con atún en el microondas y lo último que me apetecía era verme una película en japonés o de directores italianos en crisis, con lo que me puse a cotillear y acabé por ponerme Piratas del Caribe: La Venganza de Salazar. A los quince minutos, debí quedarme dormido en el sofá. Me desperté a las cuatro de la mañana, completamente traspuesto, con la cara babada y la marca de la funda del sofá en la mejilla derecha, como un tablero de ajedrez. Me fui al cuarto arrastrando los pies, sabiéndome vencido por la vida, pero con la ilusión por el día siguiente todavía intacta.

 

Conseguí salir de la cama a las once, cagoendios qué tarde, y descubrí que mi padre, que ya no estaba, me había dejado unos cuántos churros en la cocina, más fríos que un pingüino con gripe. A la mierda los churros. Los colegas del barrio estaban todos iguales. Igual de rancios quiero decir: el Rafa igual de machista, el Keko igual de homófobo y el Pelos igual de racista. Pero qué buena gente son, coño.

Salí de comer de casa de mis abuelos, ¡qué monos que son!, y me dirigí hacia el centro para pasear un rato, cosa que me fue imposible por la cantidad de turistas que lo poblaban. Después de pisar a tres croatas, seis franceses, una pareja de italianos y a un grupo de japoneses, resolví refugiarme en una librería de la calle Libreros, dónde adquirí un ejemplar de Lina Morgan: de Angelina a Excelentísima Señora. Decidí que ya era hora de tomar algo con los amigos y quedamos en Malasaña, donde constatamos que todas las terrazas estaban ocupadas. Tras esperar más de cincuenta minutos, conseguimos una mesa dónde la cerveza estaba bastante barata: trece euros, un premolar, el carné del Eroski y la promesa de un masaje erótico al camarero por un doble de San Miguel. ¡Regalado! ¿Dónde andan aquellos que dicen que Madrid está cada vez más caro?

 

Cuando nos quedamos sin pelas, decidimos que lo más sensato era cerrar el chiringuito, cada uno a su casa y dios en la de todos. No obstante, a los cinco minutos, y sin saber muy bien cómo, me hallaba en el sofá de una de las amigas del grupo, cubata en mano, debatiendo sobre si la alcayata es o no anterior al clavo. Como el debate estaba candente (“Tú que coño sabes sobre clavos, puto vago, que no has trabajado en tu vida. Pues más que tú, idiota, a ver si te voy a meter la alcayata por la oreja”) alargamos la velada hasta bien entrada la madrugada. Hubo un momento en el que nos quedamos sin hielo y sin mezcla, con lo que empezamos a beber ginebra caliente del Mercadona diluida con agua. Recuerdo que a las seis de la mañana, volviendo de vomitar del baño al sofá, la luz del alba era de un color mágico. Todo el mundo dormía ya y flotaba por el piso un aura de paz y sosiego.

 

Me despertó al mediodía la chirriante sinfonía del afilador, con lo que, después de abrazar el váter por segunda vez, decidí calzarme las zapatillas e irme yo solo al Rastro. Curioso mercadillo, el Rastro, del que se dice que empezó como un lugar en el que poder vender aquello que se había robado. Algo así como el Wallapop de la época. Ahora parece más bien un outlet guiri-hippy. Después de pisar a otros diecisiete turistas, me fui abriendo paso entre el gentío y comencé el ascenso por la Ribera de Curtidores, echándole un ojo a todos los puestos. Camiseta de La Polla Records, reloj de pared con el oso y el madroño, un pareo de playa, incienso, camiseta de Kortatu, reloj de pared con la Cibeles, un pareo de playa, incienso, camiseta de Eskorbuto, reloj de pared con las cuatro torres, un pareo de playa, incienso…

Dado que la mercancía no me llamaba demasiado la atención, me dirigí al Extremeño con ánimo de engullir una tosta de pulpo, plan que hube de desechar cuando constaté que la fila para pedir se asemejaba bastante a la cola del paro de nuestro moderno país. Pues nada, bocata de calamares. El Casa Rúa estaba cerrado, pero me compré uno en la tasca de al lado. Le pegué una rápida dentellada al manjar de dioses y lloré de emoción al notar el sabor a calamar aceitoso. Me duró poco la alegría, pues al chocar con el Spiderman Gordo de la plaza Mayor, mi bocadillo salió despedido y fue a parar a la cabeza de un Policía Municipal, conocidos popularmente como Pitufos. Tras jugar al pillapilla con el Señor Agente, perder y haber de abonar una módica multa, creí sensato no gastarme más dineros comiendo fuera y descarté la idea del restaurante indio.

 

Volví a casa con la intención de despedirme de mi señor padre (bueno, y de saludarlo también), pero me encontré con que se había ido a pasar el día a la Sierra con mi señora madre, que había vuelto de Galicia sin yo enterarme. Así que, sin nada más que hacer, cogí mis bártulos y me subí en el metro en dirección a Atocha. Ya sentado en el AVE, me derrumbé y empecé a llorar como Juanito Valderrama cuando se va de vacaciones. ¡Qué espectáculo! ¡Qué ciudad! ¡Qué manera de vivir!